Se desprende de mi cuello
Stefania Coggiola
Cuando saco la cámara del bolso y la desenvuelvo del paño amarillo que la preserva del polvo y de la luz, un aroma llega inmediatamente a mi nariz. Es un aroma que contiene muchas notas, imágenes del pasado, sensaciones de una vida lejana. Fantaseo que tal vez sólo yo pueda detectarlo. Hace un tiempo me di cuenta de que es el mismo olor que sale de mi cuello cuando transpiro en las noches calurosas de verano. En el cuello se cuelga la cámara. Toda una vida de ver esa imagen: un hombre con una cámara colgada al cuello. Llevada como si fuera una extensión de su cuerpo, integrada con estilo, con fluidez.
Lo recuerdo sentado en el patio de su casa, mientras las brasas ardían a su espalda y el asado se veía caramelizado bajo el sol: lo recuerdo a mi padre junto a un algarrobo contándome cómo funcionaba la luz. Haciendo gestos con sus manos, poniendo todos sus ejemplos cotidianos y técnicos a mi disposición, volviendo simple el conocimiento, accesible. A los pocos días, me olvidaba lo que me había enseñado y me criticaba ferozmente. Aunque me quedaban los ojos entrenados para reparar en las flores y querer fotografiar su belleza.
Ahora, frente a una luz blanca, observo mi negativo de recuerdos.
Voy al negocio a buscarlo. Voy a revelar con papá esta noche de sábado y me voy a quedar desenrollando negativos y colgándolos uno por uno con un brochecito de plata para que le queden ordenados y papá pueda ir poniéndolos en la máquina. Si tengo suerte y no estamos tan atrasados, papá me dejará revelar. Me guiará, se quedará cerca del rectángulo donde tenemos las máquinas y continuará con una tarea secundaria pero cerca. Me dirá que no me pase de magenta, que a esa foto le falta cian, que le ponga más o menos luz. Si una foto me genera alguna duda, papá se acercará y me explicará qué le ocurre, cómo podemos ayudarla y darle el brillo que se merece o la opacidad que le cabe por estar demasiado expuesta. Serán nuestras noches de paz. Nuestras noches de silencio.
Trabajaré aplicada a su lado, abocada a la tarea con la seriedad y el respeto que se merecen las vidas ajenas. Con la firmeza que se merece un corte de foto carnet con la guillotina. Con el cuidado que advierte su filo de acero. Seguridad, ante todo, al hacer el corte, precisión y noción de geometría para la perfección del tamaño. Sin lugar para los errores, porque no se le podría decir a alguien: corté mal su foto. Meter los rostros de las personas que cargan con la sinceridad que solo ofrece esa toma controlada. Las pondré en un sobre azul o rojo o amarillo o negro y las colocaré en la cajita de las fotos carnet sobre el mostrador. Le pediré plata a papá para ir a comprar una gaseosa y unos caramelos en caja de cartón y cruzaré la calle desierta de esa noche, dejando atrás el cartel de Kodak que ilumina con neón la vidriera.
Hacia la mitad de la jornada la máquina se quedará sin papel y tendremos que renovar los rollos. Entraremos al cuarto oscuro, un pequeño rectángulo de madera construido para la tarea específica de dar oscuridad. Una mesa para apoyar el rollo envuelto en plástico negro. Entrá, me dirá mi padre, y yo me quedaré quieta a su lado, conteniendo la respiración. Él rasgará el plástico duro y rápidamente tomará el rollo y lo encastrará en una caja negra que preservará al papel de la luz hasta volver al interior de la máquina reveladora: ese cubo blanco que miraré tantas veces, tanto tiempo. Miraré la máquina silenciosa que contendrá el misterio del revelado. Sabré de los rodillos que llevarán el papel de un lado al otro bañándolos de líquidos para el nacimiento de los colores.
Papá me pedirá que me asegure de que la puerta vaivén de la entrada esté cerrada por si acaso ese borracho de madrugada aparece. Pondré llave y caminaré entre los mostradores, le pasaré una franela suave a las cámaras y a los álbumes de fotos. Volveré a mi lugar de observadora, me sumergiré en el océano blanco del pensamiento.
10×15
13×18
15×21
Tamaños que repetiría incontables veces en mi vida. Proporciones que se instalarían en mi mente. 4535535: el número de teléfono del local.
Tengo rollos de cinta adhesiva con el logo impreso del negocio que aún uso para cerrar cajas. Tengo sobres de fotos, tengo cámaras viejas, rotas, por las que se cuelan algunos haces de luz. Tengo fotos, muchas fotos. Tengo mi vida contada en fotos. Cientos de fotos que me recuerdan quién fui. Fotos que me cuentan que me gustaba hacer medialunas y verticales. Fotos que me muestran inocente. Fotos que me muestran con los ojos llorosos. Fotos que me muestran vestida con un guardapolvo blanco con la mirada ansiosa por vivir. En los estuches de plástico de los rollos ahora guardo tesoritos: una cadenita rota, una medalla de una virgen en la que no creo, un botón. Un hilo suave enrollado. Una foto carnet de mi hermano menor.
12
24
36
Cantidades de foto por rollo. Cantidades de vidas, de poses, de gestos, de río y de sauces. Yo he visto mesas desordenadas con restos de comida y corchos de vino con la punta violeta, he visto cumpleaños de niños tristes y niños alegres, la foto de una chica sonriendo en bikini apoyada en una palmera y la foto de un auto roto en un garaje. Miles de imágenes han pasado ante mis ojos.
Se desprende de mi cuello el aroma de mi padre cuando me cuelgo su cámara. Me acerco a él en puntitas de pie. Soy una niña buscando la luz.
Stefania Coggiola (Córdoba, 1987)
Es periodista. Escribe para diversos medios, como el suplemento cultural del diario La Voz del Interior, donde también ha sido columnista. Colaboró con ElDiaroAR, El Resaltador, El Diario del Centro del País, entre otros. Coordina talleres literarios. Dirigió y guionó el cortometraje documental La mujer que colocaba flores en su cabello sobre la poeta villamariense Edith Vera, seleccionado en la 14° edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín. En 2024 publicó su primera novela En el agua negra de esta noche azul (Buena Vista Editora).
Foto: Andrés Villalba
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