Un viaje a otro planeta
Daniela Alcívar Bellolio
Viernes 27 de mayo de 2022
Esta es la última mañana de mis vacaciones solitarias. “Un viaje a otro planeta”, me dice mi amiga Laura desde las Islas Canarias después de escuchar un largo audio en el que le explico el motivo de mis respuestas desfasadas en nuestro chat. Una palabra que me gusta: planeta. Una combinación que me gusta: otro planeta. Siempre he estado imantada a las imágenes siderales, al modo que tienen, precisamente, de desarmar la imagen, por la destrucción de cualquier marco. Mi amiga se refirió a mi viaje como un viaje a otro planeta, aunque solo estuve en Cuenca, Ayangue y Guayaquil. Hoy regreso a mi casa.
Ahora pienso en la textura lunar de los acantilados en los que caminé durante los días en que estuve en Ayangue. Iba con mi papá con el fin de hacer algo de ejercicio, pero el verdadero ejercicio era visual e imaginario. Otra palabra que me gusta: océano. Otra combinación: mar abierto. El paisaje desde la casa de playa de mis padres es bello y pintoresco: desde la altura de un acantilado, se ve de muy cerca una entrada de mar turquesa que forma una especie de piscina en la que hay siempre un par de decenas de barquitos pesqueros que le dan a todo una pátina mediterránea. Se escuchan siempre las olas rompiendo contra las paredes erosionadas de piedra y se puede ver a los pelícanos en los trabajos atléticos y ágiles de la supervivencia, esos animales de evocación jurásica que tanto me fascinan. Es una vista embriagante, pero se extraña el mar abierto, el horizonte enigmático del océano. En los acantilados a los que íbamos a caminar con mi padre, en cambio, todo es horizonte, el mar se extiende en su misterio infinito hasta donde la vista inventa un final que no existe. Y contra las rocas, crea y destruye las formas más inauditas de materia: la fuerza impersonal del agua –¿qué la hace irse con tal furia contra su borde?– arrojada con toda violencia a mis pies llevaba mi cabeza a otros lugares, lo más lejanos imaginables. Por ejemplo, a la luna: caminando por esas tierras áridas y claras, arenosas, a una altura que me permitía mirar hasta el cansancio la vida extraña del mar, sintiendo el trabajo de los músculos en la exploración de ese terreno irregular, por momentos mi paseo se hacía lunar. Luna anómala, sin duda, esa, tan parecida a la tierra. Golpeada por furiosas olas, y poblada por flores desérticas: en esta época del año, los acantilados y la tierra que los preceden están cubiertos por expansivos arbustos secos, maraña de ramas sin una sola hoja, pero moteados por unas flores silvestres color lila. De modo que en la planicie expansiva y desértica de las hectáreas que anteceden a la caída abrupta de la tierra en el mar, todo lo que abarca la vista oscila entre los más indiferentes tonos del gris y el blanco, interrumpidos caóticamente por puntos morados creciendo entre lo seco. La brisa agita todo ese paisaje infértil y el único sonido es el del mar, que está siempre lejos, más allá, por cerca que se encuentre. Para mí, la luna es eso.
Una palabra que no me gusta: hectárea. Hace un rato la usé para dar cuenta del modo en que la luna se hizo presente en Ayangue y enseguida la quise reemplazar, pero me di cuenta de que era la palabra precisa. En la primera de nuestras caminatas, mi papá me dijo que finalmente alguien había comprado toda esa tierra por la que caminábamos: once hectáreas por catorce millones de dólares. Sentí una pesadumbre inmediata: pronto toda esa tierra improductiva que mira el mar y lo resiste, será puesta al servicio de la vulgaridad y el lujo*. Y toda esa vida anodina y silenciosa, esos arbustos secos de flores moradas, las lagartijas y pequeñas aves y serpientes que viven entre los terrones de tierra seca, desaparecerán expulsados por casas inmensas, piscinas, jardines perfectamente civilizados y nuevas aguas servidas. Aborrezco la imagen. También me entristece saber que, a consecuencia de la venta, pronto será prohibido caminar por el borde de esos acantilados, que esa llegada del mar que tanto me fascina quedará privatizada. Quisiera decirle todo eso a mi papá, pero nuestra incomunicación pasa por el lugar estructural de la matriz del lenguaje. Mientras el lamento y la protesta son para mí formas superiores, o en todo caso inevitables, de la palabra, sobre todo cuando los sé inútiles a cualquier fin, para él todo lo que existe debe servir a algún objetivo real, especialmente el trabajo y el lenguaje. Entonces: para qué quejarse de lo inevitable. Yo viviría haciendo réquiems por todo lo que está por perderse. En alguna medida, por eso escribo. Así que me quedo callada y miro con detenimiento el paisaje en trance de desaparecer, y pienso en la luna, en cómo esto se parece a la luna, y miro también el cielo en busca de pelícanos, y el oleaje embravecido, salvaje, ajeno, y las capas geológicas que los embistes del mar han dejado al descubierto, y la extensión punteada de violeta, y al cielo de nubes bajas, y lo doy todo perdido.
