Las cosas se van con vos
Juana Inés Casas
La miro como se observan esas esferas de vidrio que resguardan una escena en miniatura, un paisaje con la torre Eiffel, la torre de Londres o un Papá Noel diminuto entre pequeñas montañas de plástico sobre las que cae la nieve. En mi esfera imaginaria, lo que veo es una mañana muy nublada de principios de junio, no hay nieve cayendo, pero sí una serie de relieves sobre el horizonte: cerros, montañas, la cordillera. Seguramente en la cima hay nieve, pero no se ve por el smog.
Aún conservo intacta la primera imagen que tuve de Santiago, pese a que ya pasaron 20 años desde que vivo acá. Tal vez porque ese paisaje lleno de recortes y desniveles era muy distinto a la llanura donde nací, pero también porque había algo en la oscuridad de ese día, magnética, familiar, de la que nunca me pude despegar.
Como el cielo estaba tan gris, pensé en lluvias y tormentas, pero el taxista que me fue a buscar al aeropuerto dijo: No, acá no llueve nunca.
Ese año llovió todas las semanas, hubo inundaciones en distintas partes de la ciudad y pasé enferma la mayor parte del invierno. Aprendí que Chile, lejos de la fama que había en ese momento en torno a su economía y otros aspectos, era un país —como todos— muy imprevisible, atravesado —tal vez más que otros— por todas las fuerzas de la naturaleza: temporales, tsunamis, terremotos, incendios, sequías extremas.
De esa época, recuerdo que las noches eran muy largas y en el día casi no había luz, recuerdo que me intoxiqué con chacareros, unos sánguches con porotos verdes y ají (dos extranjerismos para mí en ese momento), y me pasé siete días con gripe y fiebre viendo la primera temporada de Lost en un departamento.
Suelo pensar en esos meses como un continuo de días idénticos, pero ya sabemos que la memoria siempre engaña y, si bien me tienta la posibilidad de escribir esa época como un bloque gris incrustado en el pecho, sé que no fue así.
Después de la lluvia, solía venir alguna mañana clara y una bocanada de aire puro, donde la ciudad cobraba otra vida y todo era de una luminosidad difícil de esquivar, un destello que parecía algo irreal, pero luego se esfumaba en la misma bruma gris que lo terminaba envolviendo todo.
En esos días claros, la cordillera se apoderaba de la ciudad, era una presencia absoluta, como en los dibujos que hacen mis hijas chilenas de su casa y de su ciudad (¿debo decir mía? ¿nuestra?): pequeñas casitas hechas de figuras geométricas irregulares, cuadrados o rectángulos de color ladrillo, rodeadas por una cadena montañosa de triángulos marrones con copos blancos en la cúpula. Todo pintado en crayones brillantes excepto la nieve, que no lleva color o más bien, conserva el color de la hoja. En esos días después de la lluvia, las cosas tomaban un brillo imposible de reflejar ni en fotos, ni en nada. Un brillo que tal vez se pueda comparar con el destello de una nueva pintura, o de un juguete que acabamos de sacar de su envoltorio de regalo.
Pese a las bocanadas de aire y luz que tuvo ese invierno, también empecé a tener problemas para respirar. Había estado ahogada otras veces en Argentina, pero fue en esta ciudad que apenas empezaba a descifrar que me pareció que tenía que buscar una respuesta. El aire se empezó a volver una presencia inevitable en todas las conversaciones: la contaminación, las restricciones vehiculares, la preemergencia ambiental, el asma de mi madre, las enfermedades que heredamos, la desesperación.
Busqué una hora con un doctor especialista en problemas respiratorios.
Ese médico, el primero que visité en la nueva ciudad, me dijo que los griegos creían que el alma estaba en el pecho, que es ahí donde se sienten los dolores del alma, sí, usó esa palabra: alma. Y me habló con paciencia, me miró a los ojos, me escuchó. Con ese gesto, creo, logró curarme. Después de eso no tuve ahogos por un tiempo.
El aire, el smog dejaron de ser una preocupación. Según él, todo residía en la angustia, en la nostalgia por lo que había dejado atrás. Ubicar el dolor en una parte del cuerpo, delimitarlo. ¿Es eso curarse o enfermarse? Años después quise buscar a ese médico, tal vez una de las personas más importantes en mi llegada a la ciudad. No lo encontré. No lo pude encontrar. Perdí su nombre, su apellido, lo busqué en las listas de clínicas y hospitales, en conversaciones. A veces, pienso que tal vez fue una alucinación, un deseo de que alguien me acogiera.
Cuando vuelvo a la esfera de vidrio que contiene la escena de mi llegada al país, pienso en un poema de Silvina Giaganti que me gusta mucho y se llama “Las cosas se van con vos”. No sé qué cosas vinieron conmigo, imagino que son muchas. Muchas me hubiera gustado que se quedaran y no vinieran, esas son las más presentes. Otras se van todo el tiempo, a esas trato de forzarlas, de obligarlas a que permanezcan conmigo, pese a que por momentos se me escapan de los dedos hasta que se disuelven en algo nuevo. Mi manera de hablar, ciertos modismos, personas de las que ya no me acuerdo, lugares que ya no están.
Cuando escribo ficción intento conservar una voz que ya no es mía, es la voz de mi infancia, un argentino que aprendí en un lugar y un tiempo que no existen más.
