Recorridos

Recorridos

Cristina Iglesia

 

Las pocas veces que me permití pensar en el exilio durante los años duros me imaginé en Berlín, una ciudad que para mí era puro cine mudo.  Ahora es marzo del 2004. Los años siguen siendo duros pero lo son de una manera más dolorosa, más íntima. Estoy en Berlín y camino por calles que tienen nombres de artistas como Menzel y Rembrand y por ellas me acerco sin apremios a la estación de tren.  el centro de un mundo del pasado, que persiste en el barrio en el que vivo.  Subo una pequeña colinita y llego al AlteBahnhofs Cafe que está allí hace más de un siglo. Rodeada de paredes blancas y cristaladas, ocupo todas las mañanas un lugar en la mesa larga que comparto con estudiantes, madres con niños inquietos, albañiles, pintores de paredes, profesores.  Disfruto de esta multiplicidad de parroquianos. Antes de sentarme descuelgo alguno de los grandes soportes de madera y despliego los enormes periódicos alemanes sobre la mesa como si realmente pudiera leerlos. No entiendo una palabra pero siempre tengo la ilusión de enterarme de alguna noticia grave de cualquier orden, sólo mirando las imágenes y los titulares de la primera página. En medio de un idioma que no conozco estoy dispuesta a confiar en las imágenes, en otorgarles todo su poder. Me gusta repetir esta escena a diario porque desencadena siempre el mismo malentendido: mis vecinos del bar piensan que leo las noticias e intentan empezar una conversación que pronto se termina cuando les digo Kein dutch y les sonrió como pidiéndoles disculpas. Este breve intercambio de todas las mañanas hace que me sienta acompañada, aunque lo que mantengo no sea una verdadera conversación. Estoy tan sola que eso me basta.

Hoy es sábado y tomo el tren en Fridenau y sé que debo hacer dos estaciones en dirección contraria al Instituto y tomar el U7 hasta llegar al zoo. Pero, en realidad, hago lo contrario, dejo que el Sbanhops se desplace suavemente hasta la Postdamer Platz como todos los días, como si no pudiera dejar de llegar a ese centro moderno y luminoso desde el cual se puede viajar a todos los rincones de la ciudad. Después trepo al 200 que es un bus que la atraviesa de este a oeste y llego así al zoológico, que como casi todo en Berlín, está reconstruido con exactitud, de modo que sus pagodas y sus jaulas como pabellones orientales son casi las mismas que le gustaban a Benjamín de niño. En la primera parada sube una pareja de jóvenes que no tienen más de veinte años. El chico viste una vieja chaqueta militar plagada de condecoraciones vaya a saber de qué guerra. La chaqueta podría ser rusa o alemana, tiene un color azul raído, parece auténtica. Lleva la cabeza rapada en la que asoman picos rojos de cabellos endurecidos como pequeñas montañas incandescentes, mantenidas en pie a fuerza de laca fulgurante. Luce anteojos negros rectangulares con marcos brillantes y uñas muy largas pintadas de un rojo estridente, parecido al brillo del vinilo de los pantalones. Ocupan el asiento delantero.  se colocan donde puedan ser vistos por todos. Se exhiben. La muchacha vestida con ropa muy calma, oscura, casi convencional, lo acaricia suavemente en la espalda para que pueda sostener con energía tanto brillo.  Cuando se cruza con las nuestras su mirada tiene un franco tono de desafío.

El bus sigue la marcha. Un hombre trata de ponerse de pie y queda casi tendido en el pasillo de una forma extraña. Varias personas intentan levantarlo pero el hombre rechaza los ademanes de ayuda con una brusquedad inusitada. Desde el piso, como en cámara lenta, endereza unas piernas ortopédicas que se disimulaban bajo los pantalones amplios. Logra pararse con dignidad y desciende, con la mirada altiva, para luego perderse entre los aromas del cafetín turco de la esquina.

Bajo del bus y camino hasta encontrar el museo Kate Kollwitz en la calle Fasanenstrasse y decido, al primer golpe de mirada, que esa será mi calle preferida de Berlín. Junto al museo está la Literatua-House un edificio de fin de siglo rodeado de un  jardín agreste y bello.  Me ubico en una mesa. En la de al lado, un hombre escribe en un cuaderno parecido al mío. Mientras el jardín comienza a oscurecerse descubro, abandonado en una silla, un ejemplar de El País de España y me abalanzo sobre  el primer diario en mi idioma que leo en mucho tiempo. Me atrapa la primera historia: “En Gerona, un hombre de treinta y ocho años ha sido recluido por matar a su madre después de que ésta le pinchase la muñeca hinchable junto a la cual miraba en la televisión una película porno. El hombre apuñaló a su madre sesenta y un veces y luego le cortó el cuello mientras intentaba desesperadamente volver a  inflar la muñeca sin lograrlo”. Pienso en la muñeca pinchada. Pienso en el cuello de la madre, en su cabeza, en el número de las puñaladas que es un número excesivo y además.  Impar; pienso en la desesperación de ese hombre que se queda sin su muñeca y sin su madre y, a pesar de que la escena es trágica, sonrío porque recuerdo, de pronto, la felicidad apacible del señor de Lexington que llevaba su muñeca inflable a pasear por el pueblo, recuerdo la dulzura y la naturalidad de la escena.  

Por la noche el jardín y la plaza contigua se llena de parejas maduras que se pasean tomadas de la mano, se acarician con ternura y se besan en la calle. Los miro desde el bus, En ningún otro lugar como en Berlín vi tanto despliegue de amor maduro. Me agobia esa ternura ajena. Me bajo en la parada siguiente y estoy perdida durante un rato largo hasta que encuentro la forma de volver a casa. No tengo miedo del hombre que comenzó a seguirme hace unas cuadras. Llego y recorro en la semioscuridad la casa vacía. La dueña está de vacaciones. Me gusta imaginar cómo sería vivir en una casa, en un barrio y en una ciudad como esta. Hay belleza en la luz tenue de cada cuarto. Pienso en la frase de Berger que anoté hace dos noches: “El sexo siempre oculta una multitud de esperanzas”. Estoy tentada de meter en la casa al hombre que me siguió. Y lo hago con temor, pero con decisión. No hablo alemán le digo en alemán al abrirle la puerta y dejo que su cuerpo y el mío se mezclen en la penumbra sin hablarse. 

Cristina Iglesia (Corrientes, Argentina)

Cristina Iglesia vive entre Buenos Aires y Corrientes. Fue Profesora Titular Regular de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires, y enseñó también, entre otras, en las de Neuquén, Lille, Roma, Río de Janeiro, Nueva York, París, San Pablo y Nueva Orleans. Gracias a una beca vivió un año en Berlín. Publicó Cautivas y misioneros, mitos blancos de la conquista (1987), en colaboración; Islas de la memoria. Sobre la Autobiografía de Victoria Ocampo (1996); La violencia del azar. Ensayo sobre literatura argentina (2003) y Dobleces. Ensayo sobre literatura argentina (2018). Compiló y prologó diversos libros de literatura argentina, entre otros El ajuar de la patria. Ensayos críticos sobre Juana Manuela Gorriti (1993). Codirigió el Volumen I de la Historia Crítica de la Literatura Argentina. La patria literaria (2014). Publicó los libros de relatos Corrientes (2010) y Justo entonces (2014), ambos en la editorial Beatriz Viterbo y Parajes, (Nudista, 2022). En 2023 publicó  la novela Pabellón Rojo, también en editorial Nudista.
Foto: Cecilia Herrmann

 

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