Biopoética
Paula Jiménez España
Romper el embrujo de la noche al despertar nunca me es fácil. Esa energía recibida en el reposo influye tanto en mi percepción de la vigilia, que de chica era razón de crítica. Anda alunada, decían. Palabra que no es de las mías porque siempre la oí usada para la descripción de los humores cambiantes, del carácter (infantil y femenino) que desconcierta por pasar, en un abrir y cerrar de ojos, de lo apacible a lo irritante. Como una hija que se aparta de su herencia y su linaje, este adjetivo se diferencia del verbo del cual nace. El diccionario define alunar por lo aparente, para él es “tomar forma de luna”. Y el ejemplo que da muerde con extrañeza lobizona a quien consulta sus páginas: colmillos alunados. El arcano 18 del Tarot, La luna, suele leerse en la dirección de una advertencia: engaño o autoengaño. Hay tarotistas que en esta carta tipifican perplejidad frente a una situación que no se alcanza a discernir, angustiante por su indefinición. Rigiendo el signo de Cáncer, la astrología ve en este satélite el planeta que no es y la representación de un caudal de memoria fundante que la humanidad inscribió entre sus cráteres. Ternura, miedos, puerilidad, rencor, indistinción con lo amado, son las sensaciones que simboliza la guardiana mayor de la oscuridad más cerrada y esencial. Condenada al cuidado de los niños y los enfermos, le fue vedado el erotismo. Sin embargo, es su rayo perlado el que ilumina la intimidad amatoria. Quienes la escribimos, sabemos que la poesía habla con ella, como habla con el vino tantas veces, sobre todo en los poemas de Li po: Levanto mi copa, invito a la luna/ y a mi sombra, y ahora somos tres./ Mas la luna nada sabe de bebidas/ y mi sombra se limita a imitarme,/ pero así y todo, luna y sombra/ serán mi compañía.
Enemigo de lo predecible, el poema trae un flujo de imágenes, un deseo de decir que se monta en un ritmo y que no tiene objeto definido de antemano (más bien, su objeto es hallazgo de ese decir musical). Según quien, según cuando, el poema encuentra variaciones. A veces, la impronta mágica de una respiración más corta o más larga cambian su sentido, una puntuación o corte de verso respetado u omitido, o simplemente el ánimo con el que llegamos a él, desatan una cadena de asociaciones que nunca antes habíamos avizorado. Son muchos los caminos por los que la poesía orienta nuestra atención hacia un punto negado en la memoria: el de una misteriosa raíz colectiva. La poesía otorga al Yo un valor sagrado, una trascendencia simbólica. Y, a la vez, como personas nos devuelve, en tanto mortales, al reino natural. Es revolucionaria frente a la calamidad del individualismo y si confiamos en su poder aglutinante, si nos abrimos a su cantar a coro, nos volvemos herramienta de una música tan propia como impersonal. Es una planta maestra al llevarnos de paseo al cosmos y en el mismo movimiento, entrelazar nuestro adn. La ayahuasca, una liana conocida también como soga de los muertos, es eso, una planta maestra. La segunda vez que la tomé vi mi cara integrando una serie de fotografías de difuntos que me llamaban para que yo también fuera uno de ellos. Una metonimia de la muerte me propuso la planta –la poesía–, cada rostro portaba el mismo símbolo inerme. Era la estampa del pasado y del futuro de una humanidad a la que me estaba invitando a ingresar por si me creía extraña a ese destino. La primera experiencia, en cambio, fue de felicidad: anduve por un túnel escoltada por altos estandartes bordados con figuras animales. Pasada esa noche, por muchísimo tiempo se instaló en mí una nostalgia de comunión perdida con la tierra (así lo decía, literalmente). Las palabras de la poesía no son solamente mías. Sus imágenes conforman un territorio compartido, pertenecen a una matriz común, y mi discernimiento logra, a veces, poner palabras, hacer de la herramienta de mi voz una aguja para deshilar ínfimamente la madeja arquetípica. Para encontrarse en lo infinito, dice el I ching, es menester diferenciar y unir.
