El fracaso eterno

El fracaso eterno

Diego Velázquez

 

Encontré el cuento “Escritor fracasado” mientras grababa la serie Los siete locos y los lanzallamas. Estaba en lo que creía sería el pico de mi enamoramiento con Roberto Arlt, cumpliendo un sueño que ni siquiera me había atrevido a soñar: interpretar a Remo Erdosain. Recuerdo las charlas con parte del equipo, compartiendo lo sorprendidos que estábamos con la actualidad que se desprendía de las novelas, escritas hace casi un siglo atrás. Es curioso que Arlt, señalador de los chantas esotéricos de su época, haya podido predecir como nadie el futuro que se nos venía encima. Pudo vivir su tiempo con la claridad de habitar el presente, con la capacidad de poder leerle las manos al mundo y avisarnos hacia dónde nos estábamos dirigiendo. 

La grabación de la serie duró unos cuantos meses. Volvía a mi casa de la TV Pública y me ponía a estudiar las escenas del día siguiente. Si quedaba tiempo, leía alguna otra cosa de la obra de Arlt: cuentos, aguafuertes, teatro, lo que fuera. En esas lecturas aledañas a la serie, es que me encuentro con el cuento “Escritor fracasado”. Y así, de sopetón, recibo el famoso cross a la mandíbula sin previo aviso. Me quedé mudo. De una pieza. Con la boca abierta, pero también con una sonrisa como si estuviera compartiendo una maldad con alguien ¿Cómo no sabía que existía este cuento? ¿Cómo no lo había encontrado antes? Me pasó lo mismo que cuando leí sus novelas allá por mis veinte años. Lecturas que te toman físicamente. Incómodas y placenteras. Divertidas y angustiantes. Bellas. Y otra vez, de una actualidad evidente.

El cuento relata la historia de un escritor que ha tenido un gran éxito con un libro escrito en su juventud, y luego no puede volver a escribir. No puede superarse. Y tanto le ha gustado el lugar que ocupa, la manera en la que lo endiosaron, lo genio que lo hicieron sentir, que no quiere abandonarlo. Entonces desplegará las mil y un artimañas para poder seguir perteneciendo a ese círculo que le abrió las puertas. Sin ningún tipo de impedimento moral para conseguirlo. Hará de todo, menos escribir.

Sin poder creer qué era eso que había leído (¡ya en aquel momento estaba todo tan podrido en el mundo del arte!), lo releía esperando que la espuma de la novedad bajara, pero con cada nueva lectura me entusiasmaba aún más. Me preguntaba por qué me resonaba, en qué lugar de mi propio actor fracasado resonaban esas palabras. Es que en este cuento el fracasado es un escritor, pero bien podría tener cualquier otro oficio: ser un actor, un director, un artista plástico (ni hablar!) o podría trasladarse a cualquiera que haya sentido frustración y angustia en aquello que hace. Cualquier persona cuyo deseo se fue haciendo polvo con el devenir del tiempo. O sea, casi la humanidad toda. 

Un vómito catártico escrito en primera persona. 

Servido en bandeja para la escena.

Ideal para hacer en teatro.

Cómo es que decidí transformarlo en un texto para hacer en teatro y cómo eso llega a suceder, sería un relato demasiado largo. La crónica sobre la grabación de la serie también; o si debatiéramos qué contenidos tendría que producir la TV Pública; ni hablar si contara cómo fue el encuentro con la amada Marilú Marini (que hizo su debut en la dirección con esta obra); o si reflexionara sobre cómo el circuito del arte construye ídolos para descartarlos enseguida. Son todos temas que merecen relatos aparte, y que harían que este texto no tenga fin. Así que, por tu propio bien, lector, lectora: paso directo al nacimiento de la pieza.

Estrenamos la obra en 2017. De ese momento a estos días muchas cosas han cambiado. Quizás el hecho más significativo haya sido la pandemia que padecimos en el medio. Y de la cual, definitivamente, no volvimos mejores. Nosotros fuimos de los primeros en retomar las funciones ni bien lo permitieron las restricciones, solo para 20 espectadores. Pero el mundo ya era otro. Sin dudas lo que más había cambiado en esos años, avanzando a pasos agigantados, era la tecnología, y en particular las redes sociales. Ser visto se había vuelto cotidiano. Filmarse y sacarse fotos y compartirlas era cosa de todos los días. Durante el encierro, las redes encontraron el sumun del sentido para el que habían sido creadas: mostrar y mirar. Un exhibicionismo colectivo con muy poco pudor. Ahora las nuevas formas de entretenimiento o distracción, no solo cumplían su objetivo, sino que además te permitían ser protagonista. Dar la cara, prestar la cara para que te vean haciendo lo que sea. Hacer de tu cara algo reconocible. Hacerse conocido. 

