Actualmente el mundo está atravesado por tantas violencias que puede parecer banal, pero una escribe de lo que le quita el sueño y lo que me quita el sueño es el estado de la comprensión. No niego mi interés personal en el asunto. Me preocupa que los libros de los y las escritoras afines, así como los míos, tengan que ser explicados a los lectores y lectoras, y que esa ingrata labor recaiga en las y los académicos; cuando no en personas que se auto nominan guías de lectura, youtubers, mediadores, etc.
Busco una manera menos seria de llamarlos. Me gusta el sonido de la palabra “mentor”. Voy a ver su significado y me encuentro a Méntor, un personaje de la Odisea de Homero a quien Odiseo encomendó el cuidado y la educación de su hijo Telémaco cuando partió a la guerra. El singular y el acento dudoso convierten a alguien que estudió y que recibe un salario en un nombre propio que llevará de por vida.
Según el saber almacenado en las redes a este Méntor se le encarga dicha tarea porque posee mayor experiencia y conocimiento, y puede guiar, aconsejar y apoyar a otra persona con menos experiencia para impulsar su desarrollo personal y profesional. Lo primero que salta es la restricción al futuro. Se le guiará, aconsejará y apoyará, siempre y cuando el menor aspire a su desarrollo personal y profesional. Todo lo que no sea desarrollo se desecha: la involución, el escape, el desvío, el retroceso, el estrechamiento, la caída, el salto alto, largo o hacia atrás. Asimismo, lo que no es profesional, el artesanado, lo autodidacta… Resulta inquietante el infantilismo con el que además se cuantifica quien tiene el conocimiento y la experiencia. Hay algo profundamente retrógrado, como si las redes quisieran reponer una supuesta época dorada de “certeza”, donde lo mayor es simplemente mejor y lo menor necesita apoyo, guía y consejo para alcanzar lo mayor, siempre y cuando esté inscrito en un desarrollo determinado.
Habiendo el estudio de la Historia llegado a que la historia es un conjunto de relatos, y en los relatos es imposible separar la invención de lo real, el saber almacenado en las redes nos deposita, no en un pasado certero, sino en un espacio inventado para su conveniencia. ¿Y qué es lo que ofrecen? Comprensión, simple, directa, fácil, tranquilizante.
Ubiquemos la comprensión de lectura en el gabinete de lo reaccionario. Pero, ¿si nos vedan la comprensión, de qué otra manera vamos a leer? Mi padre solía decir que me gustaba buscarle la quinta pata al gato. Tendría que pensar en cómo leo. Cuando me preguntan por mis lecturas, la lectora que hay dentro de mí se resiste a revelar quiénes la acompañan en el escondite al que se repliega, echa una especie de flit y me nubla la cabeza. O me da vergüenza reconocer que leer no está asociado únicamente a los libros y que llevo dos meses intentando leer al nuevo vecino, la motosierra, al camión grúa, el vuelo desesperado de los horneros que hicieron nido, los pedazos de araucaria cayendo pesados sobre la tierra a la que estuvieron firmemente liados en un solo tronco por casi cien años.
Por la noche comienzo A medio borrar de Juan José Saer. Leo dos páginas y lo cierro. Algo del orden de lo emocional me sobrepasa. En el día, apenas encienden la motosierra, paso a leer al conductor sordo, al camión grúa sin patente, al joven que va arriba del volquete sin protector en los oídos. Busco antecedentes de lo que ocurre; me cuentan que a los 102 años murió la propietaria del terreno vecino. Una semana después apareció el hijo con una motosierra a cortar sus árboles y los míos para levantar un muro de concreto de dos metros de altura. De un día para otro nos encontramos, la carpintera y yo, sobrepasadas por la impotencia y la rabia. Sobre todo, nos sentimos solas; de trescientos vecinos no hay uno al que le importe.
Paso los días leyendo a estos sujetos y a sus máquinas, que es como decir que paso las horas intentando comprender lo que ocurre y, a pesar de la información que recopilo, no comprendo. Vuelvo a la pregunta, ¿cómo leer sin comprender? Por la noche busco la página donde interrumpí a Saer, avanzo dos más y tengo que cerrar el libro. Elucubro que la perfección de su escritura es tal que no me permite abarcarla de una vez, necesito ir de a poco o me sobrepasa, aniquila lo que pienso y escribo, lo transforma en un intento aguachento. La explicación es demasiado simple. Me estoy dejando tentar por la comprensión. ¿Cuál es esa forma? La carpintera y yo, víctimas de un hijo malvado que busca destruir a la madre que ya no existe. Un duelo, el conflicto entre vecinos, la defensa de la naturaleza… Los pasos en el Juzgado serían el desarrollo, el momento en el que no pueda oponerme a que corte la morera, el clímax.
El sábado en el taller del diplomado virtual que doy para Chile a algunos profesores y profesoras les digo, como si fuese pan comido, que ya ningún profesor enseña a leer en la escuela pidiendo que definan el conflicto principal y los secundarios, las características físicas, psicológicas y socioeconómicas del protagonista y del antagonista, el clímax, el desenlace, el tema, la moraleja. Del otro lado de la pantalla llega un silencio tan profundo como el que hay acá cuando apagan la motosierra. Nos mataste, dice uno. En sus expresiones leo que es así cómo enseñan a leer en la escuela. Les pregunto entonces por qué no dejan que cada estudiante cuente lo que sintió, imaginó y pensó mientras leía. Llega la temida o temible respuesta: no tendríamos cómo tener control sobre sus lecturas.
