El zafarrancho aquel de la vía patagónica
Humberto Bas
a Carlo E. Gadda
«En síntesis 1…»:
… llegué a Neuquén para estudiar Ingeniería y me encontré con la escritura.
Febrero, 1984. Apertura democrática y reinicio del programa de intercambios estudiantil. El nombre de Alfonsín me sonaba a refresco: toronjil, naranjil, etc. Yo, 18 años, recién salidito de la secundaria.
Facultad. Clases. Consultas. Reuniones.
Mis balbuceos interrumpían el tráfico verbal. Iteración mental en mis interlocutores cotejando mi tono.
¿Salteño?
No.
¿Jujeño?
No.
¿Catamarqueño? / ¿correntino? / ¿riojano? / ¿chileno? / ¿porteño?
No habiendo coincidencias en la base de datos, la pregunta:
¿De dónde sos?
Del Paraguay.
No parecés.
¿Qué carajo se suponía que tenía que parecer para parecer paraguayo?
***
Mi tórrida mirada no paraba de asombrarse del orden paisajístico. Las chacras con sus cuadros de manzanos y perales. Cortina de alamedas. Canales y acequias. Compuertas reguladas para el sistema de riego. El valle como una extensa caneca en la hendidura del desierto; el Limay y su transparencia. En su lecho piedras desnudas, cangrejos remolones y truchas recelosas. Todos los ocres en el faldeo de las bardas. Y el viento… El viento, el viennntooo de primavera y sus chicotazos que llenaban de esquirlas los ojos…
Así como nada del orden paisajístico que no fuera para mí un contraste; nada de mi orden expresivo que no les fuera lo mismo. Era balbucir para que la charla se dirija hacia:
¿De dónde sos?
No había forma de no ser más que un extraño, so pena de camuflaje en la tonalidad del habla local. Pero el habla local aún se estaba amasando en esa mezcolanza de tonalidades entre la inmigración y el mapudungun. Y no era que uno [yo] no estuviera orgulloso de ser de donde soy o era. Sino que me empelotaba la incesante interrupción…
¿De dónde sos? / ¿De dónde sos? / ¿De dónde sos…?
Era la continua evidencia que te arrojaba a ser siempre de otro lado; un bicho exótico a quien se le pide que haga una gracia;
¡¿Del Paraguay?!
¡Ay!, decime algo en guaraní.
¿De aquel tiempo a esta parte? Diría que el exotismo mutó en interés [mucha lucha bajo el puente]. La paraguayidad en estas tierras es una presencia cotidiana, y el guaraní, el sonido festivo en todos los edificios en construcción. Hay barrios paraguayos, con su idiosincrasia trasplantada y ese orgullo de ser en un modo de estar aquí o allá, sin esperar permiso. La lengua operando como un territorio ambulante. Quizá por eso, ante cualquier grupito de paraguayos y paraguayas, los locales titubean como si fueran los extranjeros incursionando en territorio ajeno. Ni temor, ni curiosidad: extrañeza ante esos que tienen algo que no se tiene: un habla particular.
***
«Una vez me preguntaron…»
¿Escribís como paraguayo o como patagónico?
Como parapatagónico;
… respondí. Salida de urgencia ante una pregunta pelotuda.
Parapatagónico. Además de su gracioso ritmo, pa-ra-pa-ta-gó, la palabreja me planteó en su momento preguntas como: ¿soy cuasi-paraguayo o semi-patagónico?, a las que abandoné sin más. Nunca me afectaron esos dilemas identitarios. Si los traigo acá es porque me parecen propicios para sacudir con preguntas el viejo árbol de mi memoria [en un mundo de obsolescencia programada, es un acto de resistencia recurrir a imágenes remanidas]. ¿Por qué me fui de allá?; ¿por qué vine acá…?; ¿por qué me detuve y quedé anclado en este desierto pulposo? ¿Cómo es que llegué a las orillas del Limay, entre chacras expirantes, con parcelas de manzanos y perales que se resisten a la expansión inmobiliaria, que son de los tantos derivados del petróleo…? Porque, oigan, somos Vaca Muerta, el corazón palpitante del extractivismo que aún da pulsos a este moribundo sistema…
Las respuestas, causas, motivos se desparraman… Para elegir un par, voy a valerme de la imagen de un cuadro [de paso me luzco]. Los llamaré: «Episodio de disparo» y «Episodio de anclaje».
