Las memorias de la Sara

Las memorias de la Sara

Leopoldo Silva

 

Conocí a Sara Vallejo en agosto de 2024 y durante un año la visité dos veces por semana. Acababa de cumplir ochenta y seis años y, con mucho pesar, de vender su motorhome. Todavía duelando esa pérdida Sara buscaba alguien que le ayude a ordenar su archivo y memorias. Su historia se había hecho conocida: una profesora de inglés jubilada que a los ochenta años vendió su casa y salió a recorrer Sudamérica.

Más que ordenar, nos juntamos a recordar. Ese fue nuestro ritual. Su aventura en el motorhome pasó a ser sólo una de las tantas historias de su vida. Atravesamos juntos las cuatro estaciones del año. Algo de ella me cautivó, llegar en bici hasta la casa donde vive, en el pie del cerro, se volvió parte importante de mi rutina. 

Pasadas las primeras semanas ya teníamos nuestras costumbres. Ensayábamos un modo de trabajar que a medida que pasaba el tiempo íbamos perfeccionando. Una escena que iba a repetirse: estamos sentados frente a su escritorio, con la notebook enchufada, nos dividimos las tareas: ella maneja el teclado a una mano –su mano derecha– y a mí me toca el mouse. Me mira lateralmente. Siempre hay un momento para el café y para actualizarme sobre sus hijos, nietos y bisnietos. Cada tanto vuelve a preguntarme si ya estoy saliendo con alguien.

Sara porta unas canas blancas, bien blancas, y le brillan un poco cuando mueve la cabeza al hablar, como si de tanto vivir hubieran rejuvenecido para dejar atrás antiguos tonos grisáceos y darle lugar a nuevos tonos merengues.

Yo también me hice mis costumbres. Conseguí una bicicleta que utilizo para llegar a su casa. Desde la mía hasta la suya son cincuenta minutos pedaleando en subida. Hay que recorrer enteras las avenidas Mate de Luna y Aconquija. Su calle es de las últimas antes de dar de lleno con el cerro. Todavía ciudad, sí, pero calle de tierra, esa parte de Yerba Buena en que la selva comienza a ganar altura, donde las gamas húmedas y verdes despuntan para darle bienvenida a la yunga.

Llegar hasta ella implica un esfuerzo físico, pero a la vuelta todo es bajada. Regreso feliz. Siento ese tipo de felicidad física que produce la velocidad, el viento en la cara, el olor a selva que se desprende de los árboles. Voy saltando lomos de burros, jugándole carreritas a los colectivos que bajan de la montaña. Algunos días aprovecho para dar unas vueltas por el cerro San Javier.


La tarde que la visité por segunda vez volvió a preguntarme cuántos años tenía y si esa bebé de mi foto de whatsapp era hija mía. Me confesó que hacía unas horas se había angustiado al no poder acordarse si es que había almorzado o no.

–Y supuse que sí almorcé, porque no tenía hambre. Es horrible. Vos disculpá, Leo, si me olvido de algunas cosas. Y si te aburrís también avisame.

A ella llegué a través de un amigo periodista. Sara estaba buscando alguien que la ayudara a ordenar su archivo, ¿vos te animás?, preguntó. Yo contesté que sí, pero que en unos meses tenía planeado mudarme a Buenos Aires.

Conocía a Sara en los términos tucumanos de la palabra conocer. Sabía quién era, conocía algo de su historia. Cierta vez, incluso, vi el motorhome cruzando por la avenida Mate de Luna –blanco, seis ruedas, inmenso, con una inscripción que decía: el coche es gringo… yo soy argentina–. Lo que no tenía claro era a qué se refería con ordenar su archivo.

Lo primero que me sorprendió fue su manejo de la computadora. Google Calendar abierto repleto de tareas –clases en la Fundación León, un café con su nieta, llamar al técnico del aire acondicionado– en violeta los pendientes. Entre sus dos redes sociales (Instagram y Facebook) sumaba ciento treinta mil seguidores, se las crearon sus hijos cuando inició el viaje. Sólo publica muy cada tanto porque hay muchos que preguntan por ella, quieren saber qué es de la vida de Sara, preguntan si sigue viajando.

