Literatura chilena/ literatura noruega. Sobre Pedro Carmona-Alvarez y cuando el exilio se vuelve hogar.
Soledad Marambio
Cuando me pidieron que escribiera esto, Noruega era otra. Yo antes vivía en un país misterioso y lejano, una especie de país secreto, perdido en la niebla, en las imágenes de las auroras boreales y los pozos petroleros. Ahora, después del último mundial de fútbol, vivo en el país de los vikingos 2.0, el de Haaland, de los rubios altos, millonarios, con caras de niño bueno y cuerpos de tanque o de Thor, que patean la pelota como si fabricaran truenos o agujerearan el mar del Norte.
En la Noruega de antes, a la que llegué hace ocho años, encontré los libros de Pedro Carmona-Alvarez. Primero, uno de poesía, que tiene en la portada la foto de una familia hecha de gente como él y como yo. Gente que no se parece en nada a Haaland. Aquí y allá, reconocía nombres —la Violeta, el Nicanor— entre las palabras en noruego que se me aparecían cerradas como puños. Para no confundir a nadie: Pedro Carmona-Alvarez es un escritor noruego, nacido en Chile, que llegó a tierras nórdicas cuando tenía 11 años, escapando junto a su familia de la dictadura de Pinochet. El entonces niño se lanzó al noruego como quien recibe una segunda vida, como a veces pasa con el exilio. Conquistó la lengua. La hizo suya y en ella ha escrito ensayos, poesía, novelas. Cuando llegué, me hablaron de él, escritor chileno-noruego o noruego-chileno, premiado, reconocido, querido en toda Noruega, pero sobre todo por la gente del Vestland, el oeste del país donde está Bergen, la ciudad donde vive y en la que también vivo yo. Su nombre, la chilenidad compartida, la historia de su exilio y de su conquista de la lengua me llevaron a sus libros. Al principio los miraba nomás. El noruego como un muro salpicado de algunas palabras que reconocía, hasta que el paso de los años, la vida, algunos cursos aquí y allá, han sacado, para mí, al noruego de la zona del misterio. Todavía tropiezo al hablar y muchas veces también en la escucha. La culpa es, quiero creer, de los cientos de dialectos que se hablan en este país de solo cinco millones de personas y de que casi todo el mundo aquí habla inglés. Se puede descansar en el inglés. O agarrarse de él como si fuera un salvavidas. Depende del día. Pero leer es más fácil. Más aún, es una aventura, la maravilla de abrir un idioma que antes era un puño. Y leer a Carmona-Alvarez es también descubrir un lugar en la lengua donde se juntan tradiciones literarias, mundos e idiomas distintos. Carmona-Alvarez levantó casa en el noruego. Es allí donde ha traído de vuelta lo que encuentra en esa lengua de la infancia de la que fue forzado a salir corriendo. Eso que arrastra está en su poesía, en sus ensayos y novelas, en sus traducciones al noruego de la Pizarnik, de Zurita. Y, sobre todo, en Chiquitita su novela de 2023. Chiquitita, tell me what’s wrong, el primer verso de la canción de ABBA es uno de los epígrafes de esta novela que bien podría ser una respuesta a la pregunta de los suecos. Lo que está mal, en este caso, sería el crecer huyendo, lejos de un país quebrado que alguna vez fue el propio. Porque esta es una novela que tiene mucho de la historia de exilio que podría haber vivido un niño como Pedro. Es también la novela de un poeta. Voy a estirar el hilo un poco y voy a decir que es la novela de un poeta chileno, de uno buenísimo que, al mismo tiempo, es tanto o más noruego que chileno.
La novela la protagoniza una niña que quiere llamarse niebla, pero se llama Marisol y a la que vemos crecer, o, más bien, recordar, desde la adultez, a la niña que fue. O la vemos hacer las dos cosas juntas y más. La vemos crecer y recordar; la acompañamos mientras se desdobla en una estructura que rompe el tiempo y lo colapsa. El pasado distante se apila sobre otro pasado y choca con un presente que solo parece ir hacia atrás a pesar de que avance a regañadientes. El exilio en Chiquitita es una herida que lo quiebra todo, incluso el tiempo. Y el espacio no corre mejor suerte. La historia y su niña se despliegan en tres lugares que se comunican y se sumergen uno dentro del otro: el país de origen, sepultado bajo un colapso político que no se nombra, un país de tránsito que a veces es más infierno que limbo y el país que recibe a quienes no pueden volver. Este último es un país misterioso, lejano, que en esos años aprendía a ser rico, un país de sol, bosques, niebla y nieve y una lengua que al comienzo parece un muro, el país que le permite a Marisol volver a ser niña. Ningún país tiene nombre en Chiquitita, pero los podemos imaginar. Sobre todo, el país del inicio, de los perros callejeros, flacos como biombos, país de mar revuelto donde gente es arrojada desde helicópteros; y el del final, el país de las funcionarias de la municipalidad que organizan la vida de quienes llegan allí perdidos, despatriados, buscando comenzar otra vez. Este último país no es todavía el de Halland, sino un país que se entrena en ser rico, en ver crecer sus arcas mientras se ensaya solidario, como si el enriquecerse implicara una misión, una responsabilidad. Y hablando de inicios y finales, este es un libro en el que se acaban cosas importantes como un país y una infancia, y donde comienzan otras, como un primer amor, la certeza de que el olvido no existe, de que en el norte también sale el sol y de que se puede empezar de nuevo.