Como si fuese algo prohibido, me escondía en su habitación cuando iba a trabajar y bajaba de los estantes de su biblioteca los libros de poesía. Entre otros, de la colección de Bruguera, mamá tenía una antología de Alfonsina Storni a la que volví no sé cuantas veces, y de Emecé, un título de Jorge Luis Borges de tapa dorada y negra, se llamaba El oro de los tigres. Aprendí temprano la añoranza por los lugares a los que no volveré con el poema titulado H. O., que decía: En cierta calle hay cierta firme puerta/ Con su timbre y su número preciso/ Y un sabor a perdido paraíso,/ Que en los atardeceres no está abierta/ a mi paso. Memoricé este comienzo que repetía hasta la palabra abierta, evitando romper la rima de esos versos cuya idea completa remataba en a mi paso, con la que Borges quebraba la cadencia imponiendo un ritmo que ahora se me hace liberador y entonces me resultaba disonante. La puerta estática y el hombre andando, sin poder detenerse donde hubiera querido, quedando fuera de esa casa como el a mi paso quedaba fuera de la musicalidad de la estrofa. Sentía pena por él, por ese amor no correspondido hacia la mujer de nombre encriptado en dos letras mayúsculas. El poema seguía así: Cumplida la jornada,/ una esperada voz me esperaría/ en la disgregación de cada día/ y en la paz de la noche enamorada. / Esas cosas no son. Otra es mi suerte. Qué dramático el potencial esperaría señalando el destino que podría haber sido, seguido por la disgregación de las horas, el día que se escapa de las manos sin que en la noche solitaria le llegue al cuerpo el alivio del abrazo. Pobres los ojos ciegos de Borges condenados a mirar el recuerdo sin contrastar con la luz del presente y sus formas nuevas. Esas cosas no son. Otra es mi suerte. Una vez, hurgando en aquellos libros, encontré entre las páginas de una antología de poesía hispanoamericana una carta de amor escrita por mi madre en su adolescencia a un novio que había tenido antes de conocer a mi papá. La letra era casi caligráfica y en belleza y en intensidad no tenía nada que envidiarle a esos poemas que gracias a ella yo había conocido. Cuando muchos años después leí de Pessoa aquél de las cartas de amor ridículas que si no lo fuesen no serían de amor, recordé la carta que ante mis ojos debió haber hecho sentir desnuda a mi mamá. Pero yo agradezco aquel accidente por el que pude vislumbrar un más allá de su semblante tierno, verla en su faz enamorada, rota toda compostura en el deseo por un desconocido. Mamá había comprado esa antología delatora por el catálogo del Círculo de Lectores. En su abultado índice figuraban Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Leopoldo Lugones, Martí, Quevedo burlándose de Góngora con su Érase un hombre a una nariz pegada, San Juan de la Cruz, por quien supe de la transmigración de los géneros: La amada en el amado transformada, y entre muchas otras, también la voz perfectamente dominada por Sor Juana, hablándole a los hombres necios. Por estas lecturas y el posterior descubrimiento de Francisco Luis Bernárdez cuando La ciudad sin Laura llegó a la librería Gaby –la única de textos que hubo por años en mi barrio– y lo pude comprar; por los edulcorados versos de Becker que mi abuela retiró una vez de la Biblioteca Alberdi, y sobre todo por un Martín Fierro familiar de portada de cuero al que volvía frecuentemente, intrigada por el lenguaje de los mismos gauchos que solían andar por Marcos Paz arreando rebaños y manejando sulkys; por todo esto, digo, yo entendía que si era poesía debía ser rimada. A esa creencia de origen, de la que nunca me pude ni me quise alejar demasiado, se debe que busque también una inocencia formal en mi escritura, que tienda a subirme casi naturalmente al barco del ritmo al mismo tiempo que al del significado. No puedo imaginarme un deseo de escribir o una historia familiar que no hayan sido atravesados por la música. Siento esa melancolía de quienes se fueron y vuelven a su tierra a través del canto y de la poesía. La sufro sin haberme ido nunca, guardo el recuerdo de un pueblo blanco perdido en la costa mediterránea donde jamás estuve.
Paula Jiménez España
Nació en Buenos Aires. Es poeta y narradora. Publicó varios libros de poesía, entre ellos La mala vida, Espacios naturales, El cielo de Tushita, El latido que pulsa entre tus cosas y en México la antología El corazón de los otros. Acaba de ser publicada Obrera, su obra poética reunida. En 2005 obtuvo el Premio de poesía 3 de Febrero, en 2007 el 2do premio de Relato corto LGBT Hegoak, en 2008 el 1er Premio FNA, y en 2015 un reconocimiento del Premio Nacional. En prosa publicó el libro de cuentos Pollera pantalón, y las novelas La doble y Desde esta noche cambiará mi vida. Integra antologías nacionales y extranjeras.
Foto: archivo personal
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