Cuando estoy en Argentina y llueve, pienso que también está lloviendo en Santiago. Cuando estoy en Santiago y hace mucho calor, pienso que va a llover. Pero esa lluvia como alivio tropical no llega nunca o más bien, casi nunca.
Cuando estoy en Buenos Aires, a veces siento que la tierra se mueve y hay un terremoto. Me lleva un momento identificar que es imposible.
Fome, brígido, cuático, taco, al tiro: cuántas palabras adoptadas que son propias y no son propias. Solo las puedo sentir propias cuando hablo. Si las escribo se me escapan, ya no son mías, se me vuelven ajenas.
Durante muchos años pensé que el problema del aire y la imposibilidad de respirar eran parte de las cosas que se habían venido conmigo. La condena de una enfermedad familiar que también había tenido mi madre.
Después lo dudé, pero nunca pude encontrar una respuesta definitiva. Ni acá, ni allá.
Las primeras semanas que estuve en Santiago, olvidé un poco el tiempo, me embarqué en un frenesí de lo cotidiano, buscar qué comer, conocer las calles, contactar argentinos que vivían en Santiago y a quienes mis amigos me habían encomendado, trabajar y trabajar mucho. En ese lapso de semanas, tal vez meses, dejé cerradas unas valijas que traje con ropa y otras cosas. Eran unas valijas enormes y antiguas que alguien de mi familia había usado para un viaje largo. Una de las cosas que había dentro eran unos mates que me habían regalado y que mi mamá había curado unos días antes de que yo partiera. Con el encierro y la falta de aire, los mates de calabaza y de cuero, los más lindos, se pudrieron. Solo sobrevivió un pequeño matecito de madera.
Pensé un tiempo sobre esa descomposición de lo orgánico y también pensé en todo lo que traje. Los objetos permanecen, nos sobreviven, nos superan. En algún lugar están esas valijas que traje la primera vez que vine y ahora llamaría maletas, el sillón cama comprado en una mueblería de la Avenida Belgrano en Buenos Aires, un cuadro que enmarqué en una vidriería de la calle 9 de julio en un pueblo de la provincia, una caja con cedés comprados en Zivals y Musimundo. Cosas que existen aún, pese a que muchos de los lugares que he mencionado ya no existen más.
Los mates que no pudieron respirar podrían haber sobrevivido sin el encierro y la humedad en la valija. Pero todo lo que había en ese minuto que dejé Ezeiza en junio de 2005 está cambiado.
Sólo conservo esa impresión primera del paisaje de relieves que ahora veo en el horizonte. Montañas, cerros, cordilleras, mi pequeña esfera de vidrio donde floto en el vacío, de acá hacia allá, ese vuelo que atraviesa la cordillera y, de repente, en medio aún de la fascinación por los Andes, baja a Santiago, los cerros más bajos, el color ocre, amarillo, gris.
También conservo cierto estado de no pertenencia que, tal vez, todos tengamos.
Mudarse a un país cercano abre la posibilidad de ir y venir, de desplazarse de un lugar hacia otro, por más que una no viaje. Esa doble dirección, de ida y de vuelta, de ida y de vuelta, persiste como un vaivén en la cabeza, o como la nieve que cae y sube al mover la esfera de cristal.
Los primeros años me gustó esa sensación. También me gustaba estar flotando en el aire. El trayecto en avión, la indefinida sensación de estar en viaje y atravesar las cuadrículas de las ciudades y la cordillera y tomarle fotos como si siempre fuera una primera vez.
Después se volvió terror, algo de la angustia se fijó en ese punto de la existencia que tenía el estar en el aire, el flotar, el no tener control, la posibilidad de una caída al vacío.
A veces me pregunto qué pasaría si hiciera el camino inverso, si volviera a aterrizar en Argentina, que sería para mí un país tan nuevo como el Chile de hace 20 años. Me pregunto si algo de ese horizonte infinito, la falta de montañas y cerros me sorprendería. Si volvería a quedar atrapada en un día de invierno, magnético y tal vez familiar, si volvería a perder la capacidad de respirar por las noches y, a la vez, a sentirme flotando en el aire como si nunca fuera a pertenecer a algún lugar. Qué recorridos me llevarían a encontrarme con una vida y cuáles recorridos dejaría atrás. No lo sé, solo puedo escuchar ese poema que repito como un antídoto y que por algún motivo siempre me consuela, pese a que tal vez sea una condena: las cosas se van con vos.
Juana Inés Casas (1977)
Periodista y editora. Es licenciada en Comunicación Social (UBA). Publicó los libros de cuentos Segundo idioma (Montacerdos, 2023), que ganó el Premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile, y El tiempo de los peces (Ediciones de la Lumbre, 2011, 2025). Ha participado en antologías como Avisa cuando llegues (Bifurcaciones, 2019), Vivir allá (Ventana Abierta Editores, 2017) y Ocho mil caracteres (Premio Itaú de Cuento Digital, 2014). También ha publicado en las revistas Qué Pasa, Dossier UDP, Palabra Pública y los sitios Continuidad de los libros, 60 Watts, Suelta, entre otros. Es argentina, pero vive en Chile desde 2005.
Foto: Sebastián Utreras
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