El cuadro en cuestión: «Vista de Delft», de Vermeer. Hay una pared amarilla enclaustrada entre oscuras torres o minaretes, atalayas y campanarios… La pared recoge la luminosidad matinal como si una tórtola abrevara con su pechito el calor de la mañana para irradiarla sobre las paredes vecinas. Me gusta ese cuadro por el bello pasaje en que lo describe Proust en La prisionera. Ahí, Bergotte «concentraba su mirada, como un niño que quiere alcanzar una mariposa amarilla». Y como ese niño ante una mariposa, se me presentan un par de episodios de mi infancia, episodios amarillos que pueden dar cuenta con gracia cómo, o por qué, llegué y me quedé en estos andurriales del mundo.
***
«Episodio de disparo»:
Schrumm… Schrumm.
Era una excursión dominical, aunque no a las arenas movedizas. Íbamos en la carrocería de un camión de baranda inmensa para mi estatura de 8 años. Salíamos de San Ignacio de Jaguaracamygta, sur del Paraguay, rumbo a los esteros del Yvy Perõ, lindante con el Paraná, más al sur de ese sur.
Éramos: mi viejo, sus amigos y los hijos de sus amigos.
Yo, a los saltitos, apuraba la aparición del Yvy Perõ, porque sus esteros tenían para mí dos dimensiones fantásticas.
La primera: del Yvy Perõ solía volver mi viejo cargado de dorados, surubís, guasús, yacarés, charatas, ciervos, tatu’i y carpinchos. En esos esteros mi viejo se transformaba en un «bandido», un salvaje tan salvaje como los salvajes contra los que luchaba para regresar cargado de ricuras y relato. Y por fin lo iba a ver convertido en ese ser fantástico que imaginaba, y la ansiedad apuraba con mis saltitos la aparición de Yvy Perõ, como si en sus lindes tuviera un portal que anunciara el inicio de su reino.
Antes de seguir, les presento al Yvy Perõ y a mi viejo.
Yvy Perõ, literalmente, significa: Yvy = tierra; Perõ = pelada/o. Por extensión, tierra polvorienta. Era, o es, una planicie curtida de canales y bañados, intransitable en tiempo de lluvias y entalcada en tiempo de sequía.
Les presento a mi viejo. Salustiano. Pueden llamarle Salú. Cazador-recolector y agricultor. Un pie en el paleolítico, el otro en el neolítico, y él, el eslabón que explica el pasaje.
La otra dimensión fantástica tenía que ver con un hombre al que en mi pueblo llamaban León Perõ: cabeza bonsái, pelos de bebé, sin cejas ni pestañas, ojeras marcadas y la tez flambeada con aire de muñeco de azúcar. Por donde fuera que pasara, nos deteníamos a mirarlo con la curiosidad con que se mira a un insecto. Con el tiempo sabría que el hombrecito era de una familia que padecía un trastorno hereditario llamado «displasia ectodérmica anhidrótica familiar». Los varones no tenían glándulas sudoríparas. No podían regular la temperatura, y por eso debían vivir cerca de aguadas para mojarse con frecuencia.
León Perõ. León Pelado.
Y camino al Yvy Perõ, con mis 8 años, además de ver a mi viejo hecho Tarzán, ingresaría al reino de riachos y lagunas, donde mi febril imaginación infantil proyectaba, no familia, sino mandas de León Perõ refocilándose alrededor de las aguadas, chicoteando con sus colas a los molestos tábanos, mientras los leoncitos se revolcaban en los charcos.
Entonces, a los saltitos, tomándome de la baranda o asiéndome del brazo de mi viejo y del de su compadre, don Totí. Pero en cada asomo solo aparecía un arroyo, un bosquecito, un mandiocal, otro arroyo, un ranchito en medio del naranjal, otro arroyo, un poblado y su colina, y tras la colina otro arroyo. Todo era un paisaje conocido y cotidiano, mientras el Yvy Perõ se me hacía a una distancia eterna, con el camión y su estreñido ronroneo arrastrando una densa cola de polvo.
Sin embargo, mis saltitos se acompasaban con el temblequeante camino de terraplén, a contrapelo del horizonte que se iba volviendo liso y desnudo, y dejaba entrever una pradera con pajonales y bucles de arboledas ciñendo los contornos algún lejano canal… Un poco más y entraríamos al reino de los León Perõ y de mi viejo. Yo seguía impulsándome de las mangas de don Totí y de mi viejo, cuando el camión se detuvo, giró en recto y empinó su trompa. Alguien mencionó la palabra tranquera. Todos mis sentidos atentos. Ruidos de alambras, alarmas de teu teu [tero-teros] y de ynambu’is. El camión pasó. Un balo, camino de huellas. Otro trecho. El aire del Yvy. Detención… cada vez más cerca.
