Miss Harriet o Una mujer de cierta edad
Alejandra Zina
El cuento “Miss Harriet”, de Guy De Maupassant, fue publicado originalmente el 9 de julio de 1883 en el periódico Le Gaulois con el título de “Miss Hastings”. No sabía nada de su existencia hasta que agarré el libro de la biblioteca y lo puse en la riñonera por si me daban ganas de leer algo mientras almorzaba en el bar a dos cuadras de mi casa. Lo elegí porque era chiquito y liviano y porque después podía encarar la caminata sin sentir la carga. Es una antología de bolsillo del cuento universal editada por CEAL, con selección y notas de Jaime Rest. Hoy puede ser un ignoto, pero para los que en los 90 nos pasábamos comprando los libros baratos de CEAL en librerías de viejo o en el mismo local de la editorial, en Tucumán y Callao, Jaime Rest era un nombre familiar. Rest nació en 1927 y murió en 1979, fue profesor adjunto de Borges en la cátedra de Literatura Inglesa en la carrera de Filosofía y Letras de la UBA. Borges lo describía, imagino que a sus espaldas, como un “judío fuerte, que recuerda a animales toscos y vigorosos, como el jabalí”. Maupassant hubiese saboreado este retrato, a juzgar por el que hace con la mentada miss Harriet: “una puritana obstinada, como solo en Inglaterra se producen, una de esas bondadosas e insoportables solteronas que frecuentan las fondas y posadas de toda Europa, deslucen a Italia, envenenan a Suiza, hacen imposibles las más hermosas ciudades del Mediterráneo, llevan a todas partes sus estrambóticas manías, sus costumbres de vestales petrificadas, sus tocados indescriptibles y un cierto olor a caucho, como si de noche las encerraran en un estuche”. De tan misógino y exagerado es encantador (durante mucho tiempo tuve un documento de Word vacío con el título Mujeres con olor a caucho). El que larga esa parrafada es León Chenal, un pintor viejo con pasado donjuanesco a quien sus compañeros de excursión, aburridos y somnolientos, le piden que cuente una historia de amor. Chenal acepta y avisa, previa pausa dramática, que les va a contar la historia de amor más triste de su juventud. Lo que da pie a una de las fórmulas más exitosas de la literatura universal: el cuento dentro del cuento.
Resulta que a los veinticinco años, en uno de sus viajes errantes de pintor impresionista y amante desprejuiciado, Chenal se alojó en una posada de la costa normanda. En el mismo lugar se encontraba hospedada miss Harriet, una inglesa de cierta edad de la que todos hablaban mal. Chenal recuerda la primera vez que vio a la mujer, su rostro de momia rodeado por bucles de cabellos grises como un arenque adornado con rizos. Así de cruel es su retrato, pero a la vez, y como sorprendido por la paradoja, presiente algo atractivo y singular. No le va a ser fácil acercarse. Miss Harriet es silenciosa y huidiza, insensible a sus cumplidos y atenciones, sus poderes de seducción no tienen ningún efecto y eso es peor que cualquier rechazo. A miss Harriet le gusta estar sola, caminar por el valle y los acantilados, leer libros religiosos durante las comidas y retirarse a la habitación sin conversar con nadie. En el pueblo se dice que es atea y el cura la tilda de hereje por protestante, también se corre el rumor de que es rica y que se la pasa viajando desde que su familia la echó de la casa. Nadie sabe por qué la habrían expulsado pero todos sospechan buenos motivos. La casera la apoda “la endemoniada” y Chenal, entretenido con el chismoseo prejuicioso, adopta el apodo. Un par de siglos antes de que Maupassant escribiera este cuento, una solterona rica acusada de atea o hereje podía ser torturada y quemada por bruja.
