Abetos azules o pinos gallegos
Alejandra Zina
Musetta es uno de mis bares preferidos. Me gusta que ocupe la ochava de Billinghurst y Tucumán, me gusta la veleta que hay en la terraza con forma de señor apurado representando al viento, me gusta ver el caserón con paredes color durazno, ventanas irregulares y torreón con techo de tejas ubicado en la intersección de San Luis y Tucumán. Me encantan esas dos calles que se unen en la zona más palermitana de Almagro y se fugan por separado hacia el Once.
Ahí donde la vereda y el caserón se angostan hay plátanos y abetos azules, o pinos gallegos (mis informantes a los que consulto por whatsapp, uno escritor y otro arquitecto, no se ponen de acuerdo). El arquitecto dice que el caserón podría ser de estilo pintoresquista, de los años treinta, como los que se ven en Tigre y Mar del Plata. En literatura, el pintoresquismo se asocia con una mirada idealizada de la vida rural que ensalza la sencillez y la pureza. En arquitectura, el resultado parece más atrevido: construcciones asimétricas con perfiles quebrados y texturas que buscan una relación bucólica con la naturaleza. Por acá no hay mucha naturaleza con la que relacionarse, pero sí analistas lacanianos. En el caserón funciona el Centro Descartes, que fundó y dirigió Germán García, psicoanalista y autor de la novela Nanina (1968), un boom editorial hasta que la dictadura de Onganía la prohibió por lenguaje obsceno. No entré nunca y tampoco pude ver el interior, las persianas están siempre bajas y si no fuese por las luces que se prenden en la planta alta, pensaría que está deshabitado.
Cristina, la dueña de Musetta, es una italiana con sonrisa seductora que pasa de mesa en mesa saludando y dando charla a la clientela. Te toca el pelo, te acaricia las manos. Como las aves migratorias vive en un verano eterno, se va para Italia cuando empieza el frío y la volvemos a ver en las noches calurosas. Su castellano desborda de gestualidad, con ese dejo infantil del acento extranjero. El interior del bar da una sensación de casa –hay piano, sillones, biblioteca, veladores–, como si no fuésemos clientes sino visitas.
En Musetta solemos encontrarnos con mi amigo Hernán, la última vez fue para hablar sobre ese documento que me había mandado con el título de “ímpetu definitivo”, quería saber qué me parecía. Yo llegué primero y elegí una mesa, cuando llegó él nos cambiamos a la otra punta del salón para evitar el barullo de un grupo de gente, nos volvimos a cambiar cuando nos ofrecieron un lugar contra el ventanal. Eran dos sillones individuales, una mesita redonda de mármol y un velador para nosotros; nunca nos habíamos sentado ahí y nos pareció de lo más acogedor, un refugio del ruido de adentro y punto panorámico del afuera. Hay otro sillón en nuestra historia, de tapizado rojizo con arabescos, estilo rococó, que había sido de su abuela y que cargamos cuatro cuadras desde el departamento donde él vivía hasta el mío, era la época en que nos íbamos a vivir solos y nuestras casas se hacían con restos de las casas de otros. El asiento era duro pero lucía bien en mi living semivacío.
Pedimos la pizza de siempre y una copa de vino para cada uno. Si hubiese sido verano habríamos pedido una Grolsch bien fría. Me sentía un poco culpable por haber ido de calzas, zapatillas y suéter floreado, en una continuidad de entrecasa. Pero no fue desinterés sino la inercia de unos días melancólicos. Se lo comenté, confirmó con un vistazo y mi sensación de estar en falta quedó saldada.