¿Llegamos?
Alguien dijo:
Vado.
¿Qué era eso?
La trompa del camión se empinaba para cruzar un arroyo. El camión no avanzaba, pese a mis patadas a su carrocería.
¡Nos trancamos!
Alguien salió caminando hacia cualquier lado. Regresó al atardecer sentado en el guardabarros de un tractor. El tractor nos sacó… y regresamos desde las puertas del Yvy Perõ.
La frustración me ha escondido un hecho que ahora aparece como esa mariposa amarilla de Proust. En las horas de espera del tractor, el hombre junto a mí, el compadre de mi viejo, Don Totí Del Puerto [honro ahora su memoria], mirando desde sus alturas el nido triplicado de remolinos en mi mollera, le dijo a mi viejo:
Salú: ko nde ra’y ibandídota.
Traduzco para los no guaraní parlante:
Salú: este hijo tuyo será un bandido.
«Bandido», en el castellano paraguayo, es un elogio. Un «bandido» es un inquieto, un aventurero, que anda «por su cabeza»; es decir, que sigue los rumbos que le canta el orto.
Y yo lo escuché, y sentí un calor arremolinándose en mi mollera como un incordio plúmbeo que me convertiría, ahora lo sé, en picaseso de mis padres.
***
Quiero irme. Tengo que irme. Ahata. Voy a ir. ¿Adónde? Adonde sea, mamá. Y así, a los 13 años, conseguí que me enviaran a un liceo militar en Encarnación. Y terminado el liceo, a los 18, de nuevo. Tengo que ir. Ahata. ¿Y ahora adónde, che memby? Adonde sea, mamá. Y surgió la posibilidad de Ingeniería en una universidad argentina. Me postulo. Me aceptan.
Pero es en el Comahue;
… dice el cónsul.
Bueno.
Pero queda en la Patagonia. Y me lleva hasta un mapa. Su dedo baja desde Asunción, cruza ríos, puentes, ciudades, sigue bajando, se detiene en la frontera, cumple los trámites aduaneros y continúa por la 14, túnel subfluvial… sigue bajando y se detiene en un punto.
Neuquén.
Bueno.
2.500 km.
Bueno.
Hace frío.
Bueno.
Los ríos están congelados casi todo el año.
Bueno.
Nada hará desistir al que tenía signado un destino de «bandido». Tenía que ir. Ahata. Mi familia se convulsiona. Tías, tíos, primos y vecinos donan sus prendas de lana. ¡¿Por qué lo que tanto?! En la Antártida hace mucho frío, mi hijo. Lamentan no tener arpones. Cazar una ballena, de vez en cuando, para pasar el invierno… Como achurar chanchos en los momentos de vacas flacas.
Y apabullado de lana, un esquivo día de febrero de 1984 arranqué la travesía. San Ignacio de Jaguaracamygta, Buenos Aires. Seguía el itinerario del dedo del cónsul. Estación de Constitución, en tren a Neuquén. 24 horas de traca tran… traca tran, para que mi ovillado paisaje se desenrollase en la planicie infinita.
***
«Episodio de anclaje».
1989. En mi retrovisor escenas empañadas con vapor de utilería. En Paraguay un general echaba a otro, ambos sangrientos y mafiosos. En Berlín tiraban un muro para danzar sobre sus escombros. En Villa Ceferino, un barrio de Neuquén, con S. arrancábamos una aventura de convivencia.
1989. «Ceferino» era frontera polvorienta entre Neuquén y la meseta del desierto. Casitas dispersas, refaccionadas sobre la homogénea estructura de un pasado de planes de vivienda.
Nuestra casita, con techo agrietado y paredes osteoporosas, tenía una habitación inhabitable empotrada en su frente. Me propuse arreglarla. A espatular el revoque. Polvo sobre más polvo en el viento del oeste. Así las horas y los días, cuando de repente… ojos a mi alrededor. Ojos y dedos entre los alambres del cerco y sobre el murito retacón en el límite con la vereda. Ojos pestañeantes que seguían mi trayectoria a través del alambrado…
¿Cómo te llamás?
Humberto.
