






Presentación de La forma breve N°5
Espalda con espalda
El sábado 6 de junio de 2026, en Linda Linda Librería (Villa Crespo), presentamos el número cinco de La forma breve. Entre libros y fanzines, una pequeña multitud se amuchó para ver y escuchar a las presentadoras: Carla Sagulo, Daniela Pafundi, Florencia Cosin y Mariana Palomino. Dos escritoras y dos fotógrafas que participaron de la convocatoria que lanzamos el año pasado y fueron parte de la curaduría visual de este número.
Como decimos en todas las editoriales, las imágenes no pretenden ilustrar los textos sino sentarse al lado y entablar una conversación casual. O como dijo Noe Monópoli en la presentación, que texto e imagen se pongan espalda con espalda, aliados entre sí, pero también disparando sentidos inesperados. Y eso fue lo que pasó el sábado también. Mientras se proyectaban las fotos seleccionadas, escuchábamos los textos que las chicas habían preparado, distintas miradas y formas de decir, donde se cruzaban películas, libros, viajes al Tigre, Brasil y la costa atlántica, poemas y bares preferidos, vidas diferentes y su expresión. La conversación dentro y fuera de La forma breve.
Mariana nos contó cómo llegó al libro de Noemi Jaffe, ¿Qué están soñando los ciegos?, estando en Brasil. Después nos leyó fragmentos del original en portugués y de sus traducciones. Carla, Daniela y Florencia leyeron los textos que reproducimos abajo.
Gracias a ellas y gracias al público que nos acompañó y se quedó a compartir vino y charla al final (estábamos tan manija que se nos pasó hacer fotos de los asistentes, sepan disculpar). Gracias a Fede, Dina y la perra Poli por habernos recibido de maravillas.
Carla Sagulo
Memoria viva o irse por las ramas es una manera de hablar del árbol
estás viajando en el tiempo
detenida a la orilla del agua
después vas a bailar
el ojo mecánico
deja entrar la multitud
del universo
Laura Forchetti
“Quizás una revista sea esto, varias conversaciones a la vez”, dice el primer editorial de La forma breve, “un universo vivo donde las voces dialogan entre sí”. Pienso en ese universo y veo la mesa de un bar, o mejor, muchas mesas arrimadas unas a otras en un bar de Buenos Aires, una constelación de bares: Ay cariño, donde según el mismo editorial, surgió la idea de la revista; Musetta que en este número 5 es escenario de la conversación de Alejandra Zina y su amigo Hernán, sobre el “ímpetu de escribir”; o el Bar de Cao, el bar de mi barrio, donde conocí de casualidad a Noelia Monópoli a través de una amiga en común y descubrimos, conversando, que teníamos otra amiga en común: Cecilia Ferreiroa.
Varias conversaciones a la vez y, sin embargo, en la duración inevitable de la palabra y de los años que van definiendo una identidad: La forma breve. Miro la foto de Daniela Pafundi, las manos que emergen de un agua marrón y sostienen un espejo que no refleja ningún rostro, sino el cielo. Entonces me remonto al big bang de este pequeño universo. “¿Y si hacemos una revista?”, leo en ese primer editorial. “¿Y si…?” es el título del texto en el que Sebastián Gordín evoca el modo en que Vanna, su pareja, suele proponerle avanzar sobre un terreno inexplorado o materializar una idea en su taller.
¿Y si avanzo así yo también, con preguntas?
Diego Tatián, en otro texto, plantea la posibilidad de un camino inverso, tal vez complementario; según él, tanto Violeta Lemme como Alberto Giacometti, cuyas obras escultóricas compara, creen que “cualquier materia, toda materia más bien, encierra un conato de sentido que se trata de descubrir y de liberar”.
¿Y si la materia es el propio lenguaje?