Chiquitita es una novela que no regresa. Marisol es una niña que sale al exilio y una mujer que funda allí, en el haberse ido, su vida, su hogar. Carmona-Alvarez tampoco ha regresado al Chile natal porque su lengua y su país ya son otros. Sin embargo, esta novela sí podría regresar, traducida al español, encontrándose con lectores que reconozcan parte de sus paisajes, de su cadencia, de las heridas que se cuentan en ella. Esa posibilidad de regreso fue la que me hizo querer traducirla. Intentar llevarla de vuelta, compartirla y, al mismo tiempo, navegar esta lengua que ahora me rodea. No lo hice sola. Una amiga noruega, Julie Mari Hallaråker, que ahora vive en Chile, lo hizo conmigo. Trabajamos juntas en esta traducción porque volver cuesta trabajo y, a veces, requiere compañía.
Selección y traducción de Soledad Marambio y Julie Mari Hallaråker
Chiquitita, de Pedro Carmona-Alvarez, Kolon Forlag, Noruega, 2023.
El hotel está lleno de otros que esperan. Seres sombríos que merodean en la oscuridad, se sientan detrás de las puertas, en camas angostas con sus dolores y botellas y pequeñas radios y tocacasetes. Escucho todos los ruidos. Ando como un fantasma y juego con mis paquetes de cigarrillos. Son superhéroes, autos, hijos e hijas. Subo hasta el último piso y me acuesto en la terraza cuando hay sol. Cierro los ojos. Escucho traqueteo, música, gritos, llanto de vez en cuando. Algunos han estado acá por mucho tiempo, otros acaban de llegar, como nosotros. Abajo, en la cocina común, las otras mujeres se ríen de la mamá. El día que llegamos, preguntó si no había un botones que pudiera llevar su maleta. Se quedó boquiabierta en la recepción. Dice hotel en el letrero, dijo. Y ahora se burlan de ella, las otras mujeres que viven acá. La llaman La señora. Escupen en las sopas que la mamá prepara cuando ella no mira. Y ella se derrumba allá arriba, en nuestra pieza. Maldice a las otras mujeres, al hotel, al papá. Quiere dormir.
Las mujeres esperan también. Algunas están acá con sus maridos, que se sientan tras las puertas y escuchan la radio y fuman y esperan. Vienen de muchos países diferentes. Pienso que hablan raro, pero también bastante lindo. Aunque no se lo cuento a la mamá. Otras mujeres viven solas acá. Salen de noche, maquilladas, con ropa apretada y bonita. Al papá le gusta una, la que se llama Raquel, me doy cuenta, la mamá se da cuenta, y yo decido odiarla. Pero a menudo Raquel se porta bien conmigo. A veces estoy jugando en la vereda cuando ella llega caminando en las mañanas. Cuento autos. Cuántos azules, verdes, rojos. Ella camina despacio hacia el hotel, con los zapatos en la mano, se sienta junto a mí y fuma un cigarrillo, se estira como un gato y me pregunta cómo estoy, si tengo hambre y si quiero una manzana, si quiero esa cajetilla vacía cuando ella termine de fumársela, son extranjeros, se los acaba de dar un amigo que suele viajar. Raquel me acaricia el pelo. Dice que ella también tiene una hija, pero que es adulta, y ya no dice nada más. Es una puta, dice la mamá. Una puta inmoral. Se desviste con la puerta entreabierta para que los hombres se asomen a mirarla. ¿Has visto lo chico que son los calzones que usa? Los cuelga a secar de manera que todos puedan verlos. También los niños, dice la mamá. Pero no hay otros niños aparte de mí. Soy solo yo quien ve los calzones chicos. Soy solo yo quien ve al papá por los pasillos en la noche, cuando cree que estoy durmiendo y soñando y que no escucho que arrastra los pies, ni los tiros en la calle, ni las puertas de los autos que se abren y se cierran, ni el sonido de los hombres con botas o zapatos pesados que suben las escaleras. Yo aprendo. Los hombres siempre se llevan a alguien. Este es el rincón más profundo de las pesadillas. Las frases en las que alguien será llevado, en las que se llevaron a alguien, en las que el ruido de las botas anuncia que se van a llevar a alguien que nunca volverá, mientras el papá piensa que estoy acostada con la mamá y él se escabulle hasta la pieza minúscula de Raquel.
