Abejedario
Jonás Gómez
Esto empieza después de un final. Una mañana de sábado, afuera, alrededor del departamento, en el suelo rojizo de la terraza, hay abejas muertas. No una, ni dos, tampoco tres. Decenas de abejas muertas.
La escena provoca una sensación difícil de poner en palabras, porque es una sensación que se encuentra en la intersección de tres palabras: sorpresa, horror e incomprensión.
Y, después de la sorpresa, las preguntas. ¿Qué pasó antes de esto? Estamos en una zona de edificios, así que lo que ocurre por acá no es más que un fenómeno local. ¿Alguien se sintió amenazado por las visitas esporádicas de las abejas? Sólo están interesadas en las flores, no deberíamos sentir miedo.
O, quizás, esto es el resultado de una poda en la cercanía. Un panal que generaba incomodidad a vecinos temerosos del contacto con la naturaleza.
Sea como sea, más allá de las ideas y preguntas al respecto ahora hay, en el suelo, decenas de abejas muertas.
Antes de esta situación hubo otros encuentros con la fauna que llegó hasta la terraza. Por ejemplo, lagartijas de un verde aguado en caminata por la pared. O el pichón de paloma que no sobrevivió a la intemperie. O ese insecto extraño, verde azulado, de caparazón brillante, con antenas de líneas naranjas, nunca antes visto y nunca vuelto a ver, alimentado a una dieta a base de misterio. O el murciélago. Se materializó una mañana y encontró refugio a un costado de la puerta. El cuerpo oscuro pegado a la pared. Cabeza en dirección al suelo, patas en dirección al cielo. Era un huérfano de las cuevas. No llegué a verlo moverse por la periferia, pero sé que cambió de posición un par de veces.
En esa situación sobrevivió por unos días, hasta que el empleado de limpieza se lo llevó. No sé cómo ni a dónde, pero lo hizo desaparecer de la escena como si fuera un mago de lo mortuorio.
Las configuraciones más comunes de la colmena son las que se encuentran adheridas a un árbol, dentro de una caja de madera, construida por el apicultor, o crecida, de forma secreta, en los espacios huecos internos de las casas. Pero podría haber otros modos de construir ese hogar colectivo. Quizás en el centro de un claro en la arboleda. Ahí, bajo el sol tibio, uno podría encontrar una formación de barro seco, con restos de ramas y pasto. No como el refugio de un hornero, no, algo de mayor tamaño y que parece salir de la tierra. Es de un tono grisáceo, levemente blanquecino. Si pudieras apoyar las manos en las curvas de la esfera sentirías la tibieza. Y, por debajo de esa tibieza, el murmullo. El tumultuoso abejedario. Porque toda comunidad necesita viviendas, complejos habitacionales. Muchas estructuras pequeñas dentro de una estructura más amplia. Hexágonos. Departamentos como hexágonos o, simplemente, hexágonos.
¿Qué es esa figura blanca que se desplaza con lentitud a través del pasto? No es un fantasma, no es un espectro. Es el apicultor, que se dirige a las cajas de madera, también de color blanco. Cuando llega a la primera retira la tapa. La colmena lo conoce y sus habitantes salen a recibirlo. No todos, apenas una guardia mínima, un puñado de exploradores a la defensiva. Zumban en torno al contorno, como puntos brillantes de electricidad, que se alejan de su núcleo para protegerlo y después volver. Salir, recolectar, retornar. Salir, proteger y volver. Ese es el circuito, esa es la red de movimientos que se despliega sobre los pastizales.
Esta es la hora dorada de las abejas doradas. El cielo se verá momentáneamente poblado por ellas. Se las verá al ras del suelo y se las verá en las alturas, entonando una canción, sin palabras, para el amanecer. Suyo será el dominio de los jardines y de las flores crecidas en los márgenes de lo silvestre. Y no será necesaria la intimidación, el uso de la aguja al final del torso. La presencia colectiva será suficiente y suficiente el propósito que cumplen en el ecosistema.
Este es el momento de los cielos dorados. El sol está en su fase naciente y la vegetación conserva, aún, palmos de oscuridad. Las sombras cubren tramos de las plantas y ocultan todo el verde que podrá verse durante el día.
En un atardecer de horizonte lila Emily recorre las afueras de Amherst. A través de un camino de tierra, marcado por el paso de unos pocos y sus caballos, vuelve al pueblo. Alrededor la primavera. Todo es floración y dispersión. Y en ese tránsito dentro del ciclo estacional algo del entorno le sale al encuentro. Un insecto dorado. Se posa en la mejilla derecha, recorre unos milímetros y retoma el vuelo. Emily se detiene en el lugar. Absorta, acaricia el trazo de las patas mínimas. Quizás lo considera un milagro. Más tarde escribe. En el poema le reza a una abeja nacida a mediados de 1800.
Jonás Gómez (Buenos Aires, 1977)
Estudió dibujo y pintura en el Centro de Artes y Oficios CEAVAO. Publicó los libros Equilibrio en las tablas (Mansalva, 2010, primer premio Indio Rico en el género poesía), El dios de los esquimales (Ediciones Diatriba, Santa Fe, 2011), Calendario de siembra (Barba de abejas, 2014), Venga a nosotros el reino de las estrellas (El ojo del mármol, 2015), Economías hídricas (El ojo del mármol, 2016) y El uso correcto de las manos (Taller Perronautas, 2017). En el 2017 obtuvo mención en el Concurso de poesía de la Editorial Municipal de Rosario con el libro Una percepción binaria del color (editado por EMR en 2018) y el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes, en género cuento, con el libro El poder infinito de los cuerpos. Acaba de editar el poemario Fuimos soñados por nuestros antepasados en la editorial Nido de vacas.
Foto: Nadia Markiewicz
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