Pan

Pan

María Martoccia

 

Bangkok, 1990

Después de unas semanas en Bangkok, necesitaba desesperadamente comer pan en el desayuno, pan de trigo. Le pregunté a un empleado del hostel dónde conseguir. El empleado estaba acodado en el mostrador de la entrada tarareando “Like a prayer” de Madonna. A su lado, había un mono de ojos amarillos que pelaba una fruta con un carozo enorme y estaba encadenado a una pared. El empleado, en lugar de decirme dónde podía comprar pan, me respondió que el mono había llegado de la ciudad de Lopburi. No quise ser descortés y seguí la conversación; quizás, por fin, me diría dónde comprar pan: 

—¿Y cómo llegó hasta acá? Lopburi está lejos, ¿no? 

—En tren. Los monos viajan en el techo de los trenes —respondió el empleado con absoluta certeza. 

Pan, decime donde hay pan, por favor. 

—¿Y por qué está encadenado? ¿Muerde, ataca? —pregunté. 

—No. Roba.

El empleado se dio media vuelta y señaló un estante: una cámara de fotos, un gorro, una sandalia, los tesoros que el mono les había robado a los turistas desprevenidos y no le servían de nada. Pasaron unos minutos y volví a la pregunta inicial: 

—¿Dónde puedo conseguir pan? 

El empleado se encogió de hombros y volvió a tararear, esta vez “Another day in Paradise”, ¿de Phil Collins?

Salí. Eran las siete de la mañana y un vapor denso subía del asfalto caliente y adoptaba formas rarísimas: un velero, gusanos, una campana y dos ríos. Al llegar a cierta altura, el vapor desaparecía, volvía a caer y mojaba el asfalto. La temperatura ya alcanzaba los 38 grados. Entré en un mercado apestoso con un techo de lona roto: el agua de las cloacas formaba charcos y por todas partes había restos de verduras y carne llenos de moscas. Los dueños de los puestos desayunaban un plato de cerdo con arroz y picantes tan fuertes que, quienes no estaban acostumbrados, al probarlos sentían que por la garganta bajaban carbones encendidos. Pan, bread, baguette, Brot, panis, en latín. El pan fermentado de la Eneida, de la Odisea, de la Biblia. El Pan nuestro de cada día. Hace un tiempo, un holandés me dijo que quería abrir una panadería de pan de masa madre. ¿Dónde estará esa panadería? ¿Qué es la masa madre? Seguí caminando por los pasillos del mercado. Peces plateados como la luna y aletas de tiburones. Tres viejos fumaban pipas sentados sobre unas cajas de cartón, tenían pocos dientes y los que tenían eran de oro. Revoloteaban los monjes envueltos en sus túnicas azafrán, recibían un tazón de arroz con un puñado de chauchas, comían con las manos y se limpiaban en las túnicas grasientas llenas de las manchas de desayunos anteriores. Choqué con un grupo de españoles, uno de ellos lanzó una puteada y no me animé a preguntarles si sabían dónde podía comprar pan. Decenas de mujeres extremadamente delgadas empujaban carretillas cargadas de frutos que habían sido cosechados en montañas verdes, cerca de un mar turquesa. Sonreían como si empujaran esas montañas verdes. Un monje de no más de doce años, pateaba un gato. ¡Qué cruel! ¿Es el desprecio por una reencarnación inferior? Religión horrible. Pan, pan ¿dónde consigo? Miñones, una flauta por favor, pan francés, figacitas. Con tanto turista occidental, ¿cómo es posible que no haya pan? Salí del mercado y me dirigí a Kawsang Road, la calle principal de un barrio que nunca duerme. Discotecas, restaurantes, casas de juego, boxeo de chicas, de chicos, cuchetas para dormir en donde descansaban los extranjeros que durante la noche habían buscado haschís, opio, heroína. Peleas de perros, de gallos y de serpientes capaces de matar a un hombre de 80 kilos. En sótanos húmedos, y a precios desorbitantes, se conseguía un licor de opio que produce las sensaciones más hermosas y, enseguida, las pesadillas más tremendas. Las putas que habían dejado a los clientes se desperezaban y se subían a las motos de sus novios. ¿Van a desayunar? Recordé un verbo inglés que me venía como anillo al dedo: crave. Craving, craving, sentí las garras del verbo en la panza. Es antojo, es anhelo, es implorar y es mucho más que todo eso. Qué precisión tiene ese idioma que no es mío. Ansias occidentales: unas tostadas con manteca, mermelada de naranjas y un café. Un chapatti, un pan árabe, no me importa que no haya manteca ni mermelada. Tres nórdicos cantaban a los gritos, desafinando y abrazados a un poste de luz. 

