La vocecita
Patricio Rago
Era una de esas casas abandonadas que hay por Villa del Parque, en un callejón a la altura de Nogoyá y la vía. El garaje con la persiana rota, el cuadrado de tierra seca, la ventana tapiada, el caminito de loza, la puerta de madera descascarada.
Me recibió una mujer que sospeché que no era ni la viuda, ni la hija. Fría, cordial, despreocupada —debía ser la mujer de alguno de los hijos o la compradora de la casa— me hizo pasar.
Adentro no quedaban ni las tulipas de las luces. Y si afuera había polvo, acá el polvómetro explotaba. Malísimo. Porque aunque ahora no se sintiera tanto, en cuanto empezara a mover libritos, la cosa se iba a complicar. El problema con el polvo, como con tantas otras cosas, es el agite. No le va, no le cabe. Así que si la bardeás, después te la hace pagar.
Nos metimos por un pasillito y llegamos a una habitación en donde había una montaña de libros como nunca vi en mi vida. Una locura. Pensé que me había dado un bobazo y que estaba en el paraíso de los libreros. Un loop eterno en el que vas a ver bibliotecas increíbles, llenas de Paveses, de Yourcenars, de Lems, de Faulkners, con piletas de libros en las cuales te podés zambullir como el Tío Rico en su bóveda de monedas de oro.
Cubiertos de polvo a más no poder, amontonados como si una grúa los hubiera dejado ahí hace más de treinta años, los libros me parecían el espectáculo más hermoso que cualquier ser humano pueda concebir jamás. Iba a llorar de la emoción.
Dejé el chango con las bolsas en un costado y me saqué la campera.
—Estaban acá cuando compré la casa. Necesito sacarlos —me dijo la mujer.
Le conté cómo trabajaba y me puse a seleccionar.
Bueno, después de un rato, lo que parecía el paraíso, se fue volviendo un infierno. Porque los libritos no se mueven solos. No, claro. No es que uno les manda órdenes telepáticas para que se vayan acomodando armoniosamente y así poder ver los de abajo. No, señor. Hay que levantarlos de a pilas con las propias manitos, lo que significa agacharse, agarrar, levantarse y dejar, una y otra vez, librito tras librito, en el piso, uno tras otro, pilas y pilas, durante horas y horas.
Y además, lo que pasaba, en realidad, es que había pocas cosas interesantes, sobre todo para la cantidad de libros que eran y para el esfuerzo que implicaba su movilidad. Alguna que otra obrita de Brecht, un Roth menor, un Duras, dos de Ortese, un Marechal, Tabucchi, la colección de Página12 donde están Fante, Baricco, Ishiguro. Todo eso acompañado por el polvo, el dolor de cintura, el cansancio.
A medida que pasaba el tiempo, el debate en mi interior se ponía más intenso. Una voz me decía que lo dejara, que no iba a encontrar nada que valiera la pena, pero otra voz pensaba lo contrario, y me decía, convencida, de que algo iba a encontrar.
Esa lucha es dura, porque el cuerpo te pide, te ruega que dejes de hacer lo que estás haciendo, pero hay algo adentro tuyo, en tu cabecita, que te dice que sigas.
Entonces cuando decís “Ya está, me voy, no aguanto más”, justo aparece un Broch, un Calvino, que te renuevan la esperanza.
La puta madre.
No sé cuánto tiempo estuve así, sufriendo como un condenado, moviendo pilas y pilas de libros, estornudando sin parar, todo lleno de polvo…
El oficio de librero de usados tiene momentos epifánicos, este que voy a contar fue uno.
Descorazonado, fastidiado, y ya a punto de abandonar toda esperanza, terminé de mover una pila cuando lo vi. En el centro, justo en el centro del corazón de la montaña de libros, intacto, envuelto en su plástico original, luminoso, celestial, estaba el Borges de Bioy, uno de los libros más importantes de la literatura argentina. El diario que llevó Bioy Casares durante más de cuarenta años de sus conversaciones con Borges, del que apenas hubo una sola edición y que ya no se consigue.
Lo más duro de ese momento, es que lo vivís y lo sufrís todo por dentro. Tenés que controlar tu alegría, tu total y completa felicidad, porque la mujer está ahí, delante tuyo, te está mirando, y si te llegara a sorprender gritando de felicidad, es probable que a la hora de negociar el precio de los libros, la cosa se complique.
Pero qué fiesta, qué fiesta sentir el leve temblor en la mano que separa el libro como si fuera cualquier otro, el corazón bombeando a lo loco, la cabeza latiendo de miedo y felicidad. La adrenalina te recorre las venas y vos sentís el furor, las ganas de gritar y que tenés que controlar como Moisés con las tablas de la ley.
Al final separé cincuenta libros. Había varios Felisbertos, un Lermontov, un Erri De Luca, dos Kawabatas. Le hice una buena oferta que la mujer aceptó sin dudar.
Embolsé los libros y me fui.
Al llegar a la librería, abrí las bolsas.
Otro gran momento del oficio del librero: abrir las bolsas después de comprar una biblioteca. Te sentís un nene en Navidad, abriendo los regalos que te dejaron en el arbolito. Siempre te olvidás de alguna joya, de algún libro que querías leer vos.
En esta ocasión, yo sabía que iba por el Borges.
Fue el primero que busqué, lo abrí, y me senté a leer.
Ese ejemplar es el mismo que tengo ahora en mi escritorio a la hora de escribir esto. Siempre que lo veo me acuerdo de esta historia, y de algo que aprendí ese día: que siempre que la vocecita de tu cabeza te diga de abandonar, fijate de escuchar también a la otra, la que te dice que sigas, porque quizás algo sepa.
Patricio Rago (Buenos Aires, 1982)
Se formó como lector en las librerías de la calle Corrientes y en los puestos de Parque Centenario y Rivadavia. Vivió en Roma, Berlín y Barcelona. Fue jugador de hockey profesional, obrero metalúrgico y de la construcción, barman, pintor, cadete, jardinero, repositor de supermercado, mozo, galerista, intérprete simultáneo y profesor de inglés. Publicó el libro de cuentos Ejemplares únicos (Bajo La Luna, Buenos Aires, 2019). Es librero en Aristipo Libros, una librería de usados especializada en literatura y filosofía, y organiza la FLU (La Fiesta del Libro Usado).
Foto: Víctor Caivano.
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