Raquel le enseña al papá a escuchar. Los oigo respirar en las noches. Primero él, después ella. Y luego escuchan canciones muy pero muy bajito para que ni la mamá ni yo despertemos. Pero la mamá consigue unas pastillas con alguien que el papá conoce y el papá y Raquel pueden subir el volumen un poco y entonces me levanto y voy hacia el sonido y me siento con la oreja en la puerta y aprendo todo tipo de palabras nuevas. Raquel tararea. Raquel con sus calzones chicos es una sirena. ¿Quién es el papá entonces? A la mañana siguiente la mamá despierta de mal humor, pero el papá ha conseguido algunos trozos de jamón. Compartimos la rodaja de pan que tenemos, la media manzana y exprimimos lo que queda de la bolsita de té. Después escuchamos una pequeña radiocasete que alguien le ha prestado al papá. Concursos de preguntas absurdas, entrevistas a jugadores de fútbol y después el papá pone un casete que alguien le regaló. Ha sido Raquel, la de los calzones chicos. Hasta la mamá lo sabe, pero no tenemos nada más para escuchar.
Acá también viven muchos hombres solteros. Eso es lo más difícil. Ningún país quiere aceptar hombres solteros. Solo tienen la espera. Muchas veces deben esperar mucho más que nosotros, le dice el papá a la mamá cuando la quiere consolar. De vez en cuando el papá se va al delta que está al norte de la capital para ayudar a alguien con algo y luego vuelve a casa con billetes extranjeros. La mamá hace un guiso de carne con papas y zanahorias. Guiso de pollo con arvejas y papas. Le regalan un par de zapatillas de lona y un vestido usado y me dice que no le diga a nadie, que no diga que son usados, ¿pero a quién podría decirle yo? Me compran un helado y me detengo a mirar a los niños que bicicletean en bandadas en el parque. El papá le toma la mano a la mamá. Me desordena el pelo y dice que deberíamos estar agradecidos porque somos una familia. La mamá apoya la cabeza en el hombro del papá. ¿Me doy cuenta de que las cosas están cambiando? Espero que sí. El papá me mira a los ojos, me cuenta sobre el padre de la patria que da nombre a este parque. Después me cuenta sobre otros padres de la patria. Todos se educaron en el extranjero, en Europa, dice. Inglaterra y Alemania y Francia. Y luego volvieron acá, con ideas, ideas pioneras de libertad, emancipación e independencia. Yo quiero ir a Francia, dice la mamá. Espero que Francia nos acepte. Son tan elegantes allá.
Unas mujeres nos van a buscar al aeropuerto. Son de la municipalidad donde vamos a vivir. El cielo alargado, casi todo blanco. Atravesamos la ciudad en un furgón color té con leche hacia lo que más tarde más tarde más tarde será el último descanso de la niñez. ¿Qué hora es? Casi no hay autos en la carretera. A mi derecha, el mar, contenedores, montacargas como insectos que dan vueltas allá abajo. Cuando salimos de la carretera casi no hay autos tampoco y pasamos a través del corazón vacío del centro donde más tarde más tarde más tarde seré joven, toda humo y búsqueda, embriagada junto con todos los que serán mis amigos, mi pandilla de juventud, los tomadores de té, los que escuchan, los lectores de novelas en quienes nos convertiremos en unos pocos años. Las mujeres de la municipalidad van directo hasta el edificio donde viviremos, el último de cuatro cubitos de azúcar. Ayudan al papá a bajar las maletas que traemos y suben las escaleras cargando las más pesadas. Cuando abren la puerta del departamento, la mamá comienza a llorar. El papá le acaricia la espalda y yo tengo que sonreírles a las mujeres de la municipalidad porque me sonríen y suponen que el llanto de la mamá es de alegría, que está feliz y aliviada y agradecida. En el living hay un sofá verde. Nos han regalado una alfombra marrón, una vitrina, camas y sillas y una mesita para la cocina. Una sala con una tele blanco y negro, un letrero con el apellido de la familia, un lindo buzón de correo. Las mujeres de la municipalidad lo han organizado todo. Los adultos toman café. En la mesa hay un jarrito con crema. Me dan torta. Y jugo. Jugo aguado. Cuando las mujeres se van le dan al papá las llaves del departamento, me acarician la cabeza, y entonces el papá cierra la puerta y es como si todos nos derrumbáramos, como si fuéramos una pila de piedras desparramadas en el suelo. ¿De dónde vienen las comparaciones?