Por fin, apoyada sobre una construcción más firme y de varios pisos, vi una casucha de madera, torcida, prolija a su manera, con farolitos de papel que al moverse parecían aletear. De las ramas de un árbol, colgaba un cartel: Breakfast. En el balcón con barandas de caña, una anciana revolvía un tacho sobre un brasero. Crecían orquídeas blancas y violetas. La anciana se levantó y, mirando hacia abajo, gritó una sílaba corta, metálica, como una moneda que cae al asfalto. Bajo el cartel de la casucha dormían un perro y un gato esqueléticos, sarnosos. Abandonados a su suerte budista de maldita reencarnación. Me senté en la única mesita que estaba a la vista. Había un cenicero lleno de cigarrillos a medio fumar y un diario inglés, The Guardian. Haga lo que uno haga en Bangkok, siempre hay un turista que lo hizo antes y otro que lo hará inmediatamente después. Que no me sirvan eso que están cocinando en el balcón porque me voy.

Otra vez la anciana gritó.

Enseguida, de la planta baja, de una puerta escondida, salió una joven vestida con una camisa de una tela muy fina, casi transparente. No tenía ropa interior, olía a shampoo y estaba descalza. Era una niña, como el monje al que había visto patear el gato. Entre gestos, mezclando inglés, francés y thai se hizo entender:

—Oh, early, madame, signorina…

Aclaré que era argentina y fue como si no hubiera dicho nada. 

—¿Breakfast?

—Sí, sí.

No me dio tiempo a preguntar si había pan. ¿Por qué no le pregunté? 

La joven entró en la casucha. Oí que hablaba.

Aparecieron dos hombres occidentales, jóvenes, bronceados, con shorts extremadamente cortos y ojotas idénticas. Se presentaron, eran canadienses, hacía tiempo que viajaban por el sudeste asiático y no tenían ganas de volver a un país helado. 

Pregunté: 

—¿Hay pan?

—You are in the right place.

Simon y Paul. Paul y Simon. Llegó la joven-niña con una cafetera. Apoyó una mano sobre el hombro de uno de los canadienses y preguntó algo en francés. Los tres habían dormido juntos y se los veía en perfecta sintonía, como las piezas de un reloj que por fin funcionaba. La muchacha volvió a entrar en la casucha. Trajo más café, tostadas y un platito minúsculo con dos trocitos de manteca. Yo devoraba el pan. Ella, mientras tanto, contaba que conseguía productos europeos en un supermercado del barrio chino y que, hacía años, un francés le había enseñado a amasar pan y que era capaz de hacer croissants. ¿Cuándo le enseñó el francés si no puede tener más de trece años?

Un monje se plantó delante de la mesa y se quedó mirándonos, una mirada reprobatoria. ¿O me pareció a mí?

Simon tomó a la niña de la cintura, se reían de algo que solo ellos dos sabían. Paul dijo que le gustaba mucho el cine. Comentó que alguna vez había visto una película argentina en el Festival de Montreal. Hablamos de Fassbinder y del Festival de Mar del Plata. 

—¡Qué coincidencia! —exclamé—. Mar del Plata y Fassbinder. Siempre quise escribir una obra de teatro para Mar del Plata con un tema parecido a una de sus películas: una chica trans gana la lotería y…

—¿Cuál de Fassbinder?

—La ley del más fuerte.

—Ah, sí. ¿Escritora?

—No todavía.

Qué delicia ese momento cuando dije: “No todavía”. Quiero volver allí, al “no todavía”. 

Salió un sol demoledor que absorbía todos los colores. El pan me había llenado la panza, me sentía pesada como si hubiera comido un lechón.

—Pasado mañana —anunció Simon— vamos a la isla de Andamán. Te invitamos.

Entendí de qué se trataba. Dije que para mí acostarme con una persona ya era hacerlo con una multitud.

Paul me respondió: 

—La tristeza es una pérdida de tiempo.

Intercambiamos direcciones, aunque sabíamos que probablemente no nos escribiríamos nunca. Mañana vuelvo a comer arroz para el desayuno. “A donde fueres, haz lo que vieres.”

Tres años después, recibí una breve carta de Paul; me contaba que Simon había muerto en Montreal, rodeado de mucho cariño y tranquilo a pesar de la terrible enfermedad que había sufrido (inferí que se lo había llevado el SIDA). “Nam y yo estuvimos a su lado hasta su último suspiro”, decía la carta. ¿Nam era la niña tailandesa que me había dado pan y ahora vivía en Canadá? ¿Esa niña que tenía un nombre que sonaba como una moneda que caía al asfalto?

María Martoccia (Buenos Aires)

Estudió Letras en la UBA. Publicó los libros de relatos Caravana (Sudamericana, 1996, reeditado en La Bestia Equilátera 2009), Enemigos de la lluvia (Viterbo, 2015), Campo Santo (Beatriz Viterbo, 2024) y las novelas Los Oficios (Sudamericana, 2003), Sierra padre (Sudamericana, 2006), Desalmadas (La Bestia Equilátera, 2010), Años de Gracia (Tusquets, 2016) y La mujer sin razón (Beatriz Viterbo, 2022). Es coautora junto con Javiera Gutiérrez de las semblanzas biográficas Cuerpos frágiles, mujeres prodigiosas (Sudamericana, 2002).

 

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