Los días con Ana (junio-julio de 2022)

Alejandra Zina

3/6

Encuentro con Ana en un bar de Lacroze que organizó Ceci para presentármela. Por cómo se dio todo parecía que nos conocíamos de antes.

Ana es aguda y sensible. Le gustan mucho los perros. Estaba pendiente de todos los que pasaban cerca de nuestra mesa. En un momento contó que tuvo una labradora que amaba y que murió a los once años. Qué triste, dije. Qué dolor, me corrigió ella. Y es cierto. La pérdida de personas y animales queridos son dolorosas, no tristes.

Hablamos de lecturas, de perros, de Palermo Viejo, de su crónica del 2001, de Leonardo Favio, de Blackie, de Enrique Raab. Ana es elegante, fuma Parliament (los originales) y me convidó uno cuando le pedí. Tiene los ojos chicos y escondidos, el pelo lacio, cobrizo, por encima del hombro. La elegancia también está en cómo se viste (su ropa combinada en tonos otoñales) y en la forma de agarrar las cosas, como si estuvieran a punto de caérsele de las manos.

Nos preguntó si acá usábamos la palabra “lista” o “listo” para referirnos a una persona avispada. No, no la usamos. Es como una palabra de traducción. A ella le gusta y la usó para referirse a Blackie. Tenía calle, digo yo, como Favio. Favio es un creador, dice ella (me vuelve a corregir). Y nos ponemos a hablar de El dependiente y La ciénaga. 

Admira el artificio literario y parece que la literatura del yo la incomoda. No es mi caso, que me encanta (selectivamente). Al principio de la charla surgió el nombre de Bruno Schulz, estábamos hablando de Babel, Chéjov, Maupassant. Ana dijo que tenía que leer El sanatorio de la clepsidra, de Schulz. Ese no lo leí, sí La calle de los cocodrilos y Las tiendas de color canela. Qué es una clepsidra. Ceci pensaba que era un tipo de hiedra y a mí también me sonaba a nombre de planta, pero no, era (nos explicó Ana) un juego de tazas que va derramando agua como en una catarata, no es una vajilla sino algo para contemplar y medir el tiempo. Las tres coincidimos que la palabra clepsidra es hermosa y vegetal.

También le gusta el fútbol (nos contó que fue a un bar para ver un partido de la selección argentina), el flamenco y el blues.

De Marcelo Cohen, su gran amigo, nos recomendó El país de la dama eléctrica, una novela que escribió en Barcelona. Su preferida. 

Le interesó lo que conté del triolé, ni Ceci ni ella conocían la palabra, sí el objeto. Y unos días después nos mandó por whatsapp una foto en un bar con un triolé en la mesa. Primer plano de palitos, maníes y papas fritas. Dijo que la mujer de Louis Aragón se llamaba Elsa Triolet, pero para mí ese recipiente se escribe “triolé”, como un francés trucho.

En dos horas de encuentro me enteré de sus gustos y rechazos. Es severa con mozos y mozas, también seductora. Le gustan las cosas dulces, la cerveza negra (el bar donde nos reunimos no tenía), caminar muchas horas y escuchar la calle.

17/6

Encuentro con Ana, Ceci y Caíto. Íbamos a caminar por Parque Chas y Villa Ortúzar pero al final Ana quiso ir a un baño en un café de Belgrano R, así que hicimos tres cuadras y volvimos al auto. El día estaba helado, seco y con sol. Lo que nos congelaba era el viento. Rumbeamos para la plaza Castelli donde había un ginkgo biloba que Ceci quería ver. Yo nunca había visto uno, ni siquiera sabía qué era un ginkgo, pensé que se trataba de la estatua de una divinidad japonesa. Las hojas son de un amarillo fosforescente, parecen pequeños abanicos de tela. Toda la copa resplandecía luminosa, aunque las ramas más altas estaban peladas. A Ana le gusta ver casas, árboles, calles arboladas. Hablamos de las tipas, los paraísos, los agapantos, las Santa Rita, los plátanos (que no le gustan). Me traje una hoja del gingko y un guante de lana que Ana me prestó cuando nos sentamos en el café y que me fui pasando de mano para calentarme. Nos contó que se los había comprado acá en Buenos Aires pero que enseguida perdió al compañero. 

Cruzamos la plaza y fuimos hasta el edificio en el que había vivido de joven con una pareja. Los años más felices de mi vida, dijo. Por el barrio, por el amor, por todo lo que estaba empezando. Nos contó de los dos gatos que tenían. Uno de ellos se cayó dos veces del departamento del piso ocho. La primera vez se quedó varios días quietito en un rincón esperando a que se le suelden los huesos rotos. La segunda vez no sobrevivió. 

Fue a buscar el pino en el contrafrente pero ya no estaba. En la manzana hay casas, edificios y negocios que antes no existían. La cervecería frente a la estación era una parrilla, parada obligada de muchos pasajeros que bajaban del tren.

De pronto escuchamos un silbido que venía del cielo y los cuatro levantamos la cabeza, era un gavilán que planeaba sobre nosotros.

