Postales, figuras y figuraciones de una educación sentimental.
Sobre The modernist songbook. Standars y variaciones sobre formas muertas, de Mariano Siskind. Editorial Beatriz Viterbo.
Sandro Barrella
¿Un cancionero modernista? ¿Un repertorio de citas? ¿El libro de un poeta salvaje, o el refinado volumen de un académico que ordena sus lecturas bajo el riguroso filo de un programa estético? ¿El crítico como artista? ¿Un libro escrito entre lenguas, remedo melancólico de una extrañeza que no cesa? ¿Sería el modernismo una forma de estar en el mundo, –para decirlo con Darío– “sentimental, sensible, sensitiva”?
Mariano Siskind vive hace muchos años en Estados Unidos, se desempeña como docente en la Universidad de Harvard, Cambridge-Massachusetts, pero creció en el barrio de Almagro, cerca del antiguo mercado de abasto, hoy, un reconocido centro comercial que, a pesar del aplanamiento inmanente a esos espacios, no ha logrado borrar del todo el esplendor plebeyo del lugar. Esta brevísima semblanza biográfica –no más que dos o tres datos– creo que alcanza para situar el contexto del libro que me ocupa. Se puede agregar que el cosmopolitismo en la literatura es una de sus preocupaciones académicas.
The modernist songbook, como todo libro, está hecho de palabras, sólo que en este caso las palabras han atravesado los puestos de vigilancia de dos lenguas, y, una parte de ellas, se ha convertido en materia visual. En la operación que propone Siskind, la apropiación es doble, y el contrabando, virtuoso. La pasión lectora por el modernismo anglosajón le proporciona un punto de partida, pero no se contenta con traducir los fragmentos que irán a dar a la trama textual de su libro, da un paso más: las páginas de los originales amados serán arrancadas –amor caníbal–, luego fotografiadas, para acabar finalmente en los collages que estructuran el volumen. Este pasaje múltiple parece resumirse en la fórmula con la que se ufana el subtítulo: “standards y variaciones sobre formas muertas”. ¿Un pastiche inspirado, logrado al fin y al cabo por prepotencia de trabajo?
Vamos a detenernos un momento en lo que dice, o quiere decirnos, o lo que yo creo que dice o quiere decirnos el subtítulo. Sobre la idea de “standards y variaciones” es poco lo que se puede agregar. Ya se dijo que el punto de partida son fragmentos pertenecientes en su mayoría al modernismo en lengua inglesa, piezas breves que son traducidas, reversionadas, adulteradas hasta ser incorporadas al propio texto, como si Pierre Menard cambiara de signo su locura, la índole del procedimiento, y en vez de reproducir palabra por palabra el modelo, lo fagocitara para ensayar las infinitas posibilidades de la variación. Pero, ¿qué hacer con las “formas muertas”? Le doy vueltas, y la fórmula sigue produciéndome gran desconcierto, una afirmación cuyo peso es tal que me trae un eco y me lleva, al final del Canto V de, Infierno, uno de los pasajes más célebres de la Comedia. Como se recordará, el infortunio de los amantes –adúlteros, ok, pero no es ese el punto– se desencadena por un acto de lectura, y Dante, conmovido, desfallece frente a la visión de Francesca y Paolo. El poeta Alejandro Crotto traduce así:
“Varias veces los ojos sobre el libro
mirándonos muy pálidos cruzamos,
y en un pasaje al fin fuimos vencidos:
al leer que besaba enamorado
él a la reina al verla sonriendo,
este, que nunca dejará mi lado,
en la boca temblando me dio un beso.
Nos acercaron el libro y su autor;
ya después no seguimos leyendo.
Un alma esto decía y sin cesar
la otra lloraba; y en mi desconcierto
de piedad me sentí desfallecer,
y caí como cae un cuerpo muerto”
Cabe preguntarse entonces si, como antes en Francesca y Paolo, o en quien quiera que sea, poseído por la lectura, se arroje en brazos del deseo, recibirá a cambio alguna forma de condenación, eterna maldición para los amantes en Dante, o la manía de arrancar páginas leídas para reproducirlas luego en un juego de espejos que dupliquen el sentido hasta el desfallecimiento. ¿Y si todo lo que amamos acabara derrumbándose, “como cae un cuerpo muerto”? Más que hipótesis, desvíos, reverberaciones.