El departamento se llena de gente como nosotros. Y entonces visitamos otros departamentos, donde viven otros, los que han vivido acá por más tiempo, los que hablan la lengua, a pedazos y a tropezones, pero sin embargo. Para las fiestas patrias vamos a una ciudad donde hay una gran celebración. En la noche llega la policía y golpea la puerta porque las canciones que se cantan son demasiado ruidosas y los vecinos se han quejado. Veo al papá en las afueras con el borde de los ojos rojos. La mamá con una copa de vino en la mano y una sonrisa blanca brillante. Se ha arreglado, es tan linda, tiene los dientes tan bonitos, la quiero tanto. Estoy sentada sin lengua, muda entre los hijos de los nuevos amigos del papá y de la mamá. Me dejan afuera. O tal vez son solo niños que piensan más en sí mismos y no tanto en otros, en mí. Tal vez no lo hacen con querer. Tal vez yo soy la complicada, la niña irracionalmente complicada. Les envidio todas las palabras que usan sin esfuerzo cuando se hablan unos a otros. Entiendo muy poco de lo que dicen, pero no tengo alternativa, tengo que sentarme con ellos, porque también yo soy una niña y pertenezco allí, entre ellos. Muchas veces nos mandan a jugar solos. Pero entonces es como si esas tardes y noches comenzaran a deslizarse, de algún modo, como si el alcohol también afectara a las paredes, a las sillas y las puertas se abrieran solas. Me mareo como si todo a mi alrededor ondulara cuando se nos comienzan a enredar las piernas, cuando la música suena de nuevo y las voces se mezclan y se mezclan. Algunos bailan con alguien. Algunos bailan solos. En la cocina hay bebidas y restos de torta. Algunos platos con carne y pastelería de la patria. Todo envuelto en un perezoso humo azul. Escuchamos una voz que nos llama. Uno de los niños es tan bueno para la guitarra que siempre tiene que tocar para los adultos. Pero también para nosotros, acostados en la alfombra del living, cansados y tosiendo por el humo que flota entre las historias de los adultos y las canciones desgarradoras que canta. Tengo orejas grandes como caracoles. El papá en las afueras con una copa en la mano. La mamá, tan linda meciéndose con los ojos cerrados. Y después, todas las historias, la nostalgia insoportable, las heridas. ¿Cuánto tiempo estoy allí, escuchando?
Los oídos llenos de humo. Estas son historias sin fin, porque la muerte es algo que está al otro lado de una pared delgada. Un joven parece un espantapájaros, desaliñado, flaco y nervioso. Habla de un compañero que nunca llegó a la cita. Y eso fue todo. Otro hombre ha sido marinero. Parece un oso. Su voz es profunda, como si saliera de una mina, de un agujero en la tierra. Es su hijo el que toca las canciones. El chico tímido que cierra los ojos cuando canta. Luego tiene que hacer una pausa, el chico, y es entonces que se habla de campos de refugiados, de asilo. Los adultos comparan miserias y cuentan historias que se parecen entre sí como baladas. Todos nos dicen que tenemos mucha suerte de habernos mudado a un departamento de inmediato. A muchos los mandan primero a lugares lejanos. Escucho sobre campamentos de verano. Camarotes, peleas, las frustrantes clases de idioma. Alguien le cuenta a la mamá qué se tiene que hacer para recibir dinero extra de la oficina de asistencia social. Qué médicos recetan pastillas y dan licencias. Se habla de insomnio y de temblores. De pesadillas y despertares. Un señor mayor vestido de traje me encuentra en la cocina, parada en una silla mientras saco un vaso limpio de un estante muy alto. Es muy tarde. Mi boca está sequísima. Me toma del brazo cuando trato de pasarlo disimuladamente, me habla de la pensión de invalidez, del tiempo que se endurece, como si fuera de yeso. Pero es como si mirara otra cosa mientras lo hace.