La comprensión también es una forma de mantener el control sobre el sentido.
Siempre sentí algo de culpa por la forma en la que leo. Fui una niña ávida de lecturas, pero eran más las veces que interrumpía un libro para levantar la cabeza e imaginarme a mí corriendo esas aventuras, que el tiempo que leía de corrido. Hasta hoy me es imposible decir, por ejemplo, de qué tratan las seis páginas que llevo leídas de A medio borrar de Saer. Es algo que se va amansando en mi interior, todavía incomprensible. Lo que me cuesta leer en Saer es algo que no estoy leyendo en el sitio vecino mientras la motosierra hace caer la araucaria, el pino canadiense, la morera, los ligustros, el eucaliptus, el paraíso, y vuelan los horneros, los tordos, hasta las palomas.
Hoy regreso vencida desde el Juzgado de Paz. Un mes antes, en reunión con el Juez, firmé un papel por el cual accedía a que el vecino cortara la morera y los árboles necesarios para la construcción de su muro, a cambio de que plantara árboles nuevos y etc. Le pregunto a la funcionaria del Juzgado de Paz si le enviaron el documento con mis condiciones al vecino. Me entero que el Juzgado no tiene jurisdicción en los conflictos entre vecinos, ya que se dedica a la violencia de género. La mujer sugiere que vaya al Juzgado de Faltas, desde donde hace dos meses me enviaron al Juzgado de Paz.
Cuando vuelvo, al lado está el nuevo vecino. El joven arriba de la grúa se dispone a cortar la morera desde lo más alto. Le hago señas al vecino para que se acerque. Sostiene el celular a la altura del pecho con la cámara encendida, lo paso por alto, me dice que tiene prohibido hablar conmigo, lo paso por alto. Le digo que no comprendo lo que está haciendo. En un momento de la conversación advierto que le tiembla la mandíbula como si fuera a llorar. Negociamos sin comprender. Cedo la morera, salvo dos ligustros y un paraíso. Entro a la casa. La carpintera está detrás de la ventana con el brazo por encima de su cabeza. La cortina impide que la vean de afuera. En la mano levantada sostiene la cámara del celular. Está grabando, a escondidas, en su propia casa, al joven que va a quedar sordo, como el conductor de la grúa, echando abajo la morera con la motosierra. Tiene las mejillas bañadas en llanto. La abrazo. Le cuento que nos quedaremos con tres árboles. Le importa el que cortan. Hace once años, cada vez que abre la cortina, lo mira. Diseñó mi taller de tal forma para saludarlo por la mañana.
Subo al escritorio. Traigo conmigo A medio borrar de Saer. Tal vez si lo traslado de la noche al día consiga leer de corrido. Los sonidos de la motosierra en la madera son espeluznantes. Llevamos dos meses y sigue doliendo como el primer día. Busco la página en la que interrumpí mi lectura la noche anterior. A la primera línea ocurre algo extraño, no entiendo qué, levanto la cabeza y escucho la motosierra. Es el mismo sonido. O eso creo. La siento más fuerte, se debe a que los demás sonidos callaron; no me refiero a los horneros, las palomas, los tordos, la tos de la carpintera dentro de la casa. Son los sonidos dentro de mi mente, se borró el vecino, la grúa, el sordo, el joven que no sabe que va a quedar sordo, el Juzgado de Paz y el de Faltas, no están más. El sonido de la motosierra no es uniforme como pensé, por momentos le cuesta, hace una pausa, toma aire, y recomienza, no es suficiente, tiene que esforzarse. Los pedazos del tronco no caen con la misma fuerza, la tierra vibra, les hace espacio. Ahora también calla la motosierra, el conflicto central, los secundarios, las protagonistas, los antagonistas, el tema, la moraleja… Me concentro en los poros de la materia que se abren y abren a todo lo que no vi al poner mi energía en comprender. Saer lo hace: borra al vecino, la grúa, la motosierra, abre los poros de la trama hasta volver irreconocible los acontecimientos. Lo dice en Narrathon: “Y no es que no acontezca, o que no se sienta, como en un desierto, sin nadie, nada: no. Pero Spinoza decía, en la segunda, o tercera quizás, parte de su Ética que un hecho no solamente no merece que nos detengamos en él para conocerlo, que hay otras, más singulares, verdades, sino que incluso en sí un hecho es incognoscible, porque para conocerlo debemos conocer previamente su causa, y previamente la causa de su causa, pero antes la causa de la causa de su causa y así, arduamente, al infinito. El acontecimiento, de ese modo, no es más que una mancha casi transparente que flota, inestable, rápida, frente a nosotros. Y en cuanto al sentimiento, frente a esa mancha, ¿qué sentir? ¿Y cómo? ¿Y por qué?”. Me quedo pensando en la impotencia, lo inexorable, la rabia, el silencio, y en cómo se entreveran en eso irreconocible.
¿Si no comprendemos lo que escribimos, si no lo reconocemos, cómo puede un lector o lectora, un Méntor, leer lo que no comprendimos al escribir?
1. Esta es la primera parte de un texto más largo que se encuentra en proceso.
Cynthia Rimsky (Santiago, Chile, 1962)
Profesora en la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. Ha publicado: Poste restante, La novela de otro, Los perplejos, Ramal, El futuro es un lugar extraño, Fui, En obra, La revolución a dedo, La vuelta al perro, Yomurí, Clara y confusa (Premio Herralde de novela 2024). Ha recibido el Premio Nacional de Literatura 2026, Chile. Desde 2012 está radicada en Argentina.
Foto: María Aramburú
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