Querida Brenda
Cecilia Ferreiroa
Querida Brenda:
Gracias por quedarte en casa a cuidar a nuestro querido Timoteo. Es un gato muy bueno y no te va a traer problemas. Hace sus necesidades en las piedritas y come dos veces al día. Su única manía es la limpieza, por eso le mantengo su bañito limpio y seco, y le cambio el agua todos los días.
Te cuento algunas cosas de la casa porque también tiene sus mañas.
La canilla de la cocina queda chorreando apenas la cerrás, pero al rato deja de hacerlo. Por eso, no es una cuestión de cerrar más fuerte. Y sería bueno que no lo hagas, así el cuerito no se rompe. Con la canilla del baño grande pasa lo contrario, si no le das una vuelta más, queda perdiendo. Esa sí cerrala con fuerza para que la bañadera no se llene de hongos.
El inodoro del baño chico no carga si se vacía por completo. Es muy molesto si te pasa porque hay que llenarlo con un balde. Para evitarlo, tenés que apretar el botón de manera controlada sin llegar nunca hasta el fondo, sostenerlo con tu dedo hasta la mitad. El agua va a caer de manera más suave, no explosiva. No es fácil encontrar el punto, quizás te lleve algún tiempo. La idea es que el dedo y el botón se vuelvan una unidad, como si fueran parte del mismo mecanismo. Si el botón se te escapa, seguramente es porque lo apretaste con demasiada fuerza y se produjo la no deseada descarga de la mochila. Por eso, es importante la manera en la que iniciás el contacto con el botón: debe ser suave, debés ir apretándolo al mismo tiempo que lo sostenés para que no suba. El botón va a hacer fuerza sobre tu dedo todo el tiempo, como si quisiera volver hacia arriba. Eso es lo que necesitamos que pase, que quiera pero que no pueda hacerlo. Una vez que el agua fue cayendo y se limpió el inodoro, podés permitirle que suba. Durante todo el tiempo el botón y tu dedo deben estar en contacto, medirse mutuamente y ejercer una suave presión uno contra el otro. Creo que con ningún otro objeto de la casa vas a tener un vínculo tan estrecho. Solo quizás con la puerta de entrada, pero no me quiero adelantar, termino con el inodoro del baño grande. Ahí se puede apretar el botón hasta el fondo. En ese sentido es más independiente. No requiere un esfuerzo de tu parte y una manera tan estrecha de entrar en contacto. Pero lo que le pasa a ese inodoro es que una sola descarga no es suficiente. Con él lo que una quiere es que la cascada centrífuga se lleve todo, y eso no termina de ocurrir. Entonces, nos obliga a esperar, a tener paciencia. Ese inodoro tiene algo zen. Por más que estés apurada, no tiene caso impacientarse. Hay que dejar que la mochila se cargue un poco y luego volver a apretar el botón una segunda vez. Hasta el fondo. Esa segunda vez en general es efectiva, termina lo que la primera dejó por la mitad.
Cerrá siempre el gas de la cocina después de usarla, porque pierde. Es algo que deberíamos arreglar porque es peligroso, pero si no te olvidás de hacerlo, no vas a tener problemas. Yo nunca dejo de tener en mente la llave de gas mientras estoy cocinando y considero que girar la perilla de la hornalla y la llave de gas son dos cosas coordinadas. Mi cuerpo lo incorporó como un cierre en dos pasos. Primero cierro la perilla de la hornalla e inmediatamente la del gas: uno y dos. Una danza en dos tiempos. El inconveniente aparece cuando estás cocinando con diferentes hornallas y tiempos variables de cocción. Al principio me pasaba que al cerrar una, automáticamente cerraba el gas. Finalmente aprendí a no cerrarlo hasta no terminar de usar todas las hornallas. De alguna manera asocié solamente la última hornalla con la llave de gas. Es un estado de coordinación diferencial que alcancé con el tiempo, un nivel de asociación más complejo. Logré internalizar la llave de gas como si fuera la luz al salir de una habitación.
La puerta del horno no cierra bien y todo el calor se pierde. Yo le pongo una silla. Pero fíjate bien que la silla se apoye sobre la manija y no sobre el vidrio porque se calienta mucho. Como la silla es de madera, se puede quemar. A veces no queda en equilibrio y la silla se cae, con lo que la puerta del horno se abre. Ese equilibrio es el que tenés que lograr, en especial si querés cocinar tortas.