Rodríguez, el polaco, los escuadrones de la muerte y el toque de queda. La tortura. Manos cortadas. Un mundo pequeño, estos livings. Un mundo lleno de electricidad en los genitales, de uñas arrancadas y párpados destrozados y martillos y dedos hechos pedazos y hojas de afeitar. Las conversaciones continúan durante toda la noche, como el sonido de cintas de casete estropeadas, profundas, lentas y espesas. Un mundo de eventos de solidaridad, conmemoraciones del golpe, monólogos tristes y alcohol. La misma mueca en todas las caras. Estribillos, ruidos, frío, murallas de concreto y golpes en la cabeza. Es tan tarde. Los otros niños se han dormido, uno tras otro. Están desparramados por los rincones del departamento que visitamos. Yo doy vueltas con un vaso de agua en la mano. Miro a los padres a menudo, buscando una señal. ¿Cuándo nos vamos? ¿Cómo nos iremos a casa? Porque nadie puede manejar, ¿o sí? El papá en las afueras, junto a una mujer delgada. Me avergüenzo de él. Lo veo tan satisfecho, pero también tan viejo, aunque no debe tener más de treinta y tantos años. La mamá cuenta historias graciosas sobre las mujeres de la municipalidad, se burla, exagera. Un hombre me clava la mirada. Me cuenta como casi lo ahogan en las oficinas viejas de las juventudes comunistas. Adentro y afuera de un tanque con agua sucia. Como una broma infernal, dice y se desmorona frente a mí, en una cocina extraña en la mitad de la noche. Le tiendo la mano. Le doy una palmadita en la espalda. Me quedo sentada y escucho a su voz débil repetir la historia. Adentro del agua. Afuera del agua. Como una broma. Estoy tan cansada. ¿Pienso en Julián? ¿En Rigoberto y Coco? ¿En Raquel, la de los calzones chicos? Espero que sí.
Todo da vueltas dentro de mí. Es tan tarde. No sé cómo nos iremos a casa. Los otros niños se han dormido. Están tirados por todos lados, como si fueran chaquetas y zapatos. Tengo hambre. Me arden los ojos. Entro al living. Algunos de los adultos también duermen. Arrumbados en el sofá, entre quienes aún hablan a gritos, fuman y beben sin prestarles atención. También se lo llevaron, escucho que la mujer delgada le dice al papá. Nadie me ve. Él se inclina hacia ella con su cigarrillo. Durante seis días le sacaron la mierda antes de llevarlo al campo. Allí estuvo por casi cuatro semanas. No podía ni caminar, sus piernas estaban completamente destrozadas. Un embajador lo sacó, prometió que lo mandaría fuera del país de inmediato. ¿Y dónde está tu esposo ahora? El papá pregunta lo más bajo que puede, mientras la mamá está en el baño. Ah, dice la mujer. Se encontró una gringa.
Pedro Carmona-Alvarez (La Serena, Chile, 1972)
Nació en La Serena, creció en Kolbotn, en las afueras de Oslo, y ahora vive en Bergen. Debutó con su primer libro de poemas, Helter, en 1997, y desde entonces ha publicado novelas, poemas y ensayos. Además, ha sido editor de la antología de autores noveles de Cappelen Damm, Signaler, y de Verden finnes no på kartet, una antología de traducciones de poesía internacional (junto con Gunnar Wærness). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio Sult, el Premio de la Crítica y el Premio Riksmål por Chiquitita. Sus libros se han traducido a varios idiomas. También es músico.
Foto: Eva Lene Gilje Østensen
Julie-Mari Hallaråker (Bergen, Noruega, 1999)
Es licenciada en Estudios Literarios y actualmente vive en Valparaíso, Chile, donde investiga y traduce literatura latinoamericana. Su traducción al noruego de Ustedes brillan en lo oscuro, de Liliana Colanzi, será publicada por Les Bones Dones en 2027.
Foto: Kateryna Tretiakova
Soledad Marambio (Santiago, Chile, 1976)
Escribe, traduce, filma cortos y junto a Laia Núñez Sebastià dirige Les Bones Dones, una editorial independiente que traduce a autoras latinoamericanas al noruego. Vive en Bergen, Noruega, donde enseña literatura latinoamericana. Ha publicado los poemarios En la noche los pájaros (2013) y Chintungo (2017). Ha escrito y dirigido los cortos Retazos: Una conversación con Sylvia Molloy (2019) y De mi sangre: Un ensayo sobre la menopausia (2022), seleccionado para varios festivales internacionales. Su último corto es Cuando un salmón se desvía (2026).
Foto: Frode Ims
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