Llegados a este punto, volvamos al principio. El libro comienza con un collage-texto-de-apertura de Retrato de una dama, un poema de T.S. Eliot. De ese fragmento se desprende una traducción a la que siguen dos variaciones. En adelante, el esquema será más o menos el mismo, un original, una traducción, variaciones, y, lo que podríamos llamar, la aparición de un texto propio, que sigue el hilo determinante de los fragmentos elegidos, para tejer una trama nueva. Al nombre de Eliot lo acompañan Henry James, Ezra Pound, H.D., W.B. Yeats, W.A. Auden, e.e. cummings entre otros –los estrictamente modernistas–, pero el campo de voces se amplía, crece en volumen y registros, llega a estas orillas, se incorporan Saer, Spinetta, van al cine con Wong Kar Wai. Las transposiciones de lenguas tienen su correlato en el espacio, los lugares, las ciudades, se funden unas con otras, las locaciones son flotantes, sometidas al arbitrio del ensueño.
Sin ser elegíaco, el libro de Mariano Siskind nos habla de la pérdida, del deseo, el amor, el desencuentro y el equívoco que se esconden, con sigilo, detrás de la pasión. Como una moneda, la pérdida, trae de un lado a Elizabeth Bishop, del otro a Mirta Rosenberg, versiones de lo mismo que en Siskind adquiere este rostro: “Los muertos de verdad, muertos sin voz,/ sus gestos arrumbados por las mudanzas/ y los años (como vos que brillabas/ hasta cuando mentías—yo me pierdo/ sin eso que en vos ya no alumbra),/ los muertos de verdad, sus voces apagadas,/ ¿todavía viven en Buenos Aires?/ En el arte de perder no es difícil ser un máster/ aunque parezca (hay que escribirlo) un desastre,/ un dolor perfecto. O eso parece.” Pero no solo eso. Siskind transita el arte de la pérdida, y como un buen lector de Barthes y su Fragmentos de un discurso amoroso, elabora también –recordemos una vez más a Mirta Rosenberg– una Teoría sentimental.
Pienso en Góngora, en el comienzo de su Polifemo, pienso en Mariano Siskind reproduciendo en su mente ese comienzo, “Estas que me dictó rimas sonoras”. La multiplicación de los peces y los panes, pero en forma de versos. El Retrato de una dama de Eliot como apertura, sí, pero hubo, antes, Henry James y su, Retrato de una dama, y hubo también otro retrato, Pound esta vez, con su, ”Portrait d´une Femme”, los tres dando forma a un capítulo del libro.
Se supone que una reseña debe dar cuenta de los mecanismos internos de un libro, aportar la mayor cantidad posible de claves de lectura, establecer las relaciones que el texto tiene con una tradición, evaluar sus propósitos y alcances, describir incluso, si es eso posible, “el tema”. Algo de todo esto se intentó, pero el libro de Siskind es mucho más de todo cuanto aquí se dijo, y si algo define su logro mayor, es que, tratándose de un libro programático, lo que podría haber implicado una camisa de fuerza para la escritura, se sobrepone largamente al programa, al punto que los nombres propios que lo recorren, con el peso tremendo que les otorga el canon, se disuelven en la voz que emerge de los poemas, produciendo un efecto de coro anónimo al que, quien lee, se incorpora feliz.
Leí por primera vez el libro de Siskind en septiembre, tal vez octubre, de 2022, casi un año después de que se publicara. Como pasa a menudo en la librería, menos por desdén que por la sobreabundancia de lo que recibimos, muchos libros nos pasan de largo –o pasamos nosotros–. Un día una mujer me pidió tres ejemplares, y, luego de la sorpresa y mi pregunta, me dijo que iba a regalarlos, que ella lo había leído, que el libro era genial. Aquel día lo llevé a mi casa y ahora escribo esta reseña. Desconfío de las lecturas por identificación, mucho más si aquello que leemos nos toca el hombro o palmea la espalda, pero me obligo a confesar que en aquel tiempo acababa de separarme. Desde entonces vuelvo a este libro a menudo, lo recomiendo –y lo vendo– y lo regalo, y me parece, como dijo aquella tarde esa mujer, que es un libro genial.
Sandro Barrella (Buenos Aires, 1967)
Poeta y librero, oficio que desempeña desde los noventa en la librería Norte -fundada por Héctor Yanover-, donde es encargado desde hace veinte años. Escribe sobre libros en periódicos y revistas especializadas desde hace casi treinta años. Publicó entre otros, los siguientes libros de poesía: El álbum de Pascal, Último Reino, 1996; El golf, Alción, 2005; Los italianos a la guerra, Ediciones en Danza, 2013; La liebre –con dibujos de Eduardo Stupía–, Bajo la luna, 2022. Su libro más reciente, La flor de lis, fue publicado en 2025 por Fondo de Cultura Económica.
Foto: Marco Barrella
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