Las puertas de la casa son todo un tema aparte. Cada una es especial y la manera en la que tenés que tratarlas es diferente. Se parecen a un animal con su propio carácter. De hecho, Timoteo abre con total facilidad la del cuarto, como si jugara con ella. De un salto se cuelga con sus patas delanteras de la manija y la tira para abajo. Esa misma fuerza empuja un poco la puerta y la deja entreabierta. Después él desde el piso se abre paso con la cabeza. No tiene caso que la cierres, o que des un portazo para ver si se cierra con más fuerza, siempre la logra abrir. Esa puerta está completamente de su lado. A los dos los une un lazo de solidaridad y amistad. Son cómplices y ella entiende su deseo, o necesidad, de dormir en la cama con nosotros y está siempre accesible para él. La puerta de la entrada de la casa es la más trabajosa y también la más desesperante porque a veces te hace sentir que te vas a quedar afuera. Es todo maña, encontrar el punto justo. No es que no necesites hacer fuerza, pero fundamentalmente se trata de coordinar los movimientos. Como a esta altura ya sabrás, la posibilidad de habitar la casa tiene que ver con adoptar formas variables de sucesión y simultaneidad. Tu cuerpo y los objetos deben encontrar esa coreografía común. Desde afuera, para abrir la puerta de casa, tenés que traerla un poco hacia vos y, en el momento en el que se alinea con la otra puerta, girar la llave. Es decir que antes de hacer nada, debés poner la llave en la cerradura y con la otra mano traer la puerta. Si te mantenés atenta a la mano de la cerradura, vas a notar el momento en el que podés girar la llave con facilidad. Hay un punto en el que la cerradura se afloja. Esa puerta requiere siempre el movimiento coordinado de las dos manos, que a su vez hacen fuerzas muy distintas. Coordinación y disociación deben trabajar juntas. Para cerrar la puerta desde adentro es muy sencillo, solo te apoyás con el cuerpo en ella hasta que sientas que la llave gira sin traba. Después de haber hecho todo el esfuerzo coordinado y disociado para entrar a la casa, cuando tengo que cerrar la puerta desde adentro, me recuesto en ella con alivio. Descargo mi peso y descanso del esfuerzo que me llevó abrirla, del miedo de no poder entrar en casa.
La puerta del baño chico es otra cosa, con ella te tenés que olvidar de todo lo anterior. Tiene un juego que saca el picaporte de su eje y cuesta girarlo. Lo mejor es girarlo primero y después tirar de la puerta para abrirla. Acá los dos movimientos de tirar y girar se hacen con la misma mano sobre el picaporte, pero es importante separarlos bien, primero hay que girar, es decir, abrir la cerradura, y después traer la puerta hacia vos. Si prestás atención, normalmente lo que hacemos es girar el picaporte y tirar al mismo tiempo, pero en este caso debe haber una sucesión perfecta, sin solapamiento. Si lo hacés de esa manera bien diferenciada, girar sin tirar y tirar sin girar, no vas a tener problemas para salir del baño; si no, te vas a quedar encerrada.
Con la puerta de la galería no encontré otra forma que mover la manija con cierto ímpetu para que el pestillo que queda trabado se destrabe. Cuando la cierres fíjate bien que no haya quedado trabado porque el viento te la puede abrir y si llueve se moja adentro.
Quizás en el papel se te mezclen las puertas, pero a medida que las vayas conociendo, vas ir sabiendo cómo interactuar con ellas, cuáles son sus puntos débiles, cuáles las maneras de vincularte. Tu cuerpo se va a acomodar naturalmente a cada puerta. Cada una tiene su mecanismo y característica que vas a aprender a distinguir como los maullidos de Timoteo, uno cuando pide comida, otro cuando te saluda al llegar, otro cuando quiere que le abras la puerta de la galería. Esa cuya manija hay que mover con ímpetu.
Hay una puerta que es totalmente insignificante, la del baño grande. Es una puerta impersonal, sin ningún truco, abre y cierra en forma genérica como una puerta modelo, como cualquier puerta o como toda puerta. Es la puerta perfecta, la que se adecúa a la idea de puerta. Su manija funciona bien, no está dura para cerrarla o abrirla, la cerradura encaja perfecto y abre sin problema. Todo es como debe ser. No te voy a mentir y no voy a inventar un afecto que no siento por esa puerta. No me une nada a ella y no forma parte de mi vida. Por lo demás, la vas a poder manejar hasta con los ojos cerrados o incluso dormida, tanto que podés directamente olvidarte de su existencia.
Espero que lo pases muy lindo en la casa, ya vas a ver que Timoteo es muy bueno y no te va a dar ningún trabajo. ¡Muchas gracias por aceptar venir a cuidarlo!
Beso grande.
Ceci.
Cecilia Ferreiroa (La Plata, 1972)
Es licenciada y profesora en Letras por la UBA. Vivió su infancia en el exilio, primero en Venezuela y luego en México. Es autora de la novela Nombre de familia (Emecé, 2025) y de los libros de cuentos Señora Planta (Blatt & Ríos, 2016) y La parte enferma (Obloshka, 2020). En 2024 integró la antología Pensar en argenmex: literatura, exilio y memoria en torno al exilio argentino en México, editado por la UNAM y en 2012 la Antología Cuento Digital Itaú. Publicó narraciones en diferentes revistas y suplementos periodísticos, así como algunas reseñas. Trabaja en programas de promoción de la lectura y del acceso al libro, y dicta talleres de lectura y escritura.
Foto: Alejandra López
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