En su “Biopoética”, Paula Jiménez España piensa en el poema como “un flujo de imágenes, un deseo de decir que se monta en un ritmo y que no tiene objeto definido de antemano (más bien, su objeto es hallazgo de ese decir musical)”. “La poesía”, sigue Paula, “es revolucionaria frente a la calamidad del individualismo y, si confiamos en su poder aglutinante, si nos abrimos a su cantar a coro, nos volvemos herramienta de una música tan propia como impersonal”.
Confío. Avanzo entre las voces, o más bien dejo que avancen a través de mí, como el río que atraviesa a Juan L. en ese poema tan hermoso. “Una parte de mí se siente clara y transparente. Otra parte, opaca y retorcida”, dice Alejandra en “Abetos azules o pinos gallegos”. Supongo que muchos podemos identificarnos con ese desdoblamiento. La parte clara debería primar ahora, pero no querría, como ella dice, perder audacias.
Entonces releo la entrevista al colectivo Camarada y encuentro una suerte de consigna que puedo sostener en voz alta hoy acá: “trabajar dentro del orden de lo posible, …de lo cercano y de lo posible, porque lo posible termina definiendo la forma”. Quien responde se refiere a los proyectos del colectivo, pero ¿no podría estar hablando también de La forma breve? ¿O incluso de lo que estoy haciendo ahora, una escritura que va cobrando su forma a medida que se despliega? ¿Podría incluso extenderse a otros proyectos colectivos en esta Argentina del 2026? ¿Qué es lo cercano en tiempos de Internet? ¿Qué es lo posible cuando la ultraderecha marca la cancha local y global?
“Construir comunidad desde el cuidado”, leo en la misma entrevista, y podría ser una respuesta del tipo: “no importa cuando leas esto”. Noelia dice que el proyecto que impulsa la conservación de fotos analógicas, “propone más allá del rescate de los archivos, una red afectiva”. “Toda caja de zapatos es un archivo en potencia,” se titula esa conversación.
¿Y una revista, esta revista, qué potencias contiene? ¿Cómo es la red que va conformando?
Aun dentro de la virtualidad, es decir, dentro del orden de lo posible para una revista hoy en Argentina, La forma breve se sale, y nos invita a salir, de la lógica zombi de las redes sociales, esas que, como trampas, nos echan desde arriba para limitar (entre otras cosas) nuestra manera de “navegar” (¿recuerdan esa palabra?) esta rareza que vimos nacer libre. La forma breve es una revista, un sitio web: un lugar red, un punto de encuentro, la mesa de un bar en el universo.
“Sin curiosidad no hay nada”, dice Leopoldo Silva en su hermosa crónica sobre Sara Vallejo. Doy una vuelta por los números anteriores, y noto que conozco personalmente a unos veinte autores y autoras, entre otros que descubro: La forma breve ha ido conformando una red cultural, nutrida de una red afectiva que hace a su identidad, identidad que es memoria viva.
En “Seguir la huella de un animal”, Mariana Palomino se pregunta por el sentido de traducir un libro sobre la memoria del Holocausto “ahora, cuando vemos en nuestros teléfonos el genocidio que el Estado de Israel está cometiendo en Palestina, cuando el “orden mundial” terminó de desmoronarse y estamos, como dice Gramsci, en el claroscuro donde surgen los monstruos”.
¿Qué sentido tiene? Todo el sentido del mundo, camarada.
La palabra memoria es una pieza clave en este número 5, a 50 años del golpe, aunque se le quite la mayúscula. La identidad y la memoria están en la convocatoria fotográfica y en los relatos autobiográficos que conforman la mayor parte de las escrituras.
