La vida secreta de los libros

La vida secreta de los libros

Andrés Hax

1.

Creo, como William Burroughs, que la lengua es un virus. También creo que los libros casi son organismos extra-humanos. Logran replicarse entre ellos, pero con nuestra ayuda. Como organismos simbióticos, o, en algunos casos, parasitarios.  

Siempre sospeché algo así, pero ahora que entré en el mundo de editar libros, me doy cuenta de un cierto estado de locura que induce este quehacer. Los libros te enloquecen. No son inocentes.

En Queequeg Press llevamos tres libros editados, y ya tenemos cuatro más en preparación para el año que viene. Me preocupo por ellos todos los días como si fueran hijos. Quiero que se instalen permanente en la imaginación de miles de lectoras y lectores. Me los imagino en mochilas, en bibliotecas, en las manos de lectores en el subte, siendo leídos en una plaza, caídos al piso al lado de la cama, en la mesa de la cocina al lado del primer café del día recién servido. Me los imagino marcados, anotados, atesorados. Me los imagino como uno de tus mejores amigos. 

Para profundizar este delirio de editar libros, tengo que resaltar que, como toda buena locura, Queequeg Press solo salió a la luz tras involucrar, posiblemente, a centenares de personas, tanto voluntarios como por asociación: mi co-editora, Verónica Pagés, traductoras, diseñadoras, correctoras, agentes literarios, bibliotecarios, periodistas, nuestra distribuidora, libreros y libreras, operarios en la imprenta, lectores, lectoras… 

Para nacer, el libro demanda decenas de parteras, de cuidadores, de personas que les acaricie, guarde, preste atención; que los junte con otros libros en sus bibliotecas para armar nuevas constelaciones de lectura, para que el libro pueda hablar con otros libros. Son monstruos muy demandantes y caros. Bellos monstruos, pero monstruos igual.  

2.

Y si me metí en esta locura, si nos metimos en esta locura, es por el libro en sí, pero también por el estado alucinógeno que induce la lectura. Queremos ser proveedores de ensueños.

Los libros físicos que armamos, son parte de esto. Tienen tapas que invitan al estado onírico que es la lectura; tienen páginas de papel grueso para marcar firme con lápiz o pluma, un texto legible, y lomos cocidos para apretar el libro contra la mesa, para tomar apuntes, o usar tu otra mano para levantar una copa de vino. Un libro físico es algo como una japamala o un rosario: ocupa las manos para que la mente pueda elevarse a través de las palabras.   

¿Entonces, cuáles son, hasta ahora, las alucinaciones del catálogo de Queequeg Press? 

3.

Imagináte que has vuelto a casa un martes lluvioso de invierno. Tienes los tres libros de Queequeg Press en tu mochila, recién comprados, robados o prestados, no importa: Luckenbooth, de la escocesa Jenni Fagan; Dandelions de la italo-inglesa, Thea Lenarduzzi; y Primero el cuerpo, apuntes de una ensoñación de Carnaval, del fotógrafo y escritor de Nueva Orleans, Kevin Rabalais. Los tres son autores vivos, en plena actividad. Es decir, mientras lees sus libros, puedes imaginarte que ahora mismo están sobre la tierra como vos: respirando, comiendo, durmiendo, sufriendo y amando…

El primero que agarrás es Luckenbooth. En la contratapa, Mariana Enriquez escribe sobre Fagan:

“Esta novela tiene hijos del diablo, mujeres que se aman, fantasmas políticos, mineros que temen el sol y a un William Burroughs enamorado: todos en un mismo edificio de Edimburgo durante cien años. Jenni Fagan hace magia con su magnífica escritura, su desprejuicio y su inteligencia. Es una bruja, una rockera, una mujer sin miedo, y Luckenbooth es su hechizo más poderoso.”

Pasás las páginas. Ves claramente cómo los capítulos van saltando de piso en piso, departamento en departamento, a través de cada década del siglo XX. Ves que Fagan tuvo una vida durísima. Por allí caés justo en el año 1963, cuando William Burroughs aparece en la novela como un personaje. Dice del edificio, que justamente se llama Luckenbooth:

“Estos pisos son una membrana que permite viajar entre las décadas, adelantarse o retroceder en el tiempo.”

Agarrás el libro titulado Primero el cuerpo. Es una crónica y foto-reportaje de unos carnavales que se hacen en pueblos muy pequeños en el suroeste de Louisiana, sosteniendo una tradición que data de la Francia medieval. Cuando ves las fotos no vas a poder saber si son de un pasado remoto o de un futuro post-apocalíptico. Los epígrafes del texto leen:

“No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos”. Herman Melville

“A partir de cierto punto, ya no hay retorno. Ese es el punto de alcanzar”. Franz Kafka 

Bien podrían ser dos lemas de Queequeg Press.

Y si, como dice Burroughs sobre Luckenbooth, una añoranza de la editorial es que el catálogo sea un mundo nunca visto antes. Hay membranas que permiten viajar entre ellos y construir así un espacio de ensueño que va más allá de un solo libro, sino que se expresa en una constelación de libros. Esa es nuestra doble motivación: presentar libros de autoras y autores de quienes no has oído hablar, pero también crear una obra secreta juntando todas esas voces. 

Pero se está haciendo tarde. Mañana tienes que ir a trabajar temprano. Agarrás Dandelions para decidir cuál de los tres llevás para leer durante el día; para leer, pero también para sacarte encima la manía de estar viendo todo el tiempo el teléfono. 

El libro arranca con la imagen de una abuela italiana en una tierra baldía de Manchester cosechando dientes de león. Pareciera una loca, pero resulta que lo que es un yuyo para la mayoría, tiene un sin fin de usos, tanto como remedio como comida.

Es un cuento de migraciones; de cuatro generaciones que viajan desde el sur de Italia al norte de Inglaterra. Te das cuenta de que fácilmente podría estar en un estante con Elena Ferrante o Natalia Ginzburg. Como hiciste con Luckenbooth, abrís el libro a una página aleatoria y leés:

“Cuando te mueves entre países o culturas puedes, como yo, pensarlo como un proceso de separación y repartición; como una larga negociación donde la pertenencia se mide en términos de años de servicio o documentos adquiridos: certificados que prueban nacimiento, educación, matrimonio, muerte. Yo solía decir que era mitad italiana, mitad inglesa, haciendo automáticamente un gesto con la mano como cortando el aire por la mitad. Como si la herencia fuera biométrica, certificable, algo posible de capturar y enmarcar.”

4.

Estos son nuestros tres mundos, nuestras tres alucinaciones. Se las traemos de Edimburgo, de Nueva Orleans, de Manchester y el sur de Italia. Y detrás de ellos, hay otro mundo: el de Queequeg, el arponero de Moby Dick y el arquitecto secreto de nuestra editorial. 

Pero eso es otro cuento. 

Andrés Hax (Boston, EE.UU., 1970)

Vive en Buenos Aires desde 1996. Fue redactor de La Revista Ñ y de la sección de cultura del diario Clarín. Luego escribió en varios medios, incluyendo La Nación e Infobae. Publicó la novela Ol de Pritty Jorses (17 grises, 2019), una traducción de cuentos de William Trevor (Edhasa, 2020), y una entrevista suya fue incorporada en el libro Conversations with James Salter (University of Mississippi Press, 2015). En Instagram es @andres.hax.pics 
Foto: Kevin Rabalais

 

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