El archivo que me había mandado era un conjunto de textos breves en torno a la escritura, también a la presencia-ausencia de su maestra, Tamara Kamenszain, y en menor medida a los días en su librería, sobre la que escribió dos libros de crónicas. Le dije que para mí el corazón de todos estos fragmentos era la voz de Tamara que seguía hablando adentro suyo aunque ya no estuviera en este plano. De las conversaciones con ella surgía el camino que lo llevó de una escritura críptica (sus dos primeros libros de poemas son fruto de esa etapa) hacia una escritura inteligible hecha de crónicas impresionistas, poemas narrativos y posteos de facebook acerca de su trabajo en la librería, el reparto variopinto de clientes, la relación con su hija, viajes, recuerdos de infancia. No es la primera vez que se refiere a esa escritura críptica como una vieja identidad que a la vez añora. Cuando abrió su cuenta de facebook escribía posteos breves y herméticos como sus poemas, su mujer con amoroso sentido práctico, y acaso una dosis de vergüenza ajena, le hizo ver que la lógica cuantitativa de las redes era la de comunicarse con los demás y no aislarse en mensajes encriptados. Escribir un posteo que nadie entiende es como tirar una botella vacía al mar. Soledad y naufragio de likes. Esta recomendación podría ser el antecedente de lo que le iba a decir Tamara Kamenszain cuando llevara los relatos que se convertirían en su primer libro de crónicas. Para explicarle hacia dónde tenía que dirigir la reescritura, la maestra apeló a una treta didáctica, cruzó un brazo por encima de su cabeza y se rascó la oreja contraria. El dígalo con mímica quería decir “no la compliques y rascate con la mano del mismo lado”. Ella debía saber, como buena analizada y lectora de psicoanálisis, que lo enrevesado podía ser síntoma de miedos y bloqueos.
Cursamos juntos de primero a quinto en el Mariano Moreno, la dictadura parecía lejana pero seguía goteando de forma imperceptible, se podía ver el deterioro de lo público aunque el colegio seguía sacando lustre a su viejo pedigrí que incluía una galería de alumnos distinguidos, desde Baldomero Fernández Moreno, los hermanos Frondizi, el Nobel Luis Federico Leloir, Homero Manzi, hasta otros más impensados como Sandro y Walas de Massacre. El edificio imponente atraviesa la manzana y tiene entrada por Rivadavia y Bartolomé Mitre. Se decía que en el subsuelo había funcionado una pileta de natación y salón de esgrima, nosotros sólo conocimos el auditorio de ciencias con gradas de madera robusta y el laboratorio de Biología con escenografía lombrosiana: instrumentos obsoletos, un esqueleto humano, algún feto animal y media cabeza humana cortada longitudinalmente en un frasco de formol.
No hablábamos de cosas personales, pero yo sabía que su mamá era periodista y su papá tenía una librería de usados sobre la avenida Corrientes. Un local enorme con varios corredores de mesas atestadas de libros y en el fondo una pared de madera a modo de biombo que ocultaba las bateas de revistas porno. Desde el mostrador de la caja veía la espalda de los clientes revolviendo las revistas envueltas en bolsas transparentes, me tentaba asomarme pero sentía el pudor de entrar a un mingitorio.
A los dos nos gustaba leer y eso sumaba para prestarnos atención de vez en cuando. Igual su respeto era volátil, yo podía pasar de compinche literaria a ser una de las compañeras de las que se mofaba. Andaba por los pasillos del recreo cual lobo solitario, nada taciturno sino más bien exaltado: cantando a viva voz, actuando un personaje de bufón que hacía chistes procaces y refinados juegos de palabras, deteniéndose para hablar con unos y con otros, pero sin intimar con nadie. Se protegía de algo, no sé de qué. Era arrogante pero no al punto de ser desagradable. Era uno más pero no participaba de la manada. Sin embargo, militó un tiempo en el Partido Obrero, entonces alternaba con un personaje grave y enojado, hablaba de proletariado y capitalismo, iba a marchas y repartía volantes ilegibles, ni barrocos ni herméticos, bodoques asfixiantes de interlineado simple. Definitivamente, yo no era la interlocutora para esos fervores estudiantiles, mi ignorancia de la realidad política era casi total, ni siquiera leía el diario, aunque alguna vez participé como figurante en una reunión del partido y tuve un besuqueo con uno de sus compañeros. No sé cuánto le duró la militancia (¿un año?, ¿dos?), antes de volver a su forma explosiva y ensimismada de relacionarse con los demás.
Escribió y dirigió una obra de teatro que presentó en un festival escolar y fue un éxito impresionante, no sólo agotó todas las funciones sino que se ganó el prestigio de artista precoz. No me acuerdo de qué trataba pero me quedó la sensación que detrás de las palabras y la puesta en escena había una madurez para observar las emociones y genio para contarlas. Como la actriz que aparecía metida en el hueco de una baulera y desde las alturas declamaba con cara alucinada. El mito sigue reverberando en algunos encuentros donde participan personas que no lo conocieron y, como todos los mitos, deja caer un tul de misterio en la sobremesa.