En “Se desprende de mi cuello”, por ejemplo, un olor lleva a Stefania Coggiola a su infancia, a su padre, a su relación con el mundo de la fotografía. Y sus recuerdos despiertan los míos: la cámara que me regaló mi papá en un aparatoso estuche de cuero marrón que todavía conservo, el curso de fotografía que hice a los 17 años, el cuarto rojo del Foto Club Buenos Aires…
Y en ese cuarto rojo al que vuelvo, revelo más y más fotos mentales. “Yo viviría haciendo réquiems por todo lo que está por perderse”, dice Daniela Alcívar Bellolio en “Un viaje a otro planeta”, “en alguna medida, sigue, por eso escribo”. En ese texto, sin embargo, aunque el pasado se sepa perdido, existen instantes que irrumpen “como milagros de intempestividad y se impregnan en el cuerpo” para que todo se sienta “un poco menos irreversible”. Otra vez: memoria viva, memoria hecha cuerpo.
Hablando de réquiems, ahora que voy cerrando este texto y vuelvo al comienzo para releer lo que puse y ver todo lo que faltó nombrar, leo en el epígrafe: vas a bailar.
Vas a bailar, a bailar, bailar, dice una de las tantas canciones del Indio Solari, cuya poética forma parte sin duda del imaginario de más de una generación de nuestro país, sin duda de la mía. Ya venía nostálgica y me toca terminar este texto justo ahora.
¡Qué imaginación necesitaremos para volvernos materialmente soberanos!, pienso mientras borro fotos y mensajes de mi celular al que le falta espacio en la memoria y anda lento. Entonces veo un flyer con la invitación a un taller de Camarada en la ExEsma en un grupo de whatsapp que se llama “Imaginaciones políticas.”
No tenemos instrucciones precisas para salir del atolladero histórico en el que estamos metidos, pienso, no como las del taller para aprender a cuidar nuestros archivos fotográficos; o como las del cuento de Cecilia para abrir o cerrar las puertas de su casa, atentos al yeite de cada picaporte y a esa otra memoria del cuerpo en relación directa con la materia singular de las cosas. Tenemos que inventar con lo posible, con lo cercano…¿o quizás también con lo que no parece en principio tan cercano, ni tan posible?
Lo sé. Me fui por las ramas. Habría querido hacer referencia a cada texto de esta edición, pero no puedo extenderme tanto, me haría odiar, así que vuelvo al tronco, al “poder aglutinante” de la palabra y la camaradería. Lindo nombre para un grupo de fotógrafas, Camarada: compañera, compañero, en rojo luz de cuarto oscuro, sin género, y con todas las connotaciones del caso.
Lindo lindo, pienso acá, donde hace unas semanas vine al ciclo de poesía y fotografía, Había una vez un nombre, de otras amigas escritoras. En el ciclo y la revista se repiten algunos nombres y otros tantos no. Pienso en las conexiones entre esas personas conocidas y desconocidas, en esta librería preciosa que nos alberga, pienso en las redes sociales aún habitadas por personas y no solo por bots de inteligencia artificial.
¿Qué hacer después del réquiem?
Construir comunidad desde el cuidado. No importa cuando leas esto.
Larga vida a La forma breve, camaradas. ¡Salud!
Daniela Pafundi
El retrato imposible
Hace unas semanas durante el taller, Madi nos recomendó Retrato de una mujer en llamas, una película de Céline Sciamma de 2020. En Francia, a finales del siglo XVIII, una condesa le encarga a la pintora Marianne el retrato de bodas de su hija, Héloïse. Con instrucciones de completar el retrato en secreto, Marianne finge ser su dama de compañía para poder representarla. La acompaña en sus paseos por la playa, en su estado de melancolía y duelo por el suicidio de su hermana y mientras se encuentran, sus soledades van tejiendo una relación hecha de fragmentos, silencios y ocultamientos. Héloïse ansía ser mirada por Marianne pero se niega a ser retratada. Esa representación la construirá como una mujer relatable para el hombre al que está prometida. Ella sabe que a partir de esa pintura se construirá como esposa y perderá su libre albedrío. La imagen la condena. Su retrato congelado la precipita a su futuro. Se escabulle de Marianne y Marianne comprende que pintándola se convierte en su ejecutora.
