El curandero de la casa oscura
Carolina Bruck
Yo habría querido escribir: escribir se ocupa de flores, es la noche, no prescinde de la pena.
Arnaldo Calveyra
Desde la ventana del departamento de mi abuela se veía su estudio. Un primer piso oscurecido por la sombra de los tilos de la diagonal 74. Era la mañana siguiente a mi cumpleaños dieciséis y yo lo espiaba como había aprendido que se hacía en La ventana indiscreta. En esos tiempos me interesaba, creía, más el cine que la literatura, pero la semana anterior —en una peña del centro de estudiantes— varios me habían hablado de Gabriel Báñez y de su taller. Estaba intrigada por ese hombre que, para ganarse unos pesos, escribía un libro de autoayuda escondido en un seudónimo que había arrancado a un detergente para lavar ropa. Así que —como yo nunca había escrito nada— me tomé unos días para improvisar dos páginas de lo que creía era narrativa y le pedí una entrevista.
Ya cuando subía la escalera de mármol desteñido me empezó a temblar el cuerpo. Es que la sombra de Gabriel, incluso antes de conocerlo, imponía. ¿Respeto? No exactamente. Generaba esa especie de entusiasmo nervioso y miedo que dan los que tienen un saber difícil de apresar: prestidigitadores, tarotistas, ventrílocuos, escritores y algún que otro tintorero. Cuando llegué me sentó en una silla enclenque, lo suficientemente lejos de la biblioteca para que no pudiera robar ningún libro. Una biblioteca extraña, que ahora recuerdo como un mamotreto blanco de durlock o de ladrillo hueco decorado con los íconos de los signos del Zodíaco en negro brillante. Esas imágenes me generaron desconfianza; creo que Gabriel lo intuyó, porque me aclaró que ese lugar no era su casa: él vivía en City Bell, el estudio lo tenía en el departamento de su madre. Entre los símbolos de Cáncer y de Leo, alcancé a reconocer, por el lomo, algunos de los autores que, sin entenderlos, leía en esa época: Pavese, los beatniks, Borges, Simone de Beauvoir, Clarice Lispector.
Mientras tanto, Gabriel leía, manchaba con tinta y arrugaba las páginas escritas a máquina que le había llevado. Creo recordar que dijo entre dientes “Siempre lo mismo” o “Se creen la gran cosa”. Después —sin preguntarme la edad— sacó una botella de caña Legui del armario y me sirvió un trago en un vaso enano. Supongo que necesitaba la plata, porque me ofreció lugar en un grupo para la semana siguiente y me advirtió que primero tenía que “desaprender” lo que me habían enseñado como “buena escritura”. Sacó de su biblioteca Pedro Páramo, El juguete rabioso y Cae la noche tropical (todavía tengo ese ejemplar): me mandó a leer en la lengua que hablaba. No en castellano nomás, en la lengua que hablaba (no importaba, claro, que Rulfo fuera mexicano).
Las semanas siguientes fueron, como dicen los españoles, un subidón. No se me ocurre mejor forma de describirlas. Salía de esos encuentros —que pagaba con mi sueldo de repartidora a domicilio de revistas del Automóvil Club— con la cabeza echando humo. Y, por supuesto, con el aliento pegajoso de la caña Legui, que me ayudaba a mantener el calor en el cuerpo hasta llegar a la casa de mis padres. Las noches de La Plata eran, son, hostiles. Mis compañeros iban cambiando, pero casi siempre escribían mejor que yo. Me acuerdo, todavía, de un poema de Azucena Salpeter, que tituló “Una mujer pinta una silla en la tarde del domingo”. Además de poeta, ella era médica obstetra, y había publicado lo que llamaban “plaquetas”. Tardé casi un año en descubrir que esa palabra se refería a una especie de cuadernillo artesanal, y no a algún tipo de análisis de laboratorio.
Aprendí sobre la lengua, sobre la escritura, sobre la ficción. Mucho de lo que después iba a poner en juego en mis relatos, pero también en mi trabajo como editora, como guionista ocasional, como coordinadora de talleres. La primera vez que escuché sobre “El adjetivo y sus arrugas” —un ensayo de Carpentier al que vuelvo siempre— fue en el taller de Gabriel. “… Cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga”, leía en voz alta Gabriel y nos miraba fijo a Natalia (o Natacha, no estoy segura) y a mí; le gustaba la paradoja: éramos las más jóvenes y, al mismo tiempo, las que más arrugas teníamos. La dialéctica entre “mostrar” y “decir” (que hoy se volvió un cliché) me la explicó por primera vez él, destripando alguno de mis relatos pretenciosos. Su clase sobre la imaginación (que desmontaba la idea de que imaginar era crear algo de la nada, y se refería más a la imagen que a la invención) me volvió a aparecer en todos los ensayos sobre la ficción que escribí. Pero la idea que más me sobrevuela —quizá porque mi talón de Aquiles es encontrar “qué” escribir— es su consejo “escribí sobre lo que más te jode”. Y casi siempre lo hago; unas veces me va mejor que otras.