El anhelo de fama, de trascendencia, no es nuevo. La necesidad de ser visto, de llamar la atención sobre los demás, que los demás te validen, forma parte de la sociedad desde sus inicios. Tampoco es nueva la necesidad de encontrar algo con qué pegarla, que aparezca el golpe de suerte que nos salve de la miseria, aquello que venga a cambiar el camino de nuestra pobre existencia. Es un rasgo que forma parte del gen argentino. Arlt ya hablaba de eso en sus textos. No olvidemos que Erdosain tiene su fe puesta en el invento que le salvará la vida, que lo sacará de la angustia (algo que el propio Arlt practicaba de manera personal). Pero Erdosain también tiene un plan en mente como último acto para salir en los diarios: cometer un asesinato. Ser a través del crimen. Hacerse visible. 

Soy visto, luego existo. 

En estos años que venimos haciendo la obra fuimos testigos de la proliferación de gente que opina de cualquier cosa (casi siempre sobre algo que hace otro), y que cree que eso merece ser compartido. O ni siquiera eso. Los realitys show fueron un precalentamiento para lo que ahora nos bombardea desde el teléfono. Alcanza con mostrar intimidad, ya sea cómo se cocina, cómo se entrena, cómo se va al baño, o cómo no se hace nada. Hacer, hablar, no importa de qué. Exhibir aunque no tenga nada que mostrar. Esa nada alcanza. Algunos han dejado la vida en ese acto. Han muerto en cámara. Exigidos en la presión de permanencia, de novedad.

En ese sentido, el Escritor Fracasado es un absoluto exponente de estos tiempos. A pesar de las décadas que nos separan, el cuento teje paralelos con el ahora de una manera pasmosa. 

“Yo sé que no soy nada, pero no puedo resignarme a la evidencia”, dice el Escritor. Entonces hará mil cosas para sobrevivir: inventará teorías, convencerá a los demás con mentiras para seguir siendo visto como un genio, tendrá una vida social interesada y activa, denigrará el trabajo de los demás, hará toda la fuerza necesaria para no caer en el olvido. Entiende que no importa qué es lo que se venda, si no cómo se venda. Porque el personaje, más allá de todo, es inteligente. Y al igual que Arlt, es alguien que puede leer la realidad, que ve el mapa completo de la situación en la que se encuentra. Que entiende qué lugar le toca en ese ecosistema, y no quiere perderlo. 

El escritor no quiere perder seguidores.

No es difícil imaginarlo como un twittero odiador, o sentado en algún panel de televisión opinando sobre cualquier cosa, o incluso ocupando alguna banca en el Congreso. La visibilidad que antes se obtenía (teóricamente) por el buen desempeño en alguna disciplina, las redes sociales vinieron a democratizarla exhibiendo cualquier cosa. La mediocridad popularizada. La necesidad de pegarla tiene una nueva herramienta al alcance de la mano. Hacerse viral. Ser un virus. La pandemia dejó otra pandemia aún más difícil de extinguir. La democracia de la fama en la tiranía de las redes. Ser un éxito.

Binomio engañoso si los hay, el del éxito y el fracaso. Términos que no le hacen bien al arte. Ni a quien lo hace. Tienen más sentido en el universo deportivo, donde todo indica que hay alguien mejor, uno que mete más goles, que pega más fuerte. Pero en realidad son términos más propios de la lógica comercial. Popularmente a un libro exitoso se lo llama best seller (mejor vendido), una obra de teatro es un fracaso si va a verla poca gente, una película es un éxito rotundo si mete un millón y medio de espectadores. Todos términos mercantiles, números que no reflejan nada del sentido de la obra, todos medidos por la cantidad, por el dinero que generan, no por su calidad. El oxímoron “arte comercial” solo es una excusa para hacer negocios. La confusión entre arte y entretenimiento es usada en contra de todo lo que se aleje de la masticada masividad. No hay forma de que si el término “comercial” forma parte de la sentencia, no invada y corrompa la experiencia artística más pura. Y cada vez hay menos margen de que el negocio falle. 

El deseo primario de la creación, la necesidad que mueve al artista a poner en acto eso que quiere compartir no sabe de reglas de mercado. Pero el artista es también un ser humano, y sus necesidades pueden ser contradictorias. Pueden ser económicas: pagar el alquiler, comer, vivir. Pero también pueden ser más egoístas: ser reconocido, querido, valorado, tenido en cuenta. Me atrevería a decir que a esta altura esta antinomia convive en todo artista. Bendito aquel que pueda hacer arte puro, si es que eso existe. Y así, la ecuación entre deseo y necesidad quedará liberada a la pericia con la que cada artista pueda y quiera sobrellevarla. 

¿Qué lo hace al escritor ser un fracasado? ¿Cuál es su fracaso? ¿Por qué Arlt bautiza a este personaje (al que no le otorga nombre) con ese adjetivo? ¿Cuál es el fracaso que el autor señala? Creo que el adjetivo no se refiere a su imposibilidad de escribir, sino al olvido de su deseo en relación a la literatura. Al escritor dejan de importarle los lectores, le importan los espectadores de su propio personaje. Son los otros los que le devuelven si es un éxito, o si es un fracaso. Y la imagen que de él tienen los demás está en peligro de transformarse en un espejo en el cual no se quiere reflejar. El fracaso de este escritor no es no poder crear otro best seller y superar su primera obra. Su fracaso es haber virado su deseo hacia otros rumbos, otorgándole a la vanidad y al ego el poder de guiar el camino. Dejar en la opinión de los demás la suerte de su propio destino. Lo importante no será aquello que haga, sino que lo que haga lo siga manteniendo en la vidriera, sin importar qué haya que hacer para sostenerlo. 