En la computadora, también un Word que se llamaba mis referencias: un verdadero diccionario ordenado alfabéticamente en el que detallaba todas las personas que conocía y al que por sus olvidos debía volver con alguna frecuencia.

Con A:

Alejandra o Ale: mi hija menor que me apoya en todas mis locuras y me da cobijo en su casa cuando aterrizo en Yerba Buena.

Alex: mi hermano menor que vive en Buenos Aires y me acompañó en el viaje inaugural.

Andrés: un muchacho de Catamarca que encontramos a la vera de la ruta y a quien auxiliamos en agosto de 2016.

Con B

Boy: integrante de la escudería de motoqueros Escorpiones del Asfalto, de Itamaracá, Pernambuco. Nos ayudó a enchufar la extensión eléctrica del motorhome en un camping.

Justo debajo de su notebook absorbiendo todo el calor de la batería, en un folio y siempre prolija, la solicitud de muerte digna y pasos a seguir en caso de que le sucediera algo.

Por su voz cadenciosa (casi sin rastros de tucumanismos) pero sobre todo por sus formas de decir y su sentido del humor se podría suponer que es más joven. Aunque si uno se detiene a mirar un poco, puede comprobar ese desgaste natural de la piel anciana, más finita y por eso suave, sobre todo visible en el reverso de sus manos.

Pero qué era lo que quería hacer Sara. En principio ordenar, ¿qué cosa? Esa cantidad de gigas de fotos, videos y audios. Algo que durante las primeras semanas sentí que era una tarea imposible. Y ¿para qué? Para la posteridad, para los hijos, los nietos y los bisnietos. Porque si no nadie lo va hacer, me contestó un día. Aunque yo sospecho que había razones más íntimas y profundas.

Rastreamos sus primeras fotos. Nos detenemos en una que están todos. Sus padres, sus tres hermanos –todos varones, menores– y ella, la hermana mayor, debe tener diez años. Una sonrisa discreta, sin mostrar los dientes. De punta en blanco, con un vestidito de organza. Puedo reconocerle en la mirada y también sus rulos incipientes que se preparan para la vida que vendrá. Saco la cuenta, en plena Segunda Guerra Mundial, le digo. ¿Tanto, che? Se sorprende, se ríe y después me dice que no sea malo.

Ordenamos primero sus fotos familiares, vacaciones con amigas, después los años de viaje en el motorhome.  Fuimos creando de a uno los álbumes: En Lima con Judith Palma, Año nuevo con mi hermano Álex, De paso por el borboletario con los Moná. Sesiones de arduo trabajo copiando y pegando archivos en las que en algún momento preguntaba:

–¿Un cafecito?

Y yo siempre respondía que sí.

Fue ella la de la idea de crear un álbum que se llamara Los novios de Ale, es que había fotos de antiguas parejas de su hija, y ya no podían estar en el que se llamaba Familia.


Sara creció en una familia porteña abierta para la época, aunque no por eso menos tradicional. Sus padres alquilaron siempre la misma casa en la calle Blanco Encalada del barrio de Belgrano. Alquilaban porque les parecía que comprar una casa no era un buen negocio.

En los años que hubo más dinero fue a un colegio inglés, después se pasó a una escuela pública. Terminando el secundario conoció a quien sería el padre de sus hijos. Sólo podía visitarla los miércoles de cinco a siete de la tarde. Era recibido en el living y en presencia de sus padres. Esas visitas de dos horas duraron cerca de cinco años.

Sara se llama así por su madre, que se llamaba igual. Por eso al comienzo fue Pichona. Apodo que aborrece, sólo su hermano se anima a llamarla así. Una tarde en la que particularmente creí que ya me había hecho un lugar especial entre sus afectos y abusando de un exceso de confianza, comencé a llamarla Pichona. Dos, tres veces, se lo dije hasta que con voz firme me barajó.