Cuando le conté que, como no se abría la carrera de Cine, pensaba estudiar Letras, me recomendó que tuviera cuidado. Él había pasado por distintas facultades, pero sin comulgar con ninguna. Después de la presentación de su novela El curandero del cuarto oscuro me escribió una dedicatoria contra las misas y las capillas literarias. No sé si ahora se sigue hablando de “capillas literarias”, pero que las hay las hay. Y porque las sufría, Gabriel las odiaba. Excepto por Luis Chitarroni —que siempre valoró su escritura, lo acompañó como editor y le dio un lugar en la colección que dirigía— el resto de los porteños lo ignoraba por ser un escritor “de provincias”.
Uno de los encuentros de taller que más recuerdo fue el del chupín de pescado. Había llegado de una excursión de pesca; se arremangó la camisa a cuadros y pasó gran parte de la clase explicándonos en detalle cómo limpiar el pescado, cómo condimentarlo y cómo cocinarlo. Me acuerdo de que, aunque en esa época no cocinaba, tomé apunte de todo el proceso. El caldo tenía que ser de pescado y el vino blanco, seco. Corrió hasta la cocina de la madre y trajo la cacerola vieja en que preparaba el chupín. Fue un ejemplo de “la más estricta atención a lo real” que pedía Flannery O’ Connor en un ensayo sobre el cuento que, claro, leería por primera vez gracias a Gabriel.
Con el tiempo, la carrera y la mudanza a Buenos Aires me llevaron a dejar el taller. Nos volvimos a ver en alguna que otra presentación o antología, muy de vez en cuando; me alegró saber que mis primeros cuentos publicados le gustaron. Un poco me reprochaba el vínculo con Leopoldo Brizuela, otro narrador y maestro de escritores de La Plata. Aunque no se lo había contado, Gabriel parecía intuir que había empezado a llevarle mis relatos a Leopoldo, que alquilaba una habitación a dos o tres cuadras del estudio de la diagonal 74.
Un día leí en un suplemento que su novela La cisura de Rolando iba a recibir un premio importante. Al fin un tiro para el lado de la justicia. Pero muy poco después leí, en el mismo diario, que Gabriel había optado por la paradoja, por una muerte elegida en una situación insólita. El hombre que hace saltar la banca del casino y luego se suicida. Me acuerdo de una conversación telefónica larguísima con Paula Tomassoni. Una conversación a la deriva, una conversación de huérfanas.
Algunos años después quise indagar esa paradoja en un cuento, dedicado a la memoria de Gabriel. “Escribí sobre lo que más te jode”, me había dicho él. Pero como para hacer ficción del dolor tengo que enmascarar lo más crudo, transformé a Gabriel en un cineasta, Simón, que había sido premiado en el festival de Mar del Plata. Me atraía el juego de gemelas entre La Plata y Mar del Plata. De aspecto lo dejé igual, “Un boxeador pintón parecía”, escribí. “Un Bruce Willis con los pectorales marcados y peludos, muy peludos…”. El cuento se llama “Los que fumaba Simón”. Aproveché el argumento para hablar de cine, aunque nunca me dediqué en serio a eso. Es que no me interesa tanto hacer películas, como creía antes de llegar al taller de Gabriel.
Carolina Bruck (La Plata, Buenos Aires)
Es narradora, editora y profesora universitaria de escritura creativa en la UBA y la UNA. Publicó la novela Una magia doméstica (Dualidad), los libros de relatos No tenemos apuro (Club Hem) y Las otras (Adriana Hidalgo). Por este último libro recibió el primer premio de la Biblioteca Nacional Argentina e integró la lista corta del Concurso Hispanoamericano de Cuento García Márquez. En colaboración, escribió guiones y publicó varios ensayos académicos sobre la escritura, entre ellos, Cuando escribir se hace cuento (Prometeo). Sus textos de ficción y no ficción forman parte de publicaciones colectivas en Argentina, Colombia, España e Inglaterra. Además de dar clases, trabaja como editora en instituciones vinculadas al activismo por los derechos de las mujeres y, en particular, por los derechos de las mujeres indígenas. Vive en Buenos Aires, aunque pasó temporadas inolvidables en Cuba y en España.
Foto: Aníbal Colli
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