¿ Y si…?

¿ Y si…?

Sebastián Gordín

 

Me encuentro en este momento en Mar del Sur, un pueblo de no más de tres mil habitantes sobre la costa atlántica bonaerense. Es una mañana ventosa y con pronóstico de lluvia, por lo que decidí quedarme cerca de casa en vez de dirigirme como casi siempre rumbo a El Remanso, una playa alejada dos kilómetros aproximadamente del centro del pueblo. Más temprano, Vanna y yo salimos a caminar con Mila, la perra que adoptamos aquí en Mar del Sur hace cuatro veranos. En nuestro paseo nos detuvimos primero frente a una casa pequeña rodeada de un jardín y una huerta maravillosos. Conversamos con Pablo, el dueño, quien nos regaló un par de tomates ojo de buey. Más adelante nos detuvimos frente a una casa de madera en construcción. Vanna preguntó si nos dejaban curiosear el interior. Yo generalmente no pregunto. Herencia materna cien por ciento. Mi madre repetía dos frases con regularidad casi mecánica: Poné un platito nene y Yo no pregunto. Antes que los obreros nos dieran el permiso para entrar, las patitas de Mila se adelantaron y dejaron su marca sobre la madera del porche. Vanna se incomodó. Yo supe (trabajo con madera hace treinta años) que no era grave, a ese piso le faltaba aún una buena lijada antes de que estuviera listo para el acabado final. Recorrimos la casita, hermosa, mirándonos, sin hablar, sabiendo los dos que el otro estaba pensando cuánto se parecía esa casa a la casa de nuestros sueños. No porque fuese grandilocuente sino por todo lo contrario: su pequeñez, su escala a medida de nuestra familia, la calidez de la madera, la hacían más un refugio que una casa. Como decía ese cartel que habíamos visto en esa casita de Las Flores: “Para qué más?”.

Emprendimos el regreso y me quedé pensando en cuánto tiempo me llevaría a mí hacer una casa así, con mis manos, mi saber y mis herramientas. Calculé a ojo de buen cubero un año, y estaba a punto de contarle a Vanna el resultado de mis especulaciones cuando ella me dijo: “qué bueno que pregunté si nos dejaban entrar, ¿no?”. Sí, contesté. Y seguí pensando en vigas, tablones, aberturas. Yo trabajo con la madera y Vanna con las preguntas. Ella me hace muchísimas y ya no le parece extraño que responda con monosílabos o que la deje sin respuestas, al menos inmediatamente. 

Desde hace un tiempo, se podría decir que trabajamos juntos. Mis obras suelen comenzar con una de sus preguntas: “¿y si…?”. Como esa revista de ciencia ficción de los años 30, IF. Cuando Vanna propone “¿y si…?” su rostro se ilumina, es un instante de regocijo de los dos, sabe que puso a rodar los engranajes, que luego yo traduzco esa pregunta al lenguaje de mis materiales y entonces sí, la maquinaria entra en funcionamiento. Es como una sonata, que vamos improvisando y enriqueciendo en ese diálogo. 

De a poco yo fui comenzando a hacer más preguntas y Vanna se volvió más conocedora de los materiales y sus posibilidades. A medida que esto fue sucediendo, fui adquiriendo herramientas y conocimientos sobre el trabajo de la madera. Me apasiona trabajar con maderas recicladas. Mi amigo Doliner se aparece de tanto en tanto por mi taller con una puerta de cedro recuperada de una obra, que carga en el techo de su auto. Son aberturas hermosas, de ochenta, cien años de antigüedad. Qué fascinante es hacerles preguntas: ¿fuiste la entrada a un dormitorio o a un comedor?, ¿alguien pegó su oreja sobre tus tablas para oír una conversación secreta? O bien, ¿cuántas veces tuviste que resistir la violencia de una corriente de aire invernal? 

Por fuera se las ve tan entristecidas, pero basta pasar la hoja de la sierra para descubrir que en el interior se encuentran bien, como nuevas. Qué curioso que sea la misma sierra que a veces me aterra por el potencial que tiene para lastimarme la que me muestra que la madera en su interior se encuentra rozagante.

Cada una de esas puertas me provee de madera por un largo tiempo, ya que trabajo en proyectos de pequeña escala. Es como en la película Querida, encogí a los niños. Hay una escena en que los chicos miniaturizados se encuentran con una Oreo en el jardín y comen y comen de ese manjar inacabable hasta saciarse. 

Mi puerta/Oreo va a ser parte de un extraño proceso de división y multiplicación. Se va a dividir en cientos de listones milimétricos para multiplicarse en un sinfín de pequeños objetos: esculturas torneadas con huecos en su interior que sugieren pasadizos a los que el ojo no podrá acceder, largas mesas de las que surgen crines parasitarias que toman el control de la escena, marcos para vitrinas que alojan pequeños muebles, lámparas, tótems, reinos. Me encanta hacer mucho con poco. Y me pregunto, como lo hizo el dueño de la casita de Las Flores, ¿para qué más? Todas las respuestas derivadas de esta pregunta me parecen banales. No me incomoda para nada dejarla sin respuesta ya que su sola formulación implica una manera de posicionarse frente al universo.

En unos pocos días volveremos a Buenos Aires. Me aguardan mi taller, mis maderas, mis herramientas, y un ruido brutal, constante, que vuelve tan difíciles las conversaciones. Por suerte, sé que en algún momento del día Vanna va a encontrar el silencio que le permita anidar su pregunta tan esperada: ¿y si…? 

Sebastián Gordín (Buenos Aires, 1969)

A fines de los 80’s integró con sus compañeros de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano el colectivo “Mariscos en tu Calipso”, con el que expuso en lugares míticos del under porteño: Cemento, Palladium, el Parakultural. 1989 fue el año de su primera individual en el Rojas, donde volvió a mostrar en el 96. Concurrió al Taller de Barracas de la Fundación Antorchas, y obtuvo el subsidio a la creación de la misma institución. En el 94 le fue otorgado el Premio Braque. Sus obras fueron exhibidas en las Bienales de Johanesburgo, Pontevedra y Cuenca, y en la Trienal Poligráfica de Puerto Rico. Expuso en las galerías Ruth Benzacar, Rosenfeld, Oscar Cruz, Cecilia Brunson Projects, Distrito4, Sicardi Ayers Bacino y Xippas Punta del Este. En 2014, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires le dedicó una extensa retrospectiva. Sus obras forman parte de las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, MAMBA, MACRO, MALBA, Museo Jack Blanton, Museo de Bellas Artes de Houston, Museo Mar de Río de Janeiro y del Centro Nacional de Arte Reina Sofía, entre otros. Es representado por las galerías Ruth Benzacar y Rosenfeld, Londres.
Foto: archivo personal



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