2/7

Charla por teléfono con Ana (ayer). Hablamos de sus cuentos y dice que sus preferidos son “Yellow days” y “Oldsmobile”. Creo que también son los míos. Que “Palma” no le gusta mucho, a mí tampoco. Piglia lo ensalza en el prólogo y siempre me pareció un entusiasmo un poco incomprensible, al lado de los cuentos que lo rodean. Es verdad que, como dice Ana, es el más atípico, el más discordante con el universo del libro.

Habla de sus lecturas de Amalia (de José Mármol) como si fuese un culebrón de la tele. Adora ese libro o sus recuerdos de infancia y adolescencia que se entrelazan con las escenas de lectura. Dice que esas chicas de “Yellow days” recitando los diálogos de la novela de Mármol son ella. Quiere leer un libro de Luis Gusmán que tiene un ensayo sobre Amalia

Me dice que le gusta más narrar y describir que escribir diálogos. Cita una frase de García Márquez sobre los norteamericanos y su arte para los diálogos, que el castellano no se presta para hacer buenos diálogos y el inglés es más acorde. Alaba a Henry James. Me dice que lo de ella son las imágenes y se refiere a un par de momentos, como el incendio con botellas rotas en “Yellow days”, o el erotismo de los objetos. Toda su literatura está erotizada, se refiera o no a los objetos. Esto lo pienso yo. Las plantas, las personas, las cosas están erotizadas. Le digo que me parece curioso que siendo ella entrevistadora, habiendo escuchado a tantas personas y tan diversas, no le guste escribir diálogos. Me dice que el periodismo es otra cosa, ahí escuchar exige una atención pero en literatura es imaginación y memoria, y que ella no tiene buena memoria. Aun así, después de releer el cuento “Oldsmobile” le escribo un whatsapp para decirle qué gran dialoguista que es. Tan sugestiva, tan precisa para transmitir lo que sienten los personajes.

Me recomienda “El balcón”, un cuento de Felisberto Hernández. Lo empiezo a leer varias horas después. Las imágenes y las situaciones me hacen reír. Escribe como si estuviera pintando un cuadro cubista. Planos y fragmentos y colores unos sobre otros. 

Se refiere a Hemingway para destacar sus diálogos, aunque enseguida aclara que no le gustan sus libros. Vuelve a mencionar a Bioy. Admira a Saer y todo lo que escribió lo siente familia de sus cuentos, o de ese gusto por una narrativa sin tantas voces, donde el narrador es el que pinta.

También hablamos del edificio inteligente en donde está parando, que la noche anterior se cortó la luz por una hora y el edificio quedó catatónico. Me pregunta por mi gato enfermo. Hablamos del tiempo y el dinero que le dedico, y qué sería de él si yo no tuviera ninguna de las dos cosas. Ella se acuerda que varios meses después de que su perra murió estuvo pagando los gastos médicos de la veterinaria.

16/7

Ayer tuvimos el último encuentro con Ana. Yo me acerqué al café-librería donde iba todos los días, al lado del depto que alquilaba. Se había hecho amiga de una de las libreras y quería presentármela. Hablamos de Arroyo, la novela de Susana Pampín que le regalé. Le está gustando mucho. Tan generosa en imágenes de las islas, es como visitarlas, algo que en este viaje no pudo hacer. Tiene la idea de volver antes de fin de año. Me preguntó por mi gato y la consulta con la especialista de felinos. Almorzó unos canelones de kale mientras yo tomaba un cortado grande con canela y una medialuna de manteca que estaba tibia y exquisita. Después la acompañé a conseguir una valija de mano para los libros sobre Tigre que se había comprado, pero terminamos dando vueltas por todos lados y sumando mandados: ver si estaba abierto el restaurante donde quería hacer una reserva, cambiar plata en Western Union, retirar un medicamento de la farmacia, comprar algo en la dietética.

En el camino hablamos de los cactus y las suculentas. A Ana no le gustan porque no puede tocar las hojas. A mí sí me gustan, quizás por el mismo motivo, son plantas para contemplar. Además se aguantan el viento de mi balcón.

Nos detuvimos en una vidriera donde había piercings que Ana confundió con pendientes. Lo dijo así, en español. También dice “maleta”. Con sus amigos argentinos de Barcelona hablan de tú y usan las palabras de allá. Tengo una actitud defensiva con el español peninsular pero reconozco que tiene lindas palabras. Le digo que “pendientes” es una linda palabra. Para ella es más precisa que “aros”, que no se sabe bien a qué se refiere. Esto me hizo acordar a los alfileres de gancho. Mis abuelas les decían “imperdibles” y los tenían en sus costureros. Me gusta más esa forma antigua, como diría Ana, es más precisa. Todas las cosas se pueden perder, al menos todas las cosas de cierto tamaño, pero el alfiler de gancho las agarra y no deja que se suelten.

Alejandra Zina (Buenos Aires, 1973)

Coordina talleres y clínicas de narrativa. Es una de las organizadoras del ciclo Carne Argentina de lecturas en vivo. Sus cuentos forman parte de antologías de Argentina, Uruguay, Brasil, México y España; algunos fueron traducidos al portugués, inglés y hebreo. Sus últimos libros son Íntima distancia (Dábale arroz, 2021), una serie de textos híbridos, y la colección de cuentos Hay gente que no sabe lo que hace (Paisanita, 2016).
Foto: Noelia Monópoli

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