El Escritor se vuelve un personaje volcado hacia el afuera. Reversible, dado vuelta.  Alguien que cuando mira un poco hacia adentro ve algo tan podrido que le da miedo, asco. Y entonces se lanza (en el término más vomitivo de la palabra) hacia el exterior, regalándose a la opinión ajena. Y en esa reversibilidad, no le queda más que el vacío. Y es ahí, en la sinceridad del abismo, que se reconoce como lo que es: un mediocre.

Al momento de la última reposición de la obra, en febrero de 2025 (durante 2024 no hicimos funciones), mientras repasaba el texto, se revelaban otra vez nuevos significados en la lectura. La obra se volvía nueva. Decidimos inaugurar la temporada haciendo una performance en la vidriera de la librería Libros del Pasaje. La titulamos “Exhíbete, exhíbete que algo quedará”, y durante todo el día el Escritor ocupaba la vidriera y se mostraba haciendo nada. Encarnando a la nada misma. Pasando el tiempo. Intentando escribir, sin lograrlo. Dejando que le saquen fotos como un animal en el zoológico. Mostrándose como algo que merece ser visto.

En el momento del estreno de la obra, allá por 2017, este personaje era una excentricidad. Uno podía verlo reflejado en alguien de la vida real, asociarlo a algún artista, o a algún político, pero eran excepciones, personajes que sobresalían por su unicidad. Que resaltaban por su tinte disruptivo haciendo declaraciones incorrectas. Sin ir muy lejos, al Ministro de Cultura de aquel entonces le costó el cargo su performance de poner en duda la cifra de desaparecidos. Ahora a la distancia, uno puede ver que en aquel momento todavía existía algún respeto por mantener las formas, algún tipo de acuerdo social de que ciertos límites públicos no deberían cruzarse. 

Hoy, nueve años después, esos bocones impunes se han multiplicado, las redes les han dado voz y han llegado al poder. Hoy, un cantante fracasado nos gobierna. Un personaje desagradable en el que contradictoriamente uno puede vislumbrar algo roto, sufriente, con una herida que supura un “pus de egolatría”, como dice Roberto en el cuento. Un bocón, un guarango, un impune. Uno a quien lo único que cree que le queda es gritar como un desaforado su dolor, maquillado de cinismo e ironía. Un resentido que encuentra en los demás a los culpables de su propia miseria. Que insulta y señala a los otros hasta el punto de hacerles creer esa realidad de mentiras que él mismo se ha creado para poder sobrevivir. Hablo del personaje del cuento, no del presidente.

No me parece casualidad que la turba que ocupa hoy el gobierno sea una mezcla entre personajes que vemos hace décadas (que han conseguido ir cambiando la piel acorde a las necesidades del momento), y otros que han tenido su intento de destacarse en el mundo de las artes, de la farándula, o de ser, simplemente, famosos. Y han fracasado. El Escritor es una mezcla de los dos. 

En este presente desconcertante me pregunto: ¿Cuál será el futuro del escritor? ¿Con qué nueva realidad tendrá que convivir el texto de Arlt? ¿Sería realista soñar que el texto quedará como una pieza de museo que habla de una época pasada y superada? ¿Será que la frustración nunca pasará de moda, y siempre habrá alguien que encuentre actual el texto de Arlt? Aunque sea uno. Un solo lector. Porque no importa la cantidad, ya lo dijimos. Un lector que abra el libro y encuentre el cuento. El texto va a estar ahí, esperándolo para zamparle un cross a la mandíbula que no verá venir. Una revelación.

Quien te dice que nosotros todavía estemos haciendo funciones. Y ese lector pueda venir a ver la obra, y sentirse identificado, o asqueado frente al personaje. Y quizá comprenda que el cuento le hizo bien, que ver una obra de teatro lo desahogó.

Que el arte iluminó algo de su propia oscuridad para poder verla, y saber que allí está. Y que está bien que así sea.

Para entenderse, para verse reflejado, para poder ser transformado. 

Para ser mejor. 

Espero a ese espectador con ansias.

Diego Velázquez (Mar del Plata, 1976)

Llegó a Buenos Aires a sus 19 años con la intención de estudiar actuación. Al día de hoy participó en numerosas obras de teatro, películas y series. Ahora a la distancia se pregunta si es actor, o si trabaja de actor. Descubrió que los vaivenes de la profesión generan baches de inactividad. Si uno es lo que hace ¿qué es uno cuando no hace nada? En los momentos de incertidumbre piensa esas cosas. Estudió danza y acumula libros que hablen de la melancolía. También le gusta dibujar letras e imaginar posters de películas que todavía no existen. Actualmente se lo puede ver en teatro en Escritor Fracasado de Roberto Arlt, en Una Sombra Voraz, de Mariano Pensotti, y en Madre Ficción, de Mariano Tenconi Blanco.
Foto: Jorge Benjardino

 

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