En su corto documental De mi sangre: Un ensayo sobre la menopausia, con bosques y mar escandinavo de fondo, Soledad Marambio da cuenta de cómo la literatura y el cine fertilizaron la idea de que las brujas eran jóvenes bellísimas, ninfómanas y rebeldes, y no una mayoría de señoras que vivían solas; que a los ojos de la comunidad y la iglesia católica eran un desperdicio y una maldición. Por su parte, la poeta norteamericana Mary Ruefle, que se tomó el trabajo de leer los anales de los asilos del siglo XIX, dice que la causa de ingreso para todas las mujeres mayores de 40 años era el fin de la menstruación. Para unas y para otras, el costo de envejecer era ser acusadas de brujas o de locas y morir en la hoguera o el manicomio.
El narciso de Chenal cuenta que las reticencias de miss Harriet terminan el día que queda hechizada con una de sus pinturas, en donde ve el acantilado que suele visitar. El mismo acantilado que miraba Gustave Courbet cuando pintaba sus marinas, al que Maupassant espiaba desde una casa vecina y que bien pudo ser la inspiración para su protagonista. Chenal cree que todo va sobre rieles hasta que de golpe, aparentemente de la nada, miss Harriet se pone extraña, impaciente, brusca, nerviosa. Deja las frases sin terminar, lo esquiva, tiene en sus ojos una “locura misteriosa y violenta, y además una fiebre, un deseo exasperado, impaciente, impotente, de lo irrealizado y de lo irrealizable”. Estados febriles y turbulencias anímicas, todo indicaría que la endemoniada había entrado en una florida y sufriente menopausia.
Puedo verla perfectamente desde su misma edad. Puedo verla y recordar a otras mujeres escritas. Como Adriana, la madre de Querido Miguel, mi novela preferida de Natalia Ginzburg, que separada del padre de sus hijos se muda a una casa en medio del campo donde escribe cartas en las que se queja de todo y de todos. Nada parece satisfacerla salvo el hecho de recibir noticias de su único hijo varón, cada vez más distante, al que lo va envolviendo un aura de tragedia. La veo sacudiendo las sábanas, mojando las galletas en el café, inclinada sobre su mesa de trabajo escribiendo o leyendo las cartas que recibe, sostenida por una ironía agridulce que la salva de la autocompasión y a la vez la recluye. La veo, al empezar el día, saludándose en el espejo colgado encima del sofá con la extrañeza con la que nos saludamos las mujeres cuando la edad del cuerpo empieza a ir para un lado y la otra edad, la interior, para otro.
Escapar, irse lejos, recluirse, cosas que hacen las mujeres de cierta edad. Ginzburg dice que las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote. En algunas, como miss Harriet, la lleva a tirarse literalmente al pozo del aljibe. Hay que reconocerle a Maupassant su sensibilidad para pintar los estados emocionales de esa mujer. Casi una premonición sobre sí mismo que, enfermo de sífilis y con ataques de delirio, va a intentar suicidarse varias veces.
Me gusta pensar que hay un flujo de lectura que encadena las cosas con eslabones invisibles. No es un flujo imparable sino algo que tiene ritmo, un ritmo que no es veloz ni voraz. Si estamos inmersos en ese ritmo, el flujo vibra en nosotros. Podemos empezar y terminar un libro, podemos dejarlo en pausa un tiempo, podemos no volver a retomarlo nunca más, pero ese ritmo entre lo leído y lo que viene queda enredado con los silencios, las imágenes, las palabras, que deja en nosotros.
Alejandra Zina (Buenos Aires, 1973)
Coordina talleres de escritura, de lectura y clínicas de narrativa. Fue creadora y docente del Taller de Escritura Creativa en la carrera de Guión y en el área de extensión de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC). Sus cuentos y relatos han sido publicados en revistas y antologías de Argentina, Uruguay, Brasil, México y España. Es autora de la colección de cuentos Hay gente que no sabe lo que hace (2016) y de Íntima distancia (2021), colección de textos híbridos. Desde 2006 hasta 2023 codirigió el ciclo Carne Argentina de lecturas en vivo.
Foto: Pablo Ortemberg
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