–Me seguís diciendo así y no te hablo más. 

El día que se casó tenía veintiún años; era junio y hacía frío en Buenos Aires. Lució tres atuendos distintos. Por la mañana registro civil seguido de un almuerzo familiar acompañada por los testigos. A la tarde la ceremonia en la iglesia anglicana con la familia del novio. De ahí a la iglesia católica (misma iglesia donde se habían casado sus padres). Finalmente un brindis, vals y la recepción de los regalos. Todo antes de las doce de la noche.

Sus primeros años de casados los pasaron en Quilmes donde su esposo había conseguido trabajo. En 1960, 1962 y 1963 nacieron sus hijos. En el año setenta se mudaron a Tucumán.

Llevaban dos años en la provincia y el contrato laboral de su esposo estaba por terminar, tenían que decidir si quedarse o volver a Quilmes a la casa que habían construido, pero que no habían llegado a habitar. Era el setenta y dos, una tarde desde la punta de un mirador en San Javier, dijeron: nos quedamos. Los paisajes habían hecho lo suyo, era un lugar agradable para sus hijos, ya no querían volver a mudarse. ¿Y cómo irse? Con la belleza de las yungas al frente, esa versión verde y nuestra de la profundidad del océano.

El tiempo pasó, los hijos se independizaron. Sara comenzó a estudiar inglés y a los cuarenta y ocho años se recibió. Fue teacher en un colegio. Viajó. Puso un restaurante en el comedor de su casa que abría únicamente los sábados por la noche. Nacieron sus nietos. Se jubiló, después se divorció. Se fue a escondidas de su familia a España para conocer a un hombre que contactó por internet. No le gustó y se volvió. Se tiró de parapente para festejar su cumpleaños setenta. Nacieron sus bisnietos. Un sábado soleado de invierno, más cerca del mediodía que de la tarde, estando de viaje por Jujuy con dos amigas vio una Sprinter estacionada en una de las callecitas de Purmamarca.

–Era un motorhome. Paré, lo mire, le saqué fotos y hablé con su dueño. En ella viajaban una pareja con una niña. Los vi felices. Y la casita muy linda. Me quedé pensando y nunca más dejé de pensar.

En internet buscó uno que sea cómodo. Para comprarlo la ayudaron sus hijos, pero primero necesitaba el dinero. Entonces no dudó y puso en venta su casa.

Días antes de la transacción Sara sacó un par de mesas a la vereda, juntó algunos muebles, potiches y cerámicas y les puso un precio simbólico. Algunos paseantes se congregaron alrededor de esas mesas, más por curiosidad que por interés de compra. Esa tarde, tras ser avisada por los vecinos de la venta de garaje de su madre, Alejandra, hija menor de Sara, se presentó preocupada, pidiéndole que dejase de vender todo.

Pero la decisión ya estaba tomada. A Sara le faltaban unos meses para cumplir ochenta años y había decidido que lo que le restaba de vida, los años que sean, los iba a pasar arriba de un motorhome viajando por Latinoamérica.

Dimensionar su viaje es difícil. 270 ciudades es un número. (Buceando en sus archivos encontramos un Excel en el que detalla donde pasó cada noche durante los más de cuatro años de viaje; ella no se acordaba que había llevado ese registro). Setenta y un mil kilómetros recorridos es otro número. Así como también los litros de nafta cargados, Sara había llevado la cuenta. Algo que contrastaba con la actitud despojada que la había llevado a desprenderse de su casa –con todas sus cosas– primero y ahora de su motorhome.

Yo le pedía que me cuente historias. Sobre cuando atravesó durante quince días todo el Amazonas navegando con el motorhome a bordo. O cuando hizo el ritual de ayahuasca en la selva de Mayantuyacu. A lo de la ayahuasca me lo contó en reiteradas oportunidades. Pasadas unas semanas volvía a preguntarle como queriendo que me cuente algo distinto de lo ya relatado, como queriendo torcer la anécdota para escuchar algo que yo quería escuchar.