Una mañana se acercó en el recreo con dos libros para prestarme, no sé si hubo una charla que lo anticipara o si fue un gesto espontáneo de su parte, una invitación a entrar en un mundo radicalmente distinto a las clases de Zimmerman, profesora de literatura de las de antes, con modales de guardiacárcel y contradicciones que la humanizaban (corría el rumor de que había defendido de la expulsión a un grupo de alumnos revoltosos), bajo su imperio leímos y sufrimos Historia de una pasión argentina y Don Segundo Sombra. El de Mallea no llegué ni a la mitad y lo estudié con apuntes y resúmenes de otros.
Uno de los libros que me trajo era Poemas, de Osvaldo Lamborghini, la edición de Tierra Baldía (1980). El otro era uno chiquito, todo negro, que en el centro de la tapa decía Emeterio Cerro y abajo La Barrosa. Me dio vergüenza preguntarle cuál era el título y cuál el nombre del autor. Me llevé los dos y los leí. Lamborghini era difícil pero había algo teatral y burlón que me fascinó. Lo fotocopié, lo anillé y lo volví a leer muchas veces en los años que siguieron. Con Emeterio Cerro fue más extremo. No entendí nada pero venía con el otro, hermanados por algo que yo debía descubrir. No lo fotocopié ni tampoco me olvidé de ese mapa de palabras en minúscula, formando columnas y diagonales, o tiradas en el medio de la página como sonidos y nada más que sonidos. Escribir también era eso.
Que me trajera esos libros me ubicaba en otro lugar, me ponía a prueba, como si dijera “acá vas a tener que arreglarte sola, acá nadie te va a decir cómo son las cosas”.
¿Le dije lo que me habían parecido cuando se los devolví? No lo recuerdo. La escena empieza y termina en el momento en que Hernán me los da y yo me los llevo. Después hay una elipsis de treinta y cinco años y volvemos a estar juntos, sentados en Musetta, hablando del ímpetu de escribir. A medida que se apaga la luz del día se prenden las luces de las cinco esquinas y el caserón pintoresquista va quedando escondido detrás de los abetos o pinos que no pierden las hojas como los plátanos (las coníferas tienen hojas perennes, me explican mis informantes), como si también vivieran en un verano eterno. En primer plano, iluminado cinematográficamente, el torreón con techo de tejas le da a la casa un aire medieval de parque temático.
Nos acercamos y nos alejamos, pasaron años en que no supimos en qué andábamos ni con quién, nos invitamos a nuestros festejos de cumpleaños de forma salteada, conocimos las casas en las que vivimos, pasé a verlo por todas las librerías en las que trabajó, primero las de su papá, después la propia. De esas librerías de viejo y de la biblioteca materna, salieron los libros que lo formaron como un lector a contrapelo del canon adolescente de los ochenta. Ni Borges ni Cortázar, sino dos fugados, dos extranjeros de la literatura seria: Osvaldo Lamborghini y Emeterio Cerro.
Hay en nuestra amistad un núcleo que tiene que ver con lo incomprensible, una especie de leitmotiv que cada tanto vuelve a sonar como el estribillo de una vieja canción. No sé si alguna vez vamos a saber por qué vuelve, o cuánto le debemos de lo que somos en el presente. ¿Qué porción de esa que fui, la que se deslumbraba con lecturas difíciles, sigo siendo? ¿Qué audacias perdimos tratando de entender y de hacernos entendibles? Una parte de mí se siente clara y transparente. Otra parte, opaca y retorcida. La transparente forma parte de un coro de mujeres que le reclama a Hernán que hable claro, que no sea rebuscado, que diga lo que tiene para decir. Desafiar a los varones la hace sentir valiente. Mi parte opaca y retorcida no espera entender nada, recibe lo que le dan y se resigna al intento de querer saber. Abraza la ignorancia. Lo incomprensible no la intimida, como no la intimidaron los libros que recibió en el patio del colegio. Lo incomprensible es un sillón con arabescos, un poco incómodo pero con buena vista. El lugar donde cada tanto nos sentamos a tomar y comer lo de siempre.
Alejandra Zina (Buenos Aires, 1973)
Coordina talleres de escritura, de lectura y clínicas de narrativa. Fue creadora y docente del Taller de Escritura Creativa en la carrera de Guión y en el área de extensión de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC). Sus cuentos y relatos han sido publicados en revistas y antologías de Argentina, Uruguay, Brasil, México y España. Es autora de la colección de cuentos Hay gente que no sabe lo que hace (2016) y de Íntima distancia (2021), colección de textos híbridos. Desde 2006 hasta 2023 codirigió el ciclo Carne Argentina de lecturas en vivo.
Foto: Pablo Ortemberg
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