El pintor de la casa en la barranca

El pintor de la casa en la barranca

Alejandro Vaca Bononato

                                                                                       

                                                                                         La casa, más que el paisaje, es un estado del alma.

                                                                                                                                     Gastón Bachelard 

 

Desde mis cuatro años vivo en Vicente López, un suburbio de Buenos Aires. Mi infancia transcurrió en las calles de ese barrio tan distinto en su geografía a la mayoría de los barrios, circundado por un río y sus barrancas. Y tan mítica como ese río, color de león, del que Borges dijera: ¿Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria?, fue la primera calle en la que viví –años después me mudaría a unas cuadras–, hablo de la calle Gaspar Campos. Calle mítica no sólo porque en ella instaló su búnker el general Perón a su regreso en el año 72, sino también porque convivían casas tan ilustres como la del mecenas Rómulo Raggio, dueño de un palacio, el Palacio Raggio, que se alza aún hoy sobre las barrancas o la de Manuel Ángeles Ortiz, pintor español de la generación del 27, amigo de mis padres y de todo ese grupo de exiliados, refugiados en la Argentina, que encabezaban Rafael Alberti y su mujer, María Teresa León. Mi padre también era un exiliado español, escapado del franquismo pero sobre todo de su familia. Su casa en El Puerto de Santa María daba a los fondos de la de Alberti, por lo que cuando llegó a la Argentina, Alberti lo adoptó enseguida como alguien más de su familia, involucrándolo con el círculo de exiliados españoles, entre ellos se encontraba justamente Manuel Ángeles Ortiz. Mi madre, por su parte, también era exiliada, aunque había escapado de otros males y de otras geografías. Venía de Alemania, huía del nazismo.  La casa de Manuel Ángeles Ortiz fue una de las que más frecuenté de niño.  Ortiz pintaría, sin saberlo, los que iban a ser los paisajes de mi infancia: las barrancas del Río de la Plata en una casa sobre la calle Gaspar Campos, en Vicente López, muy cerca de la nuestra. La casa, suspendida en la barranca, era como un palacio florentino con mirador y tenía su piano nobile, es decir, una planta noble –en el renacimiento se llamaba piano nobile a la planta principal donde pasaban sus días los nobles, dueños de la casa, en tanto la servidumbre se alojaba en un piso más bajo, en el basamento–. Con su atalaya-torre, construida en piedra, la casa de Manuel Ángeles Ortiz era altiva con un pronunciado eje vertical. Una sinuosa escalera de piedra excavada en la barranca servía de acceso desde la calle hasta el primer nivel, es decir, el piano nobile. La casa apenas llegaba a divisarse desde la barranca, entonces uno debía subir por la empinada escalera hasta que, misteriosamente, se arribaba a esa planta noble, con su exterior de piso de piedra gris partida e irregular, rodeada de árboles, y desde allí se llegaba a la antesala de bienvenida hasta alcanzar el magnífico porche. Para ingresar al porche había que atravesar un vano con un arco de medio punto, excavado en un muro grueso de mampostería de revoque blanco texturado. El vano en sí tenía un portón de entrada con placas de madera pintadas de verde noche. Solo entonces se llegaba al altísimo porche. Lo recuerdo, tapizado de bellos cuadros que cubrían el muro de piso a techo sin dejar un solo resquicio de la pared en blanco. No solo estaban los cuadros de Manuel Ángeles Ortiz, había también obras de Berni, Spilimbergo, Alonso, Butler –sus amigos en el exilio argentino–, fotos de sus amigos pintores, poetas y manuscritos como el de Rafael Alberti, quien le dedicó al pintor esos versos que daban cuenta, a su manera, de esa casa de la barranca desde cuyo barandal y azotea se divisaba la costa del Río de la Plata. 

…Ángel que sueña silencioso,
del barandal de su azotea,

cómo se crea y se recrea
su propio espacio misterioso.

Mientras la estrella que retrata
su sideral fisonomía
prende una luz de Andalucía
que luce el Río de la Plata… 

Desde ese mismo porche se accedía a través de un arco de medio punto al corazón mismo de la casa: la sala de estar con su chimenea de piedra y el amplio ventanal con enrejado en forma de rombos –igual al del entramado de un traje de algún arlequín cubista– que daba a una espléndida vista de la barranca y de su arboleda. Era el lugar preferido de la familia, allí se reunían habitualmente junto a sus amigos, no solo los exiliados españoles, y compartían con ellos la tertulia. Yo que era un niño pequeño por aquellos años, fui un fiel observador de esas escenas, para ello me sentaba en una sillita de madera y paja, al lado de la gran chimenea y desde allí los contemplaba. 

Hay una fotografía de Manuel Ángeles Ortiz pintando en su taller de la calle Bernasconi, está dedicada a mi padre, fue tomada por el gran fotógrafo ruso-argentino, Anatole Saderman. Saderman participaba de esas tertulias en Vicente López y fue un asiduo fotógrafo que retrató a los mejores pintores argentinos de esa época. Anatole retrató también a mi familia en la foto más bella que conservo de mis padres junto a mi hermano. Yo soy el único que mira a la cámara con la mirada atenta. Sostengo entre mis manos una pelota roja y azul, recuerdo intacto sus colores aunque la foto es blanco y negro. 