–Pero no sentiste nada Sara, ¿ni un poquito?

–No, te digo que nada. Entré en un sueño profundo, eso sí.

A los meses volvemos sobre el tema, se acuerda que ella en un momento del ritual se puso a grabar un audio. Me pide que lo busque en la computadora. Así llegamos al archivo llamado Ícaros shipibos y por unos minutos hacemos silencio. Escuchamos esos cantos sagrados que salen del parlante y envuelven toda la casa. La imagino con el celular escondido, grabando, para que no la descubran.

Fue por la pandemia que tuvo que volver a Tucumán. Se estacionó en la puerta de la casa de Fernando, uno de sus hijos, en Yerba Buena, hasta que pudo regresar al ruedo, pero ese año y medio sin viajes pasó factura en su cuerpo. Sara comenzó a usar bastón y la renovación del carnet de manejo –que siempre era por un año– se hizo cada vez más complicada.

Vender el motorhome había significado un golpe difícil, pero antes que tenerlo estacionado sin andar prefirió que alguien le de uso. Un día me pidió que busquemos en Facebook al hombre de Buenos Aires que se lo había comprado. Cuando encontré el perfil, me dijo que mejor no, que no quería ver.

El año en que nací, ella ya había cumplido sesenta y estaba pronta a jubilarse. Hay por lo menos dos generaciones entre nosotros. Me pregunto si acaso esa diferencia es lo que nos une, o si simplemente es el compartir. A medida que los meses pasaban la empezaba a conocer mejor. Cuando estábamos trabajando y alguien la llamaba a su celular, ella atendía y según el día contestaba: no puedo ahora, estoy trabajando con mi profesor, con mi asistente o con el chico que me ayuda. Hasta que en algún momento comenzó a utilizar la palabra amigo. Estoy con mi amigo.

Nuestro trabajo fue ordenar, conversar, aflojar la masa de recuerdos con zonas que parecían impenetrables por momentos, pero que al hablar se ablandaban. Y a veces bastaban algunas preguntas para que esa masa se mueva, se estire como se estiran las masas que dejan pasar la luz. Y entonces Sara recordaba. Mi método fue dejarme llevar por la curiosidad, la paciencia y la ternura. Sin curiosidad no hay nada. La pregunta abre, invita. Pero sin disposición a escuchar es imposible. Hay que predisponer el espíritu. Balancear entre lo que uno desea saber y tener oído para detectar lo que me quieren contar. Tiempo. Hay que quedarse, por supuesto, para lo importante siempre hay que esperar.

Sus hijos me conocían nada más que de vista, de habernos cruzado cuando salía de su casa y ellos justo llegaban. No debían entender bien qué hacíamos. Bueno, no es que nosotros teníamos mucha idea tampoco. En principio nos habíamos propuesto ordenar sus archivos. Pero un orden como tal era difícil de llevar porque pasado un tiempo Sara quería reordenar, pasar a otro tema.

Semanas enteras nos pasamos armando su árbol genealógico en una plataforma online. Y cuando quisimos agregar fotos de sus bisnietos, se nos acabó la prueba gratuita y tuvimos que pagar una suscripción en dólares. Al comienzo dudamos. Pero bueno, no fue la primera ni la única vez que le usamos a escondidas la tarjeta de crédito a su hijo mayor.

Hubo archivos, sobre todo fotos, que Sara decidió borrar para siempre. Las primeras veces intenté persuadirla de que quizá una mejor opción fuese que se quedaran en la papelera de reciclaje. Pero borrar también era saludable, un pequeño descanso a la memoria.

Un día llegué y me sorprendió con una carpeta marrón, tamaño oficio, de la que salían hojas desordenadas. No sé si no me la mostró antes por pudor; según ella la encontró hace unos días. Son impresiones de mails, chats, fotos de viajes. A esta parte de la historia la llamamos Los amores de Sara; creamos una carpeta con ese nombre. Son archivos que comienzan en 2004, un año después de su separación. Ese año, estando en Buenos Aires, en casa de su hermano, un día él le sugirió suscribirse a la página Terra.