Días después de ver la película sigo pensando en la imagen de la mujer en llamas, en el medio de campo, encendiendo la negrura de la noche cerrada. Buscando la mirada de su cómplice como un manotazo en la espesura. Me acuerdo de un diario que leí hace unos meses en el que Celia Paul, otra pintora, también reflexiona sobre el retrato y su doble potencia enquistadora y liberadora al mismo tiempo. “La pintura es el lenguaje de la pérdida. Se raspan capas de pintura una y otra vez, se reconstruye, y se pierde de nuevo”, dice Celia. Recuerdo el gesto de Marianne borroneando la cara de su amada Héloïse en un gesto abrupto que le permite volver a empezar, una y otra vez. Porque siente que no la tiene, porque la pierde, porque la encorseta, porque la entrega. Pienso también en la paradoja que plantea Barthes: “cuando me siento observado por el objetivo, todo cambia: me constituyo en el acto de ‘posar’, me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen”. Vemos el doble filo de esa construcción: el escudo que me permite ser ficción y descansar en el disfraz es también la posibilidad de relatarme, escribirme, nombrarme, existir. Celia Paul fue muchos años pareja de Lucian Freud y en su libro Autorretrato navega las vicisitudes de ese vínculo complejo en relación a cómo opera el juego de miradas entre ambos. Juego por momentos perverso donde la admiración y el deseo podían volverse vigilancia y poder. Esta relación sujeto-objeto me lleva a recordar un libro que leí hace muchos años y al que siempre vuelvo cuando pienso en el retrato. Mr. Gwyn es el protagonista de la novela de Alessandro Baricco, un escritor londinense que diseña un dispositivo para “escribir retratos”. Alquila un estudio, elige un sistema regulable de luces cálidas e invita a personas a posar frente a él, durante largas horas mientras él los observa.
Mr. Gwyn construye con el aura de los retratados unas descripciones textuales meticulosas pero arbitrarias como toda mirada. Su voluntad de desaparición de la escena literaria de Londres lo lleva a experimentar con un nuevo modo de verlos y escribirlos. Escribir sus cuerpos, sus energías, sus silencios, gestos, incomodidades. Pero ¿qué busca capturar Mr. Gwyn?, parece perseguir una revelación de la que una imagen no podría dar cuenta. Con la que una imagen él se quedaría corto. Persigue eso que queda afuera. Eso que en el retrato de la peli de Sciamma se borra una y otra vez. Y lo que tensa el juego de miradas entre Celia Paul y el pintor estrella que la mira y la borronea en un mismo gesto. La hace aparecer y la confina al ocultamiento.
Yo, en realidad, quería escribir sobre la foto que mandé a la convocatoria de La forma breve. Pero mirando mi foto me fui dejando llevar por esta deriva sobre el retrato imposible. Intenté recordar qué me había llevado a construir esa imagen. Y recordé que estaba en el Tigre hace unos cuantos veranos haciendo fotos analógicas y pensando en todos los cuerpos que una se construye a lo largo de la vida y las innumerables auto representaciones con las que dialogamos. Miré ese espacio verde del humedal y sentí que en ese lugar yo podía ser otra cosa un poco más desenganchada de mi relato habitual. Podía perderme en el verde y apuntar ese espejo contra la mata enmarańada o recortarme contra el cielo o proyectarme en el barro. Le pedí a Lucio que me sacara una foto entrando al río y llevando un espejo conmigo. Quería apuntar el reflejo hacia las nubes. Quería que se vieran mis brazos saliendo del agua. Me armé una imagen muy clara en mi cabeza. Cuando revelé el rollo la foto era por supuesto muy diferente. Tuve que recortarla mucho, yo estaba demasiado presente y se me veía la cara completamente. Me gusta esa foto porque también me recuerda la distancia (a veces frustración) que solemos tener con lo que pretendemos construir. Y por eso siento que me gusta más.