Con mi padre siempre recordábamos las tertulias flamencas acontecidas en la casa de la barranca. Celebraciones paganas donde se travestían los ánimos y las vestimentas, yendo del baile al cante jondo sin solución de continuidad, es decir, de la alegría al llanto, comiendo y bebiendo, en donde el tiempo parecía detenerse cada domingo para recordar la siempre amada Andalucía desde las costas de nuestro Río de la Plata. En uno de esos días de tertulia, Manuel Ángeles Ortiz le regaló a mis padres una de sus Paloma-Sol, una pequeña obra en papel, pintada al gouache, es decir, una pintura al agua, similar  a una acuarela. Es que muy cerca de la casa del pintor abundaban otras casas con torres-palomares. Una de ellas pertenecía a mis abuelos maternos, en la esquina de Gaspar Campos y Vergara, a dos cuadras de la casa del pintor. La casa de mis abuelos fue otro escenario de mi infancia y desde esos palomares y la amplia terraza se vislumbraba la costa del río. Recuerdo que llegaban volando muchas palomas que atravesaban el sol, palomas que seguramente también vio el pintor. 

No sé si el mirador pudo haber oficiado en algún momento de improvisado taller, pero seguro desde allí también se divisaba la costa del río. El trazo de esas obras era ingenuo y realista al mismo tiempo. De una ingenuidad que creaba un clima algodonoso, como la de esos toros blancos que poblaban los dibujos surreales de A Campo Abierto, la serie litográfica que Manuel Ángeles Ortiz había hecho en el año 41 sobre los paisajes de la Patagonia argentina. Las hojas de esos juncos ribereños, tan característicos de nuestra geografía, estaban retratadas con tal delicadeza e ingenuidad que captaban en su trazo el particular movimiento rítmico del río dado por las mareas. Me enteré, no hace mucho tiempo, que nuestro Río de la Plata, no es en realidad un río, sino un gran estuario donde desembocan esos otros dos grandes ríos americanos que son el Paraná y el Uruguay. Al ser un estuario conectado con el mar, el río está sometido también al vaivén del movimiento de las mareas. De ahí que a veces su costa se amplíe en varios kilómetros de playa vacía y en otras, su oleaje y el viento del sureste, la famosa sudestada, rompan con furia y fuerza sobre la barranca. Quizá por ello, Juan Díaz de Solis, al descubrirlo en 1516, lo bautizara justamente como Mar Dulce. 

Por aquellos años desde la casa sobre la barranca se podía divisar su orilla. Imagino a Manuel Ángeles Ortiz bajando con sus instrumentos de dibujante y pintor a tomar apuntes más minuciosos sobre ese espacio misterioso y despoblado de las costas que emergía primero entre las copas de los árboles y después al pie de la barranca. Las obras allí producidas nombraban las cosas tal como eran: Árboles en la barranca, Juncos a orillas de la barranca, Arbustos sobre la barranca, todas fueron pintadas a mediados de los años 40 cuando Manuel Ángeles Ortiz todavía vivía exiliado con su familia en esa casa de Vicente López. Ese mismo estilo pictórico de remanso, sereno e ingenuo, es el que aflora en mí cada vez que recuerdo esos días de mi infancia. Como aquel recuerdo en el que mi hermano y yo nos tirábamos desde ese porche y rodábamos cuesta abajo por su fuerte pendiente hasta la barranca, donde la vida aún giraba y giraba sin el peso y el lastre de los días. 

Alejandro Vaca Bononato (Buenos Aires, 1961)

Estudié arquitectura en la UBA y me recibí de arquitecto en 1985, mientras cursaba la universidad concurrí a diversos talleres de pintura y estudié filosofía con Hugo Mujica. Desde 1985 soy Profesor Titular de Arquitectura en la UBA y en la UB, donde dirijo el taller AVB y desde el año 2018 dirijo también la biblioteca de la facultad. Tuve un maestro del cual coedité sus tres últimos libros y, además, escribí uno sobre su obra y pensamiento, Claudio Caveri, para la colección Maestros de la Arquitectura Argentina. En arquitectura hice algunas obras de las que estoy orgulloso junto a Jorge Valera, como la Iglesia de Dios Padre para la congregación de las hermanas de Schöenstatt en Florencio Varela y una casa en Beccar. Fui parte del equipo curatorial argentino para la XV Bienal de Arquitectura de Venecia, representando a la Argentina y, en esa ocasión, escribí en coautoría el libro Experimentar, poéticas desde la frontera. Expuse mis pinturas de forma individual en varias ocasiones, entre ellas, en el Centro Cultural Borges, Donde se bifurca el amarillo (1999), con curaduría de Ed Shaw y en el Palais de Glace, El peligro de las grandes vegetaciones (2000), con curaduría de Corinne Sacca Abadi.
Foto: Archivo personal

 

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