–Primero me pareció muy loca la idea, pero no me dejó opciones y ahí mismo inventó un nombre de usuario, Zarila2000. Decía que yo era bárbara, inteligente. No mentía en la edad ni en los kilos.

Sara conoció primero a Virginio, de San Bernardo.

–Periodista, inteligente y escribía muy bien. Hasta buen mozo era. Aunque creo que fui hasta allá para ver el mar y ver si me convidada unos marisquitos. Pero un desastre, pobre a pesar de su lustre y además no tenía sartén.

–Sos mala Sarita, eh. Era periodista el buen hombre.

–¡No! Yo con un tipo que vive solo y no tiene sartén… ¡No! Me fui, pero antes, obvio, le regalé una sartén. Era inviable.

Sara se ríe y se contornea para atrás en la silla, como si para recordar también hiciera falta predisponer el cuerpo. Es curiosa la memoria, sus olvidos aparecen más espaciados, el neurólogo hace unos días le dijo que del uno al diez, ella estaba para un ocho.

Después de Virginio, Sara pasó a chatear con Wilmar, un uruguayo. Encantador según ella. Interesante, pero vivía en el fin del mundo: Rivera, en el límite con Brasil. Aunque no era eso lo que la detenía, Wilmar tenía mujer y aunque aburrida, no pensaba en dejarla. Era pintor y le decía frases de amor en portugués. Charlaron un buen tiempo.

Hablar de amores se merecía una salida. Una tarde le dije: Sarita hoy no trabajamos. La agarré del brazo, la subí a su auto y nos fuimos hasta la cafetería de moda en la provincia. Ese día hubo algunos que la reconocieron, aunque no se animaron a hablarle. Fue una tarde realmente hermosa, el cerro de fondo. Hablamos de mi viaje, en unos meses me mudaba a Buenos Aires. En un momento le pregunté si soñaba con el motorhome, dijo que no. Pero que había mañanas que se sorprendía y que abría las cortinas pensando que seguía estacionado afuera. Y que cada tanto se arrepentía de haberlo vendido. Ahora, por ejemplo, podríamos estar de viaje, dijo.

Hay mañanas que despierto y tengo un whatsapp suyo de las cinco de la mañana.

Hola Leo, no sé si te acordás de la historia con un chico belga de nombre Boris, de dos metros de altura, que me había visitado hace un tiempo. Creo que grabamos la charla. ¿Alguna idea dónde puede estar?

Me la puedo imaginar, con el celular desde la cama, la luz de la pantalla rebotándole en el rostro. Ella jugando Literati, esperando que amanezca, impaciente.

Casi todas las semanas recibe alguna visita. Sus años arriba del motorhome la hicieron ir tejiendo una red de personas que ella llama amigos del camino. Lo que más le sorprende son las conexiones entre esas personas y no son más que demostraciones de que el mundo es mucho más chico de lo que cree. Y así, un hombre que se encontró en un camping en La Rioja, resulta conocido de una familia que la alojó en Lima y a su vez esa familia conoce a alguien en Uruguay que ella también conoce. Muchos de ellos, ahora que vendió el motorhome, vienen a Tucumán a visitarla.

–Mis hijos me dicen mamá tené cuidado, fijate a quién le abrís la puerta. No los conocés. Pero mi lema es que de entrada sos buen tipo hasta que me demostrés lo contrario. Y casi nunca suele pasar.

La semana pasada vino una pareja de Uruguay a visitarla. Hace unos días llegaron tres gerontólogos desde Buenos Aires para conocerla. Querían verla en persona. Sara se ríe: no tendrán algo más divertido qué hacer, dice.

Por la tarde vuelve a enviarme un mensaje: efectivamente no habíamos grabado nada de la charla con el belga, solo nos sacamos una foto.