Imaginar la forma. Hacerla posible. Intentar asirla. Fallar pero acercarse. Querer borrar y rehacer. No conseguirlo. Hacer algo con eso. Y por último construir con los retazos ese retrato imposible.
Florencia Cosin
Tal vez
¿Qué relación existe entre las palabras y las imágenes?, ¿por qué se llaman unas a otras? ¿Por qué elegimos colocar una imagen al lado de un texto o por qué un texto puede pensarse, puede llamar a una imagen? ¿Podemos prescindir de alguna de ellas?
Quizás la experiencia de reunir estas dos lenguas sea siempre distinta; sin embargo, como primera respuesta a estas preguntas viene a mi memoria un foto-libro que leí el año pasado de Juliana Arruda, fotógrafa y poeta brasilera.
Juliana hurga en su álbum familiar y recupera especialmente la figura de su abuela. La lente se acerca todo lo que puede a las fotos en blanco y negro, las fragmenta. Esa proximidad permite recuperar la textura del papel, su porosidad, la piel del pasado pareciera volverse materia. La lente nos devuelve un tiempo perdido. A medida que avanzaba en la lectura del libro las fotos alternaban con algunos poemas.
Memoria, palabra y poema.
Imagen, poema y memoria.
Al leerlo tuve la sensación de que la palabra y la fotografía conformaban un solo cuerpo, pero ¿cómo, por qué?
El nombre del libro proviene de un dicho portugués que solía escribirse en el reverso de las imágenes antiguas: “Ofrezco mi retrato como recuerdo”. Partiendo de este dicho popular, Arruda escribe poemas muy breves. Así la palabra escrita da lugar a una imagen que recupera el tono de los poemas. Quizás ese tono en común esté signado por la brevedad. La brevedad de los poemas y la cercanía de las imágenes, que al ser fragmentos de una foto que casi nunca alcanzamos a ver del todo pueden pensarse también como versiones breves.
Algo similar propone la revista La forma breve. Pareciera que no se trata tampoco aquí de que una producción prime sobre otra, sino que, al reunir ciertos textos con ciertas imágenes, ambas resuenan conformando un relato mayor, nuevo, distinto. Una “confluencia”, como dice Inés Ulanovsky en sus talleres sobre fotografía y escritura. La palabra confluencia, dice Inés, refiere al cruce de dos cauces de agua que generan una nueva vertiente. Un tercer lenguaje.
Creo que en LFB la confluencia está dada, a veces, porque texto e imagen se reconocen, se hermanan. El texto y la imagen se encuentran, se evocan, se besan. Como dice el artista visual Martín Legón: “Por favor, creeme, el río dijo que lo abrace, que lo bese”.
Así en “Se desprende de mi cuello” de Stefanía Coggiola, la autora recupera las noches en las que siendo pequeña su padre le enseña los secretos del cuarto oscuro en el negocio familiar. Y si bien la foto de Pablo Ortemberg que acompaña el texto, no lo ilustra literalmente, muestra la sobremesa de un almuerzo familiar. La cámara aquí se sitúa en un punto bajo, replicando la mirada de la niña del relato. Texto e imagen nos llevan desde lugares y tiempos distintos, a la memoria del origen.
Es el viento del oeste
viene de la pampa a mojar
la lengua
en el mar
En la imagen de Sol Avena, en cambio, vemos a dos mujeres en el interior de un departamento en la gran ciudad. A pesar de que la luz cae sobre una de ellas, sobreviven al encierro de la pandemia. Dada la composición, la mirada perdida de una de las jóvenes que sostiene en su regazo un gato tricolor, la imagen nos hace pensar rápidamente en la obra Sin pan y sin trabajo, solo que aquí las dos mujeres son en realidad una misma persona. A través de un fotomontaje, la fotógrafa se autorretrata y se desdobla. Este procedimiento que percibimos en una segunda lectura acrecienta la soledad. La ciudad, el encierro.