¿Cómo dijo que se llama?
Norberto.
No, Ruperto.
No, Mamerto.
Ensayo y error y, ja, ja, ja… ja, ja, ja…, a costillas de mi nombre, para ponerme en la obligación de, a mi vez, preguntar.
¿Y vos cómo te llamás?
Yo soy la Chili;
/nótese y regístrese el tono soberano de afirmación de identidad: yo soy, y sus consecuencias en las respuestas que sobrevendrán con efecto dominó.
Y yo, Dorita / Yo, Gilda/ Yo, Johana / Yo, Roxi / Yo, Luci / Ella es la Tole (Tole no iba a largar su chupete para responderme) / Yo, Cristian / Yo, Maxi / Y yo, Mariano / Yo, yo, yo, Jua… Juan… pi / Yo, Nacho / Cho, la Lachi / Yo, Roxana / Yo, Manolo… y allá, detrás de todos, unos ojos empotrados en una cabeza de porongo con pelos de geniol.
¿Y vos?
Y, como si temiera que su nombre se le escapara en la intemperie, me lo dijo al oído.
Carlito.
Ajá, Carlitos.
No, Carlito.
¿Carlito?
Chi.
Carlito. Sin s. A su modo, me señalaba su singularidad.
Entonces su biografía coral:
Carlito vive a lado de casa…
Y… y… una vez su papá se murió.
Mentira, mi papá no se murió.
Sí, sí, murió… Se colgó, ¿no te acordás?
Sí, me acuerdo, pero ahora tengo otro papá…
Sí, pero un día se va a colgar también.
Y mi mamá me va a buscarme otro papá.
¡…!
Ferocidad dialógica en la vereda y uno buscándola en la literatura.
Como en toda vecindad, la nuestra tenía su rutina. A la misma hora:
Norbertooo. / Rupertooo… / Mamertooo…
Y el requerimiento:
¿Vas a salir a jugar?
Y, en mis descansos de refaccionador, nos sentábamos en el murito y volvían las preguntas;
¿de dónde venís? / ¿cómo llegaste aquí?;
… que eran respondidas prescindiendo de mí, de mis remolinos, de mi llegada en tren, para hacerme llegar a caballo desde la luna y cosas así.
Yo no era más que una excusa propiciadora de delirios, porque al otro día, de nuevo…
Norbertooo… / Rupertooo… / Mamertooo…
… y otra vez en el murito y las preguntas;
¿cómo se llama tu mamá? / ¿y tus hermanitas? / ¿a qué escuela vas? / ¿cómo se llama tu Seño? / ¿quién es tu mejor amigo?
… para construirme a base de risotadas una historia y una realidad contra la que palidecía mi experiencia «verídica».
Mientras, Carlito se recubría ante mí de un aura de desolación. Su lugar en las rondas como un aditamento mío, convertido en un celoso guardián de las otras presencias, poniéndome en la crítica situación de administrar susceptibilidades.
Y un hecho, al parecer trivial, cambiaría mi relación con ese mundo. Era una tarde que regresaba al barrio. Alguien me vio bajando en la parada del Ñandú y, como un heraldo de la cofradía del paredón, alertó:
¡Ahí llegó Elumbeerrr!
Y el enjambre que me rebautizó ya me envolvía sobre el murito enano para charlar, no conmigo, sino sobre mí; como si mi voz y mis palabras les fueran prescindentes y mi presencia la excusa para los murmullos de sus almitas.
Con mi nuevo nombre, empecé a mirar «Ceferino» como el lugar de mi lugar, y me quedé a tratar de encontrar en la escritura la ligereza y maravilla con que ellos me hablaban (¿demagógico? Sí, claro. Pero hagan de cuenta… No hay lectura ni escritura sin una alteridad cómplice].
El resto es otro relato.
Jajohechápeve.
Elumber.
Humberto Bas (Jaguaracamygta, Paraguay, 1965)
Reside en Neuquén, Argentina, desde 1984. Tiene publicadas las novelas El Superpalo (El Fracaso, 2010), El Sr Ug… (Entropía, BsAs, 2014), Gil Wolf (AIK, 2019) y Boolodo Poro Corloto (Kiveve, 2023); los libros de cuentos Varoncitos (Ediciones con doble zeta, 2014) y La Culeada y Otros Cruentos (Barcoborracho, BsAs, 2008). Adaptación teatral por Grisel Nicolau.
Foto: Archivo personal
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