No deja de sorprenderme su memoria, la selección de recuerdos, en eso también reside mi curiosidad hacia ella. Me cuenta sus historias una y otra vez, algunas veces con pequeñas variaciones. Incluso, en ocasiones, yo mismo le ayudo a completar el recuerdo. Entonces ella me pregunta: ¿Ya te conté esto?

Sucedía algo curioso. Con el tiempo lo noté. Si nos movíamos y nuestra conversación se llevaba a cabo en otro escenario, un bar por ejemplo, algo en su memoria cambiaba. Una mañana que salimos a desayunar me di cuenta. Esa vez, volví a preguntarle sobre su vida como profesora de inglés, sobre aquellos viajes a Inglaterra llevando egresados del colegio en el que trabajaba. Por alguna razón sus recuerdos fueron mucho más nítidos, me narró excursiones, la vez que se les perdió un alumno y me contó con detalle una anécdota que según ella “nunca se podría olvidar”, aunque era la primera vez que yo la escuchaba: estaban sentadas con su colega y compañera de viaje, junto con la veintena de adolescentes a cargo, preparándose para esa tarde regresar a la Argentina. Sara recuerda todavía la sensación que le produjo en el cuerpo ver en plena calle de Londres bajar de un taxi a la dueña del colegio. Pero, sobre todo, me cuenta, no puede olvidarse los tres adjetivos con los que se dirigió a ella y su colega. Ustedes dos son unas torpes, groseras y guarangas, les había dicho antes de saludar.

Un año no es suficiente para ordenar toda una vida. Nos quedaron zonas enteras de su archivo sin revisar como el libro de visitas de su motorhome o  la historia de la granja que su padre compró en Córdoba.

Las últimas semanas le propuse que nos dedicáramos a confeccionar un fanzine con fotos y algunos textos escritos por ella en algunos momentos de su vida. Casamiento, mudanza a Tucumán, sus amores. Quiso que lo titulemos Las memorias de la Sara y se lo iba a regalar a su familia en las fiestas.

Ahora me tocaba emprender mi viaje. Y esa última tarde en su casa, quizá para no hacer tan solemne la despedida, trabajamos como cualquier otro día. Tomamos café, me miró lateralmente y me preguntó detalles de mi mudanza.

Cuando había cerrado ya la puerta reja que daba a la calle y antes de subirme a la bicicleta sentí su voz que apresurada salía a avisarme que nos habíamos olvidado de algo.

–¡No nos sacamos una foto, Leo!

Durante esa mañana pensé en eso, en que no teníamos una foto juntos en su casa, sin embargo para la tarde ya me había olvidado.

–Estaría lindo en el escritorio, donde trabajamos este tiempo –dijo.

Sacamos la foto, nos volvimos a desear suerte y prometimos volver a vernos. Después me subí a la bici y arranqué despacio; tan sólo me paré en los pedales y dejé que las ruedas avanzaran por la inercia de la pendiente de la calle. Supe que iba a extrañar a esa mujer. Corría apenas un viento, todavía faltaba, pero la primavera se insinuaba en el aire.

 

*Para ver más sobre el viaje de Sara en motorhome recomiendo el documental “A donde me lleve el viento”, dirigido por Mariana Croharé y Laura Santipolio. Realizado en 2020 durante parte de su recorrido por la Patagonia.

 

Leopoldo Silva (Tucumán, 1998)

Periodista y escritor. Autor del libro de cuentos Un tipo de fe (Gerania, 2025). Colabora con distintos medios escribiendo crónicas. Forma parte del proyecto Mandarinas bajo el sol, un espacio de producción de relatos autobiográficos. Cursó la maestría en Periodismo Narrativo de la UNSAM y fue becado por la Arizona State University (EEUU) para formarse en crónica. Poemas suyos están incluidos en las antologías Campo (Camalote, 2022) y Metapoesía (Funga, 2023). Actualmente vive en Buenos Aires.
Foto: Mariana Balster

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