A esta imagen parecieran oponerse los poemas de Laura, en los que el viento nos lleva a la orilla del mar. La palabra sugiere un paisaje abierto, en el que el mar es una lengua loca y libre, en constante movimiento y es también el poema.
Quizás a partir de este contraste el texto y la imagen crecen cada uno dentro de sí, se hacen más fuertes al convivir uno al lado del otro, dentro de la revista.
En la lectura de este número de LFB fueron las imágenes las que guiaron el orden de la lectura. Un orden caprichoso. Empecé leyendo aquellos textos que estaban acompañados por fotos que particularmente me llamaron la atención. Así recorrí la revista como si visitara un lugar en parte desconocido. Fui y vine. Me sorprendí con algunas coincidencias inesperadas. Por ejemplo, el texto de Sebastián Gordín comienza diciendo “Me encuentro en este momento en Mar del Sur (…) Es una mañana ventosa y con pronóstico de lluvia”. El texto sigue describiendo un territorio que me es totalmente familiar. Es allí donde vuelvo cada verano, a las playas del Remanso y en donde casualmente fotografié incansablemente a mi hija.
Por lo que la foto que acompaña el texto de Diego Velázquez, fue hecha en el lugar en el que transcurre el texto de Sebastián Gordín. La foto la hice una tarde de puro viento, quizás la misma tarde en la que Sebastián recorría aquella casa de madera en construcción. Una casa como la de sus sueños, ¿para qué más?
Y cuando leí el relato en el que Diego Velázquez nos cuenta sobre su adaptación del cuento “Escritor fracasado”, mi pareja estaba escribiendo un nuevo relato en el que volvía sobre los pasos de Silvio Astier.
Así, a medida que iba avanzando en la lectura de la revista, imágenes y textos fueron generando una red, un relato mayor, hecho de coincidencias inesperadas y sobre todo de nuevos afectos.
Entonces, para terminar, me gustaría citar las palabras de Marcos Adandía, querido fotógrafo y editor de otra revista, la Dulce X Negra. Marcos dice:
“Tal vez,
tal vez
la literatura y la fotografía se atraigan por amor”.
Carla Sagulo (Buenos Aires, 1977)
Publicó los libros de poesía El vino de la casa (Ediciones Vox, 2007), Fuego chico (Nulú Bonsai, 2009), Toro (Nulú Bonsai, 2015) y Tembladeral (Patronus Ediciones, 2025), por el que obtuvo una Mención Honorífica del Fondo Nacional de las Artes en 2023. Es profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Tres de Febrero. Es docente en la escuela media y en la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Coordina talleres de lectura y escritura para adultos y adolescentes.
Foto: Mariano Basavilbaso
Daniela Pafundi (Buenos Aires, 1985)
Fotógrafa, docente y curadora. Expuso individualmente “La forma de las cosas que vendrán” (2014), “Despierta” (2013), junto a la fotógrafa Daniela Trabuchi expuso “El desierto inquieto” (2013). Expuso colectivamente en: Universidad de Palermo, Centro Cultural Matienzo, Stripart y Photogenic Festival, entre otros. Realizó la curaduría, gestión cultural y producción artística de la exposición colectiva “Lo que vemos, lo que nos mira” en el Festival Lumínic 2022 en Sant Cugat, Barcelona. Coordinó junto a Federico Paladino “Memoria Viva”, el Laboratorio de recolección botánica, cianotipia y escritura durante el Festival FELIFA 2023 en el Centro Cultural Conti, ex Esma. Coordina talleres desde 2009.
Foto: Desideria
Florencia Cosin (Buenos Aires, 1981)
Fotógrafa y escritora. Es profesora de fotografía y coordina talleres de escritura en ARGRA Escuela. Realiza una columna sobre libros y proyectos fotográficos en el programa de radio Cosa de Negros. Publicó los libros de poesía La sombra del aloe (Hormigas Negras, 2025) y Que sea la noche (Ediciones en Danza, 2023).
Autorretrato
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