Pero más que Ayangue y sus acantilados lunares, es Guayaquil la ciudad que convirtió este modesto periplo en un viaje a otro planeta. Llegué por cuatro días, contratada por la Universidad de las Artes, un poco aprensiva como siempre que vengo a la ciudad en la que nací, aprensión acuciada porque estaría sola, y me terminé quedando dos semanas. Eso ocurrió porque cuando abrí las cortinas de mi habitación, la imagen del río Guayas me dejó capturada, y supe inmediatamente, con una certeza infrecuente en mí, que esta soledad me vendría bien. Este mes, el mes de mayo, es el de la espera de los estudios más cruciales de mi embarazo. Pensé, cuando se fijaron estas fechas, que mi única opción sería la evasión por la vía del trabajo febril y caótico. Ya ni mis amigas logran distraerme. Obviamente, he perdido el recurso al alcohol y otros alicientes. Lo último que se me hubiera ocurrido pensar es que la soledad en Guayaquil, casi exclusivamente en mi habitación de hotel frente al río, ejercería esta temporalidad paralela y tan extraña, casi narcótica, feliz o al menos plácida, que le dio rumbo al ensayo sobre Urdesa que tenía estancado hace tanto y desviaría, en contrapeso, el rumbo trágico de mi imaginación sobre el embarazo.
Armé una miniatura de cotidianidad con mi familia paterna, sobre todo con mi tía, mi ñaña Lore. Tenía muchas ganas de verla, y cuando lo hice me sentí inmediatamente en casa. Todos dicen que me parezco a ella. Siempre logra que me sienta como una niña. Me hace acordar también a mi abuela Celeste, no tanto porque se le parezca, sino porque asocio esas dos presencias de modo inmediato; mi ñaña era tan cercana a mis abuelos, que ahora que no están, el tiempo con ella tiene como una estela, un suplemento de presencia, algo que su cuerpo mismo pareciera llevar a todas partes, tal vez sin notarlo. Los muertos a veces se obstinan en el mundo, no como almas en pena ni como fantasmas, sino como rezagos materiales, como gestos, como declinaciones de una voz o como brillos en una mirada que recuerda. Esas apariciones son más regresos que recuerdos. Ella habla de ellos, a veces, todavía, en presente: (riendo) “mi papi se puso necio ya al final, ya sabes cómo es…”, y todo parece tan cierto, tan natural. He pasado anegada en una profunda nostalgia, pero la calidad de esa nostalgia es alegre, apacible, quizá la palabra precisa no sea nostalgia, porque sobre todo experimento una sensación de presencia, el presente como un acto del mundo chiquito que fue este viaje. Mi niñez presentificada, ya no en su cara precaria y nómade, marcada por la pobreza y la violencia del alcoholismo de Pedro, mi padre biológico, sino en el aspecto más feliz, y sobre todo hospitalario, de las miradas y los gestos del tacto y las apariciones del paisaje urbano que hacen de mí, aún, una niña. Como todo niño cuando va creciendo, fui arrojada a la adultez por una serie de golpes de la vida, el más fulminante y destructivo de ellos, la muerte de mi hijo, Benjamín. Y pensé que una vez perdida la inocencia, la vuelta atrás sería imposible. Lo es. Pero Guayaquil hizo irrumpir unos instantes como milagros de intempestividad, y la sensación se impregnó en el cuerpo y ahora todo se siente un poco menos irreversible.
Aspiro a sostener este espíritu de ligereza para la vida en los días que precederán a los exámenes y la llegada de los resultados.
Qué es esperar. Esa es, ahora, la pregunta fundamental. En diez minutos voy a dejar mi habitación en Guayaquil frente al río. Siento que me despido de un espacio familiar y querido, el espacio que las rejas siniestras colocadas sin cariño sobre la casa de mis abuelos en Urdesa me vedaron, aunque la casa siga en pie, el piso de terrazo, incluso el color verde de las paredes y la piedra decorativa. Como en cada despedida, ya tengo proyectado el reencuentro, pero también, como en cada despedida, se me impone la sospecha de que los espacios son tramposos, de que migran en nuestra ausencia, si no de lugar, de naturaleza, de aspecto y de esencia. En definitiva, me despido del resplandor dorado sobre las aguas mansas de la ría con una certeza de adiós final. Un consuelo es estar consciente del dramatismo con el que miro todo: también es posible que pueda volver a este hotel, a esta habitación, a esta vista, y que ese regreso pueda ser el viaje feliz que ha sido esta visita. Habrá que ver.
*Nota de 2026: ya pueden apreciarse, desde lejos, una serie de palmeras estrictamente alineadas prefigurando la geométrica y estriada disposición en que será dividido ese espacio otrora liso, abierto, impersonal.
Daniela Alcívar Bellolio (Guayaquil, Ecuador, 1982)
Escritora, crítica literaria, investigadora académica, docente universitaria y editora. Doctora en Literatura por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Miembro del Comité Editorial de la revista Sycorax (www.proyectosycorax.com). Editora general en Editorial Turbina (Quito). Es autora de los libros de ensayos Pararrayos. Paisajes, lecturas, memorias y Ciencia de objeto único. Ensayos sobre el silencio de las imágenes (de próxima aparición en Argentina), del libro de relatos Para esta mañana diáfana y de las novelas Siberia y Lo que fue el futuro. Sus libros han sido publicados en Ecuador, Bolivia, Argentina, España, Francia e Italia. Vivió en Buenos Aires entre 2005 y 2017. Dirige el Centro Cultural Benjamín Carrión en Quito desde 2019